| ««« | El desván de la memoria Felisa Moreno Ortega |
|
|
Nací hace treinta y nueve años en Noguerones, una pequeña aldea de Alcaudete (Jaén), localidad donde vivo ahora. Estudié Empresariales y me dedico a temas de desarrollo local y empleo. Tengo dos hijos pequeños, Irene y Juanma, yo los llamo mis duendes, que son como las musas pero al revés, siempre revoloteando a mi alrededor distrayéndome. Así que soy una madre trabajadora, bastante estresada, a la que un día le dio la locura de escribir. Eso fue en el año 2006, al poco tiempo llegaron algunos premios que me animaron a continuar y aquí estoy, a punto de ver publicada mi primera novela, La asesina de ojos bondadosos, con la que gané el certamen de Escritores Noveles de la Diputación de Jaén. Desde que leí Cien años de soledad soy una incondicional de García Márquez, hace poco descubrí a Irene Nemirovsky, que se ha convertido en otra de mis favoritas. Me gusta descubrir autores nuevos, así que acostumbro a variar mucho mis lecturas. |
|
3ª Clasificada I Certamen Asociación Cultural Ars Creatio (Torrevieja) "Una Imagen en mil palabras", 2006 EL LIBRO Se puso la chaqueta, dejada adrede fuera del armario para mantenerla a salvo de las arrugas ya que hacía días que éste se había convertido en un pozo sin fondo donde las prendas luchaban por hacerse un hueco. Apuró el café y dejó la taza sobre la mesita, si estuviera allí Silvia le habría regañado, pero hacia mucho tiempo que ella se marchó y Luis no se preocupaba mucho por el cuidado de la casa. Esa fue una de sus primeras pérdidas, el abandono de la mujer que le había acompañado durante más de diez años. Después fueron los amigos los que evitaban su compañía, con excusas cada vez más absurdas. La asistenta también se marchó, desde entonces gustaba de mantener la casa en penumbra, así no veía el polvo que se iba acumulando en los muebles. Pasaba días enteros sin hablar con nadie, sobre todo los fines de semana, que los dedicaba por entero a la lectura de aquel libro. Silvia decía que era la causa de su cambio de humor, desde que llegó a sus manos aquel antiguo ejemplar de tapas de cuero y folios amarillentos, pasaba horas y horas enfrascado en su lectura, acompañado de su inseparable taza de café. Realmente su humor se agrió, nunca tenía ganas de salir, de estar con los amigos, de hacer el amor con Silvia, sólo era feliz cuando tenía el extraño libro entre sus manos. Jamás dejaba que nadie lo tocara, ni comentó cual era su contenido, lo custodiaba como si fuera una joya, una obra de arte que pudiera deshacerse con un simple roce. Estaba empezando a descuidar su trabajo de editor, pues cada vez le costaba más concentrarse en cualquier lectura que no fuera la de aquellas líneas imposibles. Las palabras no iban en línea recta sino que formaban figuras de todo tipo, espirales concéntricas, hexágonos y otra figuras geométricas. Las frases parecían incongruentes, pero no tardó en encontrarles sentido, una vez que conseguía ponerlas en línea recta, sólo había que leer las palabras de derecha a izquierda. De esta forma el texto adquiría sentido. Le costó un poco más averiguar que las páginas seguían un orden irregular, a la primera página le seguía la once, a la segunda la veintidós, a la tercera la treinta y tres y así sucesivamente hasta la nueve que le correspondería la noventa y nueve. A la diez ya le correspondería la doce, pues la once ya estaba asignada, a la doce la veintitrés y así hasta las trescientas páginas que componían la obra. Para hacer más fácil la lectura fue copiando en el ordenador el contenido íntegro del libro, primero obtenía las frases en forma lineal, después colocaba las palabras de izquierda a derecha para dar sentido a dichas frases. Era un arduo trabajo y como no podía concentrarse en otras tareas pidió unos días de vacaciones a la empresa. Le amenazaron con despedirlo si seguía en aquella actitud, pero finalmente aceptaron. En una semana consiguió tener una reproducción íntegra de cada hoja, por último dio el orden antes referido a las páginas, consiguiendo que tuvieran sentido. Guardó cuidadosamente el archivo y lo mando a imprimir. Necesitaba tomar el aire. Acababa de amanecer, llevaba siete noches sin dormir, por sus venas galopaba la cafeína, acelerando su pulso. Deleitó con placer el cigarrillo, no estaba de moda fumar, más bien era un vicio socialmente deleznable, pero a él le satisfacía intensamente. Pensó con nostalgia en Silvia, tendría que hablar con ella, ahora que había terminado aquel libro quería recuperar su vida. Volver a abrir las ventanas, subir persianas, correr cortinas. Así lo hizo, y un estallido de luz inundó la estancia, dejando