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El desván de la memoria

Cecilia Prado

 

Nació en Buenos Aires (Argentina) en 1974. Actualmente vive en Madrid.

Licenciada en Bellas Artes, en la escuela Prilidiano Pueyrredón, ha realizado numerosas exposiciones en España, Argentina e Israel y ha  desempeñado labores de crítica para la página de arte latinoamericano "Meites Arts". 

Entre sus escritores predilectos se encuentran, entre otros: Julio Cortázar, Roberto Arlt, Unica Zürn, Henry Miller, Anaïs Nin, Kafka y Margueritte Duras.

rimanube@yahoo.es  

 

Casa de muñecas

En los días soleados, los muebles de roble de mi abuela resplandecían de una luz otoñal, y toda la casa se impregnaba de una fragancia que olía a fruta y a madera fresca. Ella solía decirme: "No toques esto, querida; no toques esto", y es que no le gustaba que husmearan en sus muebles, en los que guardaba celosamente, y con llave, todos sus secretos.

Al morir, mamá los vendió todos y se compró un costoso y finísimo tapado de piel. En vano saltaron mis lágrimas rabiosas o mis continuados y múltiples lamentos: al entrar en la casa, el comedor me recibió solo y vacío, únicamente la luz que entraba del balcón como un bostezo mágico de sueño era la misma, y me recordaba un poco la presencia de Abuela.

La habitación se llenó muy pronto de otra gente, unos niños se arañaron y rieron justo en el mismo sitio donde antes reñíamos nosotros. Y era natural y esperanzador descubrir que habíamos crecido.

Pero eso fue después, después de la noche larga en que conocí a Abuela

Abuela no era Abuela, Abuela estaba adentro de sus muebles, cerrada con llave y en la sombra; porque abuela se me presentó en toda su maldad y en toda su magnificencia.

Ayer volví a la habitación y encontré pelos en el cajón de su cómoda. Fue todo un detalle y una sorpresa para mí. Gracias, Abuela (me hacía ilusión tocar la aspereza de su pelo; pero… ¿cómo podía ella saberlo?, ¿adivinaba mis palabras antes de que fueran pronunciadas?). En el segundo cajón, y escondido entre la ropa, hallé un álbum; en el tercero, nada: basura, papeles rotos, galletitas empapadas de perfume, una botella medio vacía de colonia y una cajita de fósforos.

Hojeé el álbum con detención. Se trataba de fotos viejas, blanco y negro, en las que varias jóvenes, de aspecto alegre y distendido, se tomaban de la mano y reían, con una inocencia inusitada. No reconocí a Abuela, aunque podría haber sido cualquiera de las mujeres allí presentes, con sombrero París y pollera hasta el tobillo.

Cuando me decidí a guardar el álbum, una foto se soltó rebelde de entre las muchas que había sueltas, y cayó al piso. Me llamó la atención porque en ella aparecía una mujer de negro, sentada y con mirada hirsuta, albergando en sus brazos una extraña muñeca. La muñeca llevaba un vestido blanco como de gasa o tul fruncido al talle, era de pelo oscuro y su piel lucía fina y frágil como la suave piel de un bebé.

Al abrir la cajita de fósforos, encontré allí mismo la muñeca novia. Tenía unos ojos amplios y brillantes como dos espejos constelados. Me incliné un poco más sobre el féretro para captar el secreto de aquella desnudez, pero la muñeca continuó muda e intacta reflejando las estrellas y no se movió, no pestañeó siquiera. Sin embargo algo cedió cuando toqué su rostro pálido y genuino como una luna, algo se ablandó al contacto de mis gemas, algo que se abrió paso en mi interior como un beso o como la necesidad de besar, que viene a ser lo mismo. La cogí en brazos y me fui corriendo. Fueron los días más felices de mi vida. La quería como a una hija, la quería tanto que fundé una clínica de muñecas.

Al principio estábamos siempre solas, pero luego comenzó a venir tal gentío que no daba abasto con tanto trabajo y muy pronto la boutique se revistió de vida y color cuando comenzaron a acudir los pacientes: osos tuertos de peluche; muñecos de pasta, de goma, de cartón, de celuloide; muñecas amputadas, calvas o con el pelo apelmazado; nenucos tatuados con bolígrafo… Todos demandaban mi cariño y atención y esperaban ser restaurados, claro.

Lo más difícil era la restauración del pelo, usaba unas agujas largas y finísimas de metal y debía tener mucho cuidado en no pincharme. Algunas muñecas necesitaban sólo un retoque de pintura y eso no me demandaba mucho tiempo. Otras en cambio requerían costura y otras que se les restauraran las pestañas o los ojos.

A fin de hacer más ordenado mi trabajo, lo mantenía todo cuidadosamente limpio y a disposición: en un estante, las cabezas -que daban gracia y colorido a la sala-, en otro más abajo los cuerpitos, en otro solo piernas, brazos, pies y manos. Las piezas más pequeñas como ojos, narices y bocas, las guardaba en los cajones de la cómoda; y en las cajas más grandes del sótano depositaba los rellenos y el vestuario.

Un día vino una muñeca quemada a la que su propietaria había metido en el horno creyendo que era un hospital. Tuvimos que cambiarle la cabeza. Tuvimos, sí, digo bien: Elda y yo.

