| ««« | El desván de la memoria |
Callos antes de matar Jesús Muñiz González
Apuntaría aquel lunes, dos de mayo de 1808, como uno más en la lista de sus conquistas. Clara había rendido la plaza y por eso estaba él allí, para tomar posesión de la ganancia y disfrutar del botín, aprovechando la ausencia del marido, incorporado desde muy temprana hora en su servicio como soldado. Ambos, soldados, marido y amante, pero el formaba parte de un ejército triunfador, que avanzaba guiado con destreza a la conquista del mundo. Clara era su pequeño trofeo personal. A las once de aquella hermosa mañana, la gentil muchacha le abrió la puerta de su hogar y le invitó a entrar con una sonrisa cargada de promesas. Tuvo que reprimir sus deseos de abrazarla y no mostrar la impaciencia que le consumía por disfrutar de aquel manjar tan exquisito. El era un caballero y como tal debía comportarse y no ignoraba que debería aguardar hasta los postres, dejando que ella diese las pautas. Lo que si no había aceptado, por más que ella insistiera, fue quedarse en el salón esperando a que ella preparase la comida. Había echado mano de toda su palabrería para convencerla de que deseaba contemplarla, mientras faenaba entre las ollas. La muchacha se resistió con estudiada ingenuidad, ruborosa, protestó un buen rato, para estimular aun más si cabe los antojos del varón, hasta que finalmente accedió y se dejaba adorar, consciente de la admiración y el deseo que el lanzaba sobre ella en cada mirada, mientras hacía honor a los aperitivos dispuestos sobre la mesa. Ella vestía una camisa holgada que llenaba con la abundante carne blanca que el tanto apetecía. El apretado corpiño a duras penas podía contener y sujetar la exuberancia de sus pechos, que bailaban de un lado al otro cuando ella se movía alegre y vivaracha entre los cacharros. Bien se adivinaba la buena disposición de la real moza, que aunque no hubiera conocido más hombre que al patán de su marido, no dejaba de entrever en las palabras lisonjeras del galán, una muestra de otras delicias que para ella tenía sin duda preparadas. A alguna que otra había oído, de las que sirven en la posada, maravillas de los extranjeros, que en la alcoba utilizaban artes y habilidades que el gusto se le metía a una en el cuerpo como si un vino dulce y caliente te recorriera las entrañas. Sobre el mostrador de roble, junto al fogón, un estómago de vaca, bien limpio y dispuesto para ser troceado era testigo mudo de la escena. El soldado sin su flamante gorro, desarmado y en camisa, despertaba el deseo de la mujer que se afanaba en preparar el almuerzo, moviéndose de un lado a otro con graciosa coquetería, mostrando al descuido lo que el otro deseaba ver, que ella bien sabía cómo se aguzaba el hambre. Le había dispuesto algo de potaje de bacalao con garbanzos, para anunciarle que, tras la vigilia, más sabrosa está la carne. Y para calentarle aun más el ánimo puso a su alcance una jarra de vino dulce, aunque saltaba a la vista que, entre el fogón, las prisas y el espoleado aguijón de la pasión, él estaba más que templado y ella como una caldera de vapor. La moza, con la sonrisa complaciente de quien se sabe mirada con glotonería, fue cortando los callos en trozos regulares, y además algo de morro y mano de ternera. Primero puso un cacharro con agua fría al fuego, y allí echó las manos y el morro, con los callos. Los iba deslizando entre los dedos ante la mirada del francés, que movía el bigote mojado en vino, degustando el aperitivo. Le añadió media cebolla con clavos pinchados, ajo, sal, laurel y pimienta. El la miraba hacer, no perdía gesto de sus manos que acariciaban cuanto tocaba, mostrando con generosidad los senos al inclinarse sobre la tabla. Ardía el estómago del gabacho en su propia cazuela igual que el de la vaca en el fogón, estimulado con los bocados y la esperanza de la exquisitez que le aguardaba. La muchacha cogió del estante una cazuela grande de barro, donde rehogó en aceite cebollas muy picadas, zanahorias, puerros, tomates, vino