al descubierto la percha y la taza vacía sobre la mesita, compañeras de sus noches de insomnio. Estaba deseando leer aquellas páginas, que con tanto trabajo había descifrado, pero necesitaba alejarse por un momento, por eso dejó la impresora trabajando mientras que salía a dar un paseo. La mañana era fresca, se arrebujó en la chaqueta, aquella vieja chaqueta compañera de fatigas durante tantos años. Encendió otro cigarrillo, estaba orgulloso, durante muchos días se había dedicado a montar un rompecabezas, un puzzle a primera vista imposible, pero que él había sabido descifrar. Para poder componerlo había tenido que leer todas las páginas, pero evitó enfrascarse en el contenido. Sólo eran piezas que encajar para obtener el fruto prohibido que gozaría leyendo en su totalidad, sentado en el sillón de orejas, envuelto en una densa nube de humo. Iba tan ensimismado en sus pensamientos que cruzó la calle sin mirar, el coche venía a una velocidad excesiva, antes de saltar por los aires pudo ver la cara de sorpresa del joven conductor. El grito quedó ahogado en su garganta. Silvia estaba arreglando las macetas de su balcón, le gustaban los geranios, tenía de muchos colores desde el rosa pálido hasta el rojo sangre, pasaba horas regándolos, abonándolos, incluso hablaba con ellos. Sonó el timbre de la puerta, se sobresaltó, la maceta que tenía entre las manos cayó estrellándose sobre las losas de la terraza. La noticia la había dejado trastornada, Luis seguía siendo su marido, ella no había perdido la esperanza de recuperarlo. Se marchó porque quería darle una lección, últimamente estaba demasiado concentrado en su trabajo, ella se sentía triste, abandonada. Acabada de cumplir cuarenta años, no tener hijos era su gran frustración y Luis no parecía entenderlo. Volvía a pisar las antiguas baldosas de aquel apartamento, todo estaba mucho más sucio que cuando se marchó, pero igual, congelado en el tiempo. Miró el ordenador, sobre la bandeja de la impresora se acumulaban las hojas, seguramente era el último trabajo de su marido. Cogió el taco de folios y los miró distraídamente, pero algo llamó su atención. Empezó a leer, primero con curiosidad luego con ansia. Era una biografía. La vida de Luis estaba plasmaba en aquellas páginas, un escalofrío recorrió su espalda al leer la última hoja. ¿Cómo pudo describir su muerte con tanta exactitud?
|
LA DISTANCIA La distancia que nos separa es vana Sólo son medidas terrenales, Nosotros volamos entre nubes Acariciamos las puestas de sol, Y Sonreímos a los ángeles. La distancia que nos separa es falsa Nada puede distanciarnos, Aleja nuestros cuerpos, Nunca nuestras almas Que permanecen unidas En el cielo de los sentidos. La distancia que nos separa es nada
|
|
|
Semifinalista en el III Certamen de microrrelatos Grupo Búho, 2006
LA COSA MÁS DULCE
Carlos avanzó por el patio. Bajo la palmera centenaria esperaba Celia, abstraída en la contemplación de una hormiga moribunda. -¿De verdad quieres hacerlo?, ¿has traído la moneda? -Carlos abrió la mano mostrando su dorado tesoro. -Pero tiene que ser un verdadero beso de amor, en la boca -apostilló Carlos Celia hizo un mohín frunciendo sus pequeños labios frambuesa. Miró golosa a la moneda y asintió. Sin más dilación depositó un beso fugaz en los labios del niño, arrancó la moneda de su mano y salió corriendo. Carlos permaneció impasible por unos momentos, después se relamió repetidas veces. Mojaba sus labios con ansiedad, estuvo un rato así. Después, con una mirada de furia en los ojos se dirigió hasta la clase, había terminado el recreo. Cuando llegó su madre a recogerlo, Carlos la miró con rencor y le dijo: -Eres una mentirosa. La madre observó asombrada a su pequeño retoño de cinco años. -Me dijiste que la cosa más dulce que jamás probaría sería un beso de amor. Y es mentira, no sabe a nada, ¡a nada! Dulce la moneda de chocolate que le he dado a Celia para que me besara.
|
|
|
DE SEDA De seda las manos que me tocan Librando batallas perdidas En mi cuerpo desatado, Sutiles y armoniosas, Desconocidas. De seda los ojos que me miran Dibujando caricias inesperadas En mi vientre atrapadas Silenciosas y calmas, Atrevidas. De seda la voz que me susurra Liberando mis sentidos, En mi boca detenida Húmeda y cálida, Enfebrecida. |
|
Finalista IV Certamen de relato Asociación Canal Literatura. Murcia, 2007 EL TIEMPO DETENIDO
Aquella mañana Marina se levantó con un extraño pesar, se asomó a la ventana pero no pudo ver nada, una densa niebla envolvía los edificios dando al paisaje urbano un aire de irrealidad. Se demoró en la ducha, disfrutando de la calidez del agua que resbalaba por sus hombros, tratando de