Elda era mi ayudanta, mi mano derecha. Fue menester contratarla ya que, como mencioné anteriormente, no daba abasto con todo el trabajo yo sola y había noches en las que no dormía. Y si lo hacía, era porque me quedaba dormida; aunque en cualquier caso continuaba mi trabajo en el sueño, lo cual resultaba agotador y desesperante. Elda tenía ojos de pájaro, unos ojos rasgados y sin iris, no me inspiraba confianza; además siempre se aparecía por atrás, de improviso, con las dos manos juntas y en actitud suplicante, y esa falsa modestia me repugnaba. ¡Si hubiera hecho caso de mi instinto! ¿Por qué las personas nunca creemos en la intuición? Creemos en el dinero como en Dios y en lo que dicen los astros y las leyes, cuando sólo con el instinto y en un segundo se pueden conseguir ¡tantas cosas!: si sólo confiáramos en nosotros, seríamos nuestro propio oráculo y nuestra más certera predicción.

Pero confié en ella, es cierto. Y todo porque me trajo una carta en la que presumía, entre otras muchas experiencias, de haber sido la cuidadora oficial y restauradora maestra de todas las muñecas y juguetes de la reina. ¡Esa pájara! Y hacía tan bien su trabajo, con tanta eficiencia y dedicación, que me tragaba mis antipatías y me callaba la boca porque en realidad no había nada que reprochar. Ella llegaba todos los días a las siete y media, colgaba su abrigo negro de piel de cordero, se ponía la bata gris de tarea y eso era todo. Se ponía a trabajar. Entre las dos sólo había gestos y miradas de reprobación o desprecio que iban y venían de un lado a otro como cuchillos sangrantes. No necesitábamos hablar. Luego de hacer la caja y anotar cuidadosamente los pedidos, se marchaba justa y medida, siempre de negro, tan silenciosa y misteriosa como había venido.

Y yo me quedaba sola nuevamente con mi muñeca-novia ¿o debería decir muñeca- hija?…, porque las demás no eran hijas para mí, no existían, eran sólo muñecas. Y al final siempre estaba sola…; yo y mi hija, yo y mi muñeca. Pero era un poco más que la soledad porque uno nunca está solo cuando está con sus recuerdos. Y eso lo sabía Abuela mejor que nadie, que se llevó el juguete a la tumba y luego me lo trajo de consuelo.

Pero es cierto… Elda... Elda… Siempre Elda. Elda la perfecta. Elda de aquí, Elda de allá… Elda la admirada, la reverenciada, la verdadera dueña de todo. ¡Y cómo la querían las clientas de la casa con su trato siempre cordial y distinguido!… se notaba que había tratado con la realeza: nunca una palabra de más, siempre una solución para todo. ¿No es cierto Elda?, ¿no es cierto que no existen los problemas, qué sólo hay soluciones?

Recuerdo que ella la miraba con inquina (inquina que en el fondo eran celos), y por ejemplo, exclamaba: "¡qué hermosa muñeca la que trajeron hoy!" ó "¡qué simpática aquella la de los rizos plateados!", pero nunca nada sobre la mía… era una forma sutil de desprecio. Y, si yo envalentonada esgrimía algún comentario halagador sobre mi alma, se limitaba a acotar en un tono muy bajo y despacioso, que a su parecer lucía un poco vieja y también algo sucia y desgastada. Entonces yo la frotaba con el trapo amarillo de limpieza, le ponía el perfume de la abuela y le arreglaba el pelo con el peine de madera; pero nunca quedaba bien del todo y, es cierto, ya estaba un poco ajada mi niña. Pero tenía ese encanto de las muñecas viejas que, uno no sabe muy bien por qué, te sobrecogen el alma como si estuvieran siempre diciendo adiós y despidiéndose desde un lugar que se nos quedó allá lejos.

Un día sucedió lo inesperado. Luego de tomar el desayuno y mientras Elda se afanaba en la cocina con la limpieza de unos vasos, la levanté en brazos para volver a sentir la suavidad de su cara y el aroma a caramelo derretido que emanaba de su pelo. Recordé entonces cuando hacía eructar a mi bebé. Un impulso incontrolado me sobrevino al alma y me .llevó a golpearle dos veces por la espalda sin obtener mayores resultados. La muñeca no eructó sin embargo, y luego de reiterados intentos, algo cantó en su vientre como un trino. Fue como un murmullo apenas, un sonido tenue y fugaz, desvencijado. Agucé un poco más el oído, a fin de discernir lo que decía y entonces pude oírle pronunciar con claridad. Alcanzó a decir tres palabras nada más: "mañana no, mami". Y cuando me fui a acordar Elda ya la estaba bañando en el lago desnuda y bajo la luz de la luna. Se deshizo en el agua con la misma agilidad de un suspiro porque estaba hecha en porcelana fina, sólo quedaron sus ojos, como dos lágrimas redondas y suplicantes; los que me trajo Elda en la palma de su mano.

-¿Y el vestido? -la increpé mientras miraba unos ojos que me miraban temblando, absortos y horrorizados como implorando mi ayuda (mis ojos).