blanco y una guindilla. Vertió caldo de la olla donde cocía el mondongo. Luego incorporó el morro y las manos. Una cucharadita de pimentón de la Vera, chorizo, jamón picado y morcilla, fueron haciendo compañía a todo el guiso, hasta que todo quedó unido en amor y compañía, y alcanzó el grado de cocimiento apetecido para las ganas de ambos. Se sentaron uno frente a otro y ella le sirvió de la cazuela mirándolo a los ojos; vaciaban la cuchara en la boca y masticaban con deleite, bailando el uno los bigotes y la otra dibujando corazones con la carne roja de los labios, sorbiendo de cuando en vez buenos tragos del recio caldo aragonés de Cariñena. Los calores que invadían a los comensales llegaron a su punto álgido en los postres. Ella se levantó para llevarle un tarro de miel con que untar las tortitas y al dejarlo sobre la mesa, inclinándose antes los ávidos ojos del hombre, este le rodeó presto la cintura y la sentó en su regazo. Ella no se resistió y sintiéndolo tan ocupado de manos, le sirvió con las suyas una torta bien untada; el lamía la miel que rodaba entre sus dedos, y que poco a poco sus besos ascendieron hasta el rostro de la moza, que se dejó embobada con las caricias. Se hicieron un amasijo de abrazos y apretujones, hasta sentir la incomodidad del lugar; ella entonces tomó la iniciativa, embriagada con las sensaciones que fluían en su interior y que la animaban a no desperdiciar una situación tan prometedora. Se puso en pie y él pudo abrazarla a sus anchas, deshaciéndose con mayor comodidad y destreza de las prendas que obstaculizaban el contacto de aquellos cuerpos ansiosos de explorarse y descubrirse. Cuando ella se sintió desnuda, viendo al varón como nunca antes había visto nada parecido, se escabulló de sus brazos con una mezcla de malicia e ingenuidad, para dejarse caer sobre el lecho, esperando la llegada del tan ansiado momento en que toda la carne puesta en sazón y cocimiento, disfrutasen ambos al arder en la misma hoguera y devorarse y consumir su propia carne hasta saciarse. Horas más tarde, todavía con el deleite rezumando nebulosas de placer en su mente, cuando llegó al cuartel se encontró ante una situación inesperada: Un grupo de locos se había levantado en armas. Desconcierto, rabia y deseos de venganza exacerbaban a los soldados, el odio envolvió con sangre la noche: prisioneros, gritos, disparos, muerte, furia, se mezclaban en las sombras y las luces de los faroles. Aquel martes funesto amaneció impaciente, presuroso. A él le mandaron para formar parte de un pelotón de fusilamiento al pie de una montaña. Frente a él un grupo de civiles y un soldado esperaban. Todavía la mañana no había alejado la tiniebla y un farol iluminaba a los rebeldes. Cuando levantó el fusil para apuntar, ajustando el punto de mira, descubrió que aquel soldado era Miguel, Miguel García, el marido de Clara. Fue un instante terrible, aterrador. Por su mente se deslizaron vertiginosamente las escenas vividas con la mujer, mientras el marido luchaba por un imposible, como un David sin honda. De un golpe se le hizo presente todo el horror de la guerra, de la muerte, de la injusticia de imponer un orden a quienes no lo habían pedido, a quienes vivían en paz; todo ello se le arrojaba encima, aplastando una ambición que enarbolaba una supuesta bandera de libertad, fraternidad e igualdad. Igual que aquel farol iluminaba a los condenados, su mente se iluminó para arrojarle la repelente realidad de un grupo que en nombre de unos principios iba a matar a quienes habían luchado por esos principios. Mientras él seducía a una muchacha, el esposo daba su vida por un ideal. El, con su fusil, iba a matar a un héroe. Quiso cerrar los ojos mientras disparaba, pero la imagen de aquel hombre, con su camisa blanca resplandeciente, abriendo los brazos, gritando, mientras caía abatido por las balas, se quedó grabada en su retina para siempre. En
la bala del fusil se fue su esperanza, su ambición, y el desencanto le
mató los sentimientos y el orgullo.
|