-Se lo llevó la corriente y cuando me di la vuelta ya estaba demasiado lejos…

Me cubrí con las dos manos y rompí a llorar. Y fue como un signo porque nunca más volvió Elda. Se fue como se van los malos tiempos: llevándose siempre lo mejor de nosotros y dejándonos rotos y vacíos. Los ojos los guardé en la cajita de fósforos, por supuesto. ¿Qué? ¿Qué dónde está la cajita? Ya lo he dicho: en el tercer cajón de la cómoda a la izquierda. Si quieres las llaves, ve y pídeselas a Abuela.

CASA DE MUÑECAS. Óleo sobre lienzo (0.73 x 0.92 m) 

Cecilia Prado (2005)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA MÁQUINA DE LOS SUEÑOS. Óleo sobre lienzo (0.97 m x 1,30 m) 

Cecilia Prado (2006)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PUERTAS (2) 

Tinta china, cómic (0.25 x 0.35 m). 

Cecilia Prado (2006)

 

Sueño  

El niño del triciclo pedaleó recto y se adentró en el mar. “Ve” dijo su madre un día, “y si logras cruzar al otro lado, habrás vencido a la muerte”.

Las olas se agitaban con vehemencia y el cielo bullía granulado y lluvioso. 

-¿Y qué pasó? -dijo Ema con intriga. 

-Nada, nada. Mañana sigo. Un beso.

Había algunos esqueletos surcando por el aire. Luego el mar se lo tragó como a un punto y sobre las aguas se extendió la efervescencia. Al día siguiente una niña que jugaba en la arena encontró la rueda de un triciclo. La levantó hasta el sol y la rueda giró y giró. -¡No tan rápido que me mareo! En la superficie del agua, unos ojos brillantes asomaban como peces. La niña los acarició y vio que de ambos brotaban diminutos caracoles blancos. Desde entonces se sabe esto: que el mar también tiene ojos y llora por la muerte de un niño. -¿Pero y el niño? ¡Qué fue de él! -les gritó Ema indignada-. –Nada, nada. Se convirtió en sueño –bostezaron los dos ojos. Y se quedaron dormidos.

 

Palabras

He de confesarlo sin vergüenza: nunca me ha gustado leer. Las palabras, efímeras y vagas, huían de mí, y no había forma de fijarlas en mi mente. ¿Qué mecanismo era aquél que inducía a olvidar lo ya leído? Algunos lo llamarán amnesia; otros, desinterés; los más advertirán mi incultura. No me ofendo ni defiendo. Sólo callo. 

Justamente anteayer viajábamos en coche mi amigo y yo y le comenté mi problema con las letras. Mi amigo dijo: "Eres…", y se quedó pensando. El coche viró bruscamente, en seguida un cartel con la palabra "INFANTIL" anunciaba el paso de unos niños. Él lo señaló con un dedo". ¿Ves?, eso: eres infantil", concluyó. ¡Sortilegio! Todo cambió desde entonces y aún no me explico el por qué.

... las palabras me persiguen ahora como putas, rabiosas, urgentes y con ganas de hacer el amor. Por ejemplo, al levantar un vaso me quedo tres horas pensando en el vocablo hasta olvidarme de beber por completo. Ejercito su música entre dientes, escupo una a una sus letras, me imagino dentro de un vaso, arriba, debajo, rompiendo el vaso a patadas, mirando a través de su lupa. Finalmente, exhausto y ya en la cama, recibo por la boca abierta un vacío insípido, una nada invisible insustancial, un alivio que me colma de paz el corazón; y mi piel se endurece como el vidrio. Luego duermo. 

Hoy decidí poner punto y final a tanto desvarío: cogí un lápiz. Al esgrimir la primera letra vi que otra se agolpaba al lado envidiosa y resentida; la tercera aseguraba ser más bella; la cuarta, inexplicable. Así ininterrumpidamente. ¿Cuando acabará este martirio? Mi cuaderno se ha vuelto una maraña de frases y pasiones sin sentido que me amaron un segundo y murieron desangradas en papel. No puedo dejar de escribir, ni de sentir pena. A todas hago el amor y de todas me despido. "¡Búsquense la vida!", les saludo, infame, "encuentren otro a quien amar". Y me alejo de ellas para siempre, como el infiel desagradecido e impío, con la conciencia de no haber amado nunca y el cinismo de haber vivido locamente.

 EL PEINE VOLADOR

 Óleo sobre lienzo (0.97 m x 1,50 m) 

Cecilia Prado (2006)

 

MARIPOSAS (7). Acuarela, cómic.. (0.13 x 0.18 m) 

Cecilia Prado (2006)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MARIPOSAS Acuarela, cómic. (0.13 x 0.18 m) 

Cecilia Prado (2006)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MARIPOSAS 1 Acuarela, cómic. (0.13 x 0.18 m) 

Cecilia Prado (2006)

 

 

Melocotones.

Jacob se despertó sobresaltado. Le pareció haberse quedado dormido debajo del gran árbol; sin embargo, no recordaba que eso hubiera sucedido… 

Más bien lo que levantaba todas sus sospechas era ese extraño estado en el que se encontraba minutos atrás, cuando por un instante no supo o no atinó a acertar su nombre. Recordó que tal cosa ya le había pasado más de una vez y que al despertar sufría esa misma sensación de vacío que lo llevaba a preguntarle a su amada, de forma casi compulsiva y reiterada, quién era. No obstante, en estas ocasiones y tras ese breve instante de amnesia, solía acordarse casi siempre de los momentos precedentes a quedar dormido: el momento en que ahuecaba la almohada, el momento de apagar la luz y decir buenas noches… Esta vez ni rastro de todo aquello que lo condujo al sueño.

Recordaba, sí, haber atravesado el parque y dirigirse hacia un gran árbol de copa cuadrada y oscura que llamaba poderosamente su atención; aunque no estaba seguro de haberse detenido a descansar bajo su vera, creía haber permanecido allí sentado y dormido varias horas. 

Se incorporó sin darle mayor importancia al asunto y se dispuso a partir, cuando de pronto vio que detrás del árbol había una persona sentada. El hombre, un anciano de barba larga y sombrero de fieltro negro, no parecía dormido; pero su rostro enjuto e inmóvil le confería un aspecto soñoliento, como si se hallara inmerso en una gran meditación. 

Comenzó por hablarle del buen tiempo, que es lo que se suele hacer en estos casos cuando se quiere ser cortés con un desconocido: 

-Qué sol tan bueno hace hoy ¿no? -le dijo. 

-Aquí debajo del árbol nunca es de día -le respondió el anciano, que lo miraba de reojo y por debajo del sombrero.

Y resultó ser verdad, pues la sombra que proyectaba el árbol sobre la espesa hierba era de tal oscuridad y tal magnitud que muchos se quedaban boquiabiertos la primera vez que venían, y nadie comprendía muy bien cómo un tronco tan pequeño podía sostener un ramaje tan vasto. 

-Es extraño -le dijo Jacob-, por unos instantes juraría haberme quedado dormido, aunque no recuerdo haberlo hecho en absoluto. 

-¿No recuerda haber soñado? -le interrogó el anciano. 

-Bueno, soñar, lo que se dice soñar, nunca sueño. O por lo menos no que yo recuerde. 

-Deme su mano -le pidió el anciano en un tono amistoso y cordial.

Y cuando Jacob le extendió la mano éste le colocó encima un fragante y suave melocotón. Percibió la suavidad de la fruta y su aroma intenso y delicioso le embriagó. 

-¿Qué significa? -le preguntó el anciano con voz sibilina y susurrante. 

-No lo sé -le respondió Jacob, algo desconcertado por la rara pregunta-. Es un melocotón. 

-Ahí está el problema -asintió el anciano escupiendo hacia un costado como para reafirmarse en lo que había dicho- no saber mirar más allá de las narices. El árbol roba los sueños a los hombres sin fe y los concede a las almas puras y sensibles.

Y pasado un instante agregó: 

-Venga usted más noches a este árbol y sea amable con sus frutos. Es necesario ganarse el cariño de la gente cuando se quiere ser querido. 

Jacob no reparó demasiado en sus enigmáticas palabras, supuso que aquel hombre no estaba bien en sus cabales. Y continuó su camino… contempló ya alejándose cómo una mariposa blanca se posaba ligera y grácil sobre el suave melocotón, y comenzaba a comérselo vivo como una polilla ansiosa y devoradora. 

Al día siguiente, Jacob volvió al árbol y el anciano ya no estaba… 

Miró hacia arriba atraído por el gorjeo de unos pájaros que le salpicaban gotitas de rocío y vio como el árbol ahora aparecía pleno de unos frutos grandes, redondos y rosados... 

Con la esperanza de alcanzar uno se dispuso a trepar al tronco; subió a una rama, a otra, pero los melocotones se alejaban de su mano como huyendo igual que en las peores pesadillas. Al mirar hacia abajo, se asustó un poco al no encontrar el suelo y temió no poder regresar con su mujer: todo era una enredadera y una maraña de ramas y más ramas como si estuviera adentro del corazón mismo del árbol y pudiera contemplar desde allí todas sus arterias. 

De pronto, en una rama aledaña una figura blanca y de aspecto flotante llamó poderosamente su atención. Era la figura de una mujer descalza y con traje de novia que, ubicada de pie sobre la rama se disponía a saltar al vacío… A Jacob le parecía una visión. Ella mantenía el equilibrio sobre la rama tanteando con sus pies descalzos mientras miraba hacia adelante con ojos perdidos y alucinados… Jacob temió que se cayera… Se fue aproximando más a su rama con intención de salvarla y bordeando siempre el contorno del tronco para no caer. Ya estaba bastante cerca, pero no se atrevió a hablarle. Dudó de si se trataba de una sonámbula, una demente o una suicida y, en cualquier caso, el uso de la palabra le resultaba un arma peligrosa y de doble filo. 

Y entonces sucedió aquello: la mujer se arrancó el vestido de un sólo gesto y lo arrojó al espacio. El vestido salió despedido al aire como herido de muerte, se alejó diáfano en la distancia y se hizo pequeñito e insignificante como un gracioso pañuelo blanco… hasta desaparecer. En ese instante pudo contemplarla en toda su intimidad. 

Lucía un cuerpo alargado y esbelto, demasiado delgado para una dama, los negros cabellos le rozaban los muslos y al girarse un poco ondulaban gráciles y sensuales como si flotaran. Vio como sus amplios pechos, que asomaban por entre las hebras, carecían de aureola y como una mata de pelo negro proveniente de su espesa cabellera le cubría el pubis. 

La mujer permanecía inmóvil, de pie sobre la rama y un poco alejada del tronco. Él se hallaba ahora a unos pocos metros de ella, mediando algunas ramas de por medio, y durante unos segundos sus ojos se encontraron. 

-¿Qué buscas?, ¿por qué has subido hasta aquí? -le dijo ella en tono amable, con unos ojos tristes y ojerosos como si hubiera llorado. 

-Busco melocotones. ¿Y tú? -le dijo Jacob forzando una sonrisa y tratando de quitar hierro al asunto. 

-Lo mismo… Quiero ir al centro… Allí lejos hay un melocotón suspendido y gigante como un mundo, ese es el que quiero… quiero llegarle al corazón.

Él apartó un poco las ramas y lo vio. Y era verdad… colgaba suspendido en el espacio como por arte de magia, redondo, rosa y magnánimo y ninguna rama lo amarraba. Una cicatriz lo atravesaba en su costado derecho. De pronto, de la herida brotó una viborita ágil y delgada que rodeó al melocotón como un cinto y desapareció finalmente por detrás. Jacob no podía creer lo que veían sus ojos, y pensó que soñaba (más abajo se extendía el mundo, se apresuraban las horas una a una despidiéndose, y todo era siempre el mismo encuentro y la misma despedida). Volvió su mirada a la mujer y ésta ahora brillaba y palidecía envuelta por un halo de luz blanca.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó Jacob atraído por su extraña belleza. 

-Me llamo Eva -respondió la muchacha-. ¿Te atreves conmigo?-. Le invitó apresurada.

Y en seguida descendió de su boca una lengua larga y finísima como un látigo que al segundo giró sobre sí misma dibujando una espiral grácil y delicada. Levantó sus dos brazos hacia atrás en actitud de volar, estiró el cuello hacia adelante y sus pies vacilaron un poco antes de dejar la rama.… 

Jacob se cubrió con las dos manos y gritó, se sentía conmocionado y triste. La imagen de aquella mujer saltando desnuda al vacío le perturbó enormemente. Sabía que no iba a resistir al impacto y se daba cuenta a su vez que la quería con locura desde el preciso instante en que advirtió su frágil cuerpo Extrañamente, y pese a sus nobles sentimientos, no se tiró, no fue a buscarla. En lugar de esto se aferró aún más al tronco y despertó temblando y sudoroso abrazado al grueso cuerpo de su esposa.

 -¿Qué sucede? -le preguntó ésta al sentir llorisquear a su marido 

-Nada, nada, estaba soñando… 

-Bueno, los sueños son tonterías, no vale la pena pensar en ellos -dijo, como para calmarle-. ¿Y qué soñabas? -le preguntó.

Esta vez, Jacob tampoco recordó haber soñado nada. A la mañana siguiente, la mujer fue al mercado y los dos, juntos, desayunaron melocotones.

 

 

EL HOMBRE CORAZÓN

Cuando Elisa salió a la calle ese día, no esperaba en absoluto toparse de frente  con el hombre corazón. Tenía una cabeza apretada y rojiza como un puño bien cerrado. Esta abultada vejiga que de a ratos brillaba bajo la luz del sol, contrastaba en tamaño con lo ampuloso del cuerpo, el cual quedaba recubierto enteramente por una elegante gabardina gris. Elisa pudo advertir, además, sus llamativas manos, negras y duras como las toscas raíces de un árbol, aferradas a un vasto maletín naranja; así como sus grandes zapatos marrones que le hacían tropezar a cada instante con los bajos arbolillos de la cuadra.

 El hombre corazón, torpe por naturaleza, no previó que la niña no era una planta y tropezó con ella sin remedio. Luego dijo con encono:

-Deberías tener más cuidado en la vida y fijarte por donde vas.

-No voy a ninguna parte -dijo ella, con un hilo de voz frágil, evitando mirarle a la cara.

-Todo el mundo va siempre a algún lado, incluso los que se quedan de pie, aislados y mudos, creciendo para adentro como hongos, en medio de una losa del patio.

-Tengo frío -tartamudeó Elisa. Y empezó a temblar al pronto. Hacía tiempo que no ingería nada, tampoco se peinaba y los jirones rubios le colgaban de arriba a abajo agitados por ligeros estertores.

Pero el hombre corazón no la abrazó, no se sacó el abrigo para resguardarla, no le susurró palabras buenas al oído. Por el contrario: se quedó escrutándola un instante con mirada indiferente y muda y  luego sin mediar saludo y cual si ella no existiera, se marchó a comprar el diario en el quiosco de la esquina.

Del peculiar teatrillo enmarcado de diarios y revistas, asomó una blanca pelusa seguida de dos gruesas lentes tan redondas como lupas. El anciano, que había oído todo aunque sin comprender gran cosa, al ver a Elisa tan sola en medio de un adoquín le preguntó qué pensaba. Elisa le respondió que “nada”; y luego dijo que sí, que pensaba en el hombre corazón y en como no la había ayudado y en como se había ido por el camino de las hojas para siempre, sin volverse nunca para atrás.

   EL HOMBRE CORAZÓN

    Óleo sobre lienzo (1,30 m x 0,97 m) 

     Cecilia Prado (2006)

 

 

INNOCENCE   

Óleo sobre lienzo ( 0.97 m. x 1.30 m.)
Cecilia Prado (2006)

 

Innocence  

La niña se acercó a la jaula donde moraba el pájaro. Se quedó un buen tiempo mirándole en silencio, detrás de los barrotes oxidados.

-¿Quieres salir? -le preguntó al rato, asaltada por un ansia nueva.

El animal no se movió, continuó oscuro y cabizbajo sobre la delgada varilla de metal pero de su garganta rosada ascendió, como un grito de muerte, un graznido lúgubre y grave, el cual la niña debió de interpretar como un "sí", pues acto seguido abrió las puertas de su cárcel. Un chirrido espantoso cortó entonces el mutismo estéril y el pájaro pasó de la inmovilidad perpetua a la repentina y aireada libertad y se volvió loco. Le vio alejarse rápido en el espacio para luego mirarla de reojo desde la enmarañada copa de un árbol que cubría casi todo el cielo con sus negras ramas de alambre.

Al día siguiente se despertó sobresaltada. El persistente llanto de un niño le arañaba el sueño haciéndolo pedazos. La niña se asomó por la puerta para averiguar lo que pasaba. Advirtió al bebé en su blanca cuna berreando y clavándole las uñas a una blanda pelota de goma.

Decidida a hacer algo al respecto, avanzó hacia él por los grandes mosaicos del cuarto en estado de tierna somnolencia. Salvo por el pequeño catre y unas pocas cajas de manzana que se hallaban por el piso, la habitación lucía en su extensión completamente vacía. Las paredes irregulares y descarnadas desprendían un olor a encierro o a humedad difícil de soportar. ¿Dónde está mamá?, se preguntó. Pero mamá no estaba, mamá dijo que se iba y que nos portáramos bien, imaginó. ¿A dónde se iba? mamá siempre tiene mucha prisa, mamá luna, mamá bosque, mamá va a la casa del lobo. Mamá había dicho algo sobre la libertad, recordaba, algo que ella no entendió. Dijo: "la libertad es como un plato de sopa bien caliente, hay que probarlo un poquito antes, para no quemarse la lengua". Y luego dijo: "volar es como nadar… Volar es como nadar o como amar. Has de hacerle caso a mamá". ¿Y papá? ¿Dónde está papá?

Miró al bebé aún lloroso detrás de los barrotes blancos. Éstos ascendían altos y ribeteados como finas estatuillas de marfil. Mientras los mimaba a fin de sentir los suaves nudillos resbalando torpemente entre sus manos, recordó de pronto la jaula, el pájaro, y esa dicha inmensa que le entraba al cuerpo seguida de un cosquilleo dulce o un tintineo alegre, hasta dejarle los dedos temblando... También la cuna era una inmensa jaula de madera con un triste animalito dentro ansioso por salir. Así que subida a un cajón de manzanas, se inclinó sobre la alta cama y cogió al niño.

El bebé, cegado por esa extraña noche que le cubría el rostro enteramente, cesó de llorar. Luego la luz blanca del día se extendía ante los dos calma y nívea en un cielo bien abierto. La niña respiró profundo, daba gusto la frescura del aire llenándola por dentro con su líquido invisible.

¿Qué hago ahora con él?, se preguntó. El cuerpo pesado del infante le empezaba a zozobrar. Pensó dejarlo en el suelo como a un conejito de indias pero luego recapacitó: ¿y si se va al bosque?. Su madre le había advertido una vez en el cuento de Gretel, los animales feroces que llegan con la noche, los ruidos macabros que se escuchan escondidos.

El bosque quedaba lejos pero cerca. No era cuestión de distancias, bastaba levantar la vista por encima del tendedero de ropa y ahí estaba, oscuro y susurrante, coronado de plata; porque detrás de todo bosque, y esto es lo bueno, siempre hay un lago.

Apartó al niño de su pecho y lo indagó:

-¿Y tú? ¿A dónde quieres ir pequeñín? -El niño estaba azul. El niño no respondió. Tampoco lloró. Parecía contento en sus brazos con los ojos bien abiertos.

La tarde volaba y era vital apurarse. Nada malo podía acontecer durante el día. Las cosas malas solo suceden por la noche, se dijo así misma para darse ánimo. Además con un poco de suerte hasta encuentro una casita de chocolate y me como todos los confites. Relamiéndose del gusto por esta preciosa idea se encaminó al follaje, cuando varias tandas de sábanas, firmemente asidas, le salieron al paso.

Le era difícil sortearlas, saber que camino emprender, pues por todos lados aparecían como inflados fantasmas alados. No semejaba en absoluto aquello a un tendedero de ropa, sino a un gran laberinto de paredes blancas, húmedo y perfumado con olor a jabón. Un laberinto sin fin. Cansada de este juego estéril ya iba a desistir, cuando de pronto vio la rueda de una bici asomando tímidamente por detrás de un lienzo claro: el niño viejo la venía a visitar.

El niño viejo era su amigo. Su rostro era de una blancura cruda, descarnada. Tenía una cabeza desproporcionadamente amplia y ovalada con dos ojos dentro que flotaban como peces y una boca pequeñita. La ausencia de pelo hacía resaltar unas orejas salidas para afuera como setas y una nariz horriblemente torcida, también con forma de seta, por la que siempre introducía un dedo. Además de esto, varias rayas paralelas le surcaban la frente de lado a lado y un centenar de pequeñas estrellitas le poblaban las mejillas y los párpados, apretujándose en fila por debajo de sus ojos.

Aparcó la bici en el sitio y avanzó hacia ella entre las blancas sábanas frotándose las manos como mosca.

-¿Quieres jugar conmigo?- tartamudeó con voz aflautada.

-Bueno -dijo ella hincándose de hombros- ¿pero qué haremos con él? Los dos miraron al bebé envuelto como un capullo y se quedaron pensando.

Resultaba impensable regresarlo a la cuna dónde lloraría y protestaría otra vez sin la vaga atención de nadie. Los pájaros se van al cielo, las liebres al bosque, ¿y los niños? ¿A dónde van los niños?

Así que volvió a preguntarle:

-¿Y tú? ¿A dónde quieres ir pequeñín? -El bebé estaba azul. El bebé no respondía. Parecía indagarlo todo con sus ojos de vidrio.

-¡Pero míralo! -señaló el cabezón divertido -¡es un niño azul!

-Habrá que llevarlo al lago -concluyó.

La niña sonrió y los dos se marcharon juntos por encima de un pulóver rojo y de tres pantalones grises que goteaban y colgaban de la soga, despreocupados y alegres mecidos por el viento.

Por el camino los árboles se movían como sombras y todo el bosque semejaba una inmensa noche sin estrellas; sin embargo y extrañamente, el cielo se atisbaba desde allí abajo blanco y sereno, sin mancha alguna, ni siquiera un pájaro o un cable que lo surcara, inmóvil y frío, como una nada insobornable.

Ascendieron callados por un largo sendero polvoriento siguiendo las huellas de un siervo y luego por una espesa manta de hojas secas. Era hermoso marchar entre los árboles transidos del intenso aroma de los troncos, de los frutos reventados en el suelo, de la oscura tierra removida. A veces un olor a quemado quedaba flotando en el aire tras un ligero velo de humo. Eso significaba que había estado el leñador. Así anduvieron largo rato y justo cuando ella comenzaba a sentir que las piernas desfallecían del cansancio y los brazos le tironeaban del esfuerzo, vislumbraron de lejos el lago.

Brillaba por entre los gruesos troncos y relucía con luz de diamante. La niña parpadeó tres veces. Costaba trabajo acostumbrarse a él. La luz era tan intensa que hacía pestañear. Podía escucharse la resonancia del líquido, su tañido fresco y cristalino. Todo el lago era un inmenso piano de agua tocado y exaltado bajo los rayos de luz.

El niño viejo se acercó a la orilla y tocó el agua con la punta de un palo. Entonces unas ondas blandas comenzaron a expandirse, ágiles y delicadas con movimientos muaré, y en la superficie inestable apareció una cara blanca. La niña se dijo que aquella debía ser la cara del lago y se agachó en cuclillas para observarla de cerca. El rostro, que parecía una máscara ovalada, temblaba intermitentemente. No se sabía si lloraba o reía pues la mueca de la boca cambiaba constantemente de la alegría al dolor.

-Dame al pequeño- dijo la efigie sin cesar de temblar.

La niña dudó un instante y retrocedió un paso acuciada de un temor repentino.

-No, no te lo daré ¿Es que acaso eres bueno?-le chilló desconfiada.

-Sí, soy más bueno que el pan. -aseguró la voz con ternura de madre. -¿Y el niño? ¿Es bueno el niño? -Preguntó la voz.

La niña miró la máscara, miró al bebé, pero el niño no respondió, el niño estaba azul. Y la voz del

lago ascendía de entre los múltiples destellos plateados y tintineaba con resonancia musical.

-Dáselo -dijo la voz del niño viejo por detrás. ¿O era aquella la voz del lago?

-Dáselo.-volvió a insistir la voz.

-Dáselo. (como un eco)

La niña giró hacia atrás, volvió hacia delante, pero cuando fue a asomarse al lago, la máscara había desaparecido, al igual que el bebé que cayó sin hacer ruido. Desapareció sin una sola queja, sin luchar siquiera, inocente, como se hunde una pequeña piedra engullida por el agua blanda. Entonces una multitud de ondas rítmicas comenzaron a fluir desde el centro y a expandirse hacia la orilla, sonoras y divertidas. Y aquello era decididamente hermoso. Luego cesó.

Los dos permanecieron pensativos y en silencio delante del gran lago inmóvil.

-Es extraño… - susurró en voz baja el niño viejo.

-¿Qué cosa?- musitó la niña, buscando su mano (y los dedos le temblaban).

-El agua… se vuelve cada vez más transparente, más transparente… ¡mira!

Unos ojos invisibles y grandes como el mismo Dios surgieron de pronto y con infinita inocencia miraron al cielo.

 

Mujer en el espejo.

Fugaz se vistió la dama, de rostro oval en el espejo. Yo apenas tuve tiempo de voltearme y atisbar la fina tela gris que subía por el blanco de su espalda.

La conocí de frente, con su vestido gris arremolinándose a sus piernas con el viento, caminando hacia a mi o hacia ninguno. Pero sucede que su rostro oval reflejado en el espejo cerraba los párpados. Y entonces el vestido fino resbalaba en la insensatez de nuestras mentes, y nos dejaba entrever su cuerpo como un cisne blanco asesinado en la mitad de la noche. No era lo que se dijera una realidad lisa y llana, como quien diría. Soñábamos con las puntas de los dedos estirados como besos, como garras que horadaran la tierra, como estrellas palpitantes de estertores.

Pero para que nadie piense mal y se me entienda, relataré todo tal y como fue desde el principio. Yo estaba tendida con los pies desvelados por la fiebre (era el comienzo de la infamia). La dama oval acercó su espejo de muñeca distraída y los dos se miraron riéndose, como si les picara la avispa de la risa. Luego mis calcetines de colegiala aplicada se salieron cual dos guantes y los dedos de mis pies tintinearon, desafinados de frío, como un piano desdentado.

Entonces me levanté para no verla porque consideraba impropio dirigirse a una mujer sin rostro. Ella, intuyendo mi premeditado desdén, comenzó a golpear el piso con sus firmes zapatos de tacón. No me volví. Continué escuchando a través de la ventana el tierno canto de los corazones desbocados. Era un canto arriesgado y monótono que de a ratos se acercaba mucho al zapateo de la diva.

Me giré para sorprenderla y arruinarle de una vez todos sus planes; pero ella me soltó, desvergonzada y tranquila, que si quería ser una artista de verdad debía intentar no ser tan previsora. Luego se recostó en mi lecho de espaldas a mi y una sombra oscura se esbozó en el muro. Vi su brazo estirarse por arriba de mi cuerpo y alcanzar una delicada campanilla de luz. De la otra mano y a la altura del cuello sostenía el óvalo con adentro su cara; la cual, por una razón absolutamente misteriosa para mí, sólo se atisbaba en el espejo. Agitó varias veces el bronce y el tañido cristalino bastó para que un simún de confetis de papel se le tirara encima sedientos de sus aires.

Media hora después oía pasos que venían del pasillo. Sonaban a pequeñas gotas de lluvia golpeando contra el cristal; supe así, y gracias a acuciar mucho el oído, que mamá subía en puntillas las escaleras de mármol. Avanzaba lenta y pausadamente por la larga pendiente, sosteniendo en un plato mi impudor. No eran estos motivos infundados: parecía adivinar los febriles aleteos del pez cuando salía, igual que su muerte menguante y despaciosa.

Al cabo de unos momentos (para mí lentísimos), mamá entraba en la habitación sin llamar y destapaba triunfal la bandeja redonda; por suerte en el fondo del plato sólo había su cara que, con grandes ojos de sapo, me indagaba fisgona y desconfiada como siempre. Al parecer el pez se habría esfumado en el aire o habría simplemente desaparecido ante la absorta pregunta de todos. Yo seguía recostada en la cama y era tal el tormento que sentía por su inoportuna y maliciosa presencia, que me imaginaba un termómetro gigante atravesándome de lado a lado el corazón. Mi aciago no se hizo esperar: cuando el médico me oscultó, tosí dos veces y su cabeza giró al pronunciar la gravedad del asunto. Yo me sentía feliz en mi desdicha y no entendía muy bien por qué tanto alboroto. (para todo esto de la dama oval ni rastro)

Mis hermanas subieron de prisa al presentir la desgracia y con cuerpos inclinados se probaron mis vestidos. -Mejor -pensé -que se los lleven todos. ¿para qué los quiero? Mi cabello se ha vuelto blanco nieve y mi cuerpo joven y esbelto ha envejecido cien años de tristeza. . Ilda, la más avispada de las tres, se rozó unas gotitas de perfume en las orejas que se le quedaron azuladas como flores. Las dos murmuraban en voz baja y sonreían como ajenas, sólo el médico se apiadaba de mi cuerpo con sus manos pesadas e insistentes. -¿Siente algo, aquí?, ¿Siente algo, aquí? -me preguntaba. Yo seguía quieta y muda asustada por tanto devaneo y me dejaba hacer. Con un ojo custodiaba a mis hermanas, con el otro miraba la pared oscura y sentía una grandísima tristeza. Esperaba con ansias enfermizas la llegada de la dama oval y ya no reparaba en el eclipse de su rostro.

De pronto la mano del doctor se estiró más de la cuenta, introduciéndose en la blanda herida y por un segundo temí partirme en dos. De la roja puerta saltó el delgado pez que se quedó largo rato palpitando convulso ante la triunfal vista de todos, hasta que al fin cesó. ¡Nada! Lo dicho: nada. Al coger el espejo en mis manos descubrí con asombro y horror que había perdido la cabeza.

 

LA INICIACIÓN    

Óleo sobre lienzo (0.90 x 0,70 m) 

Cecilia Prado (2006)

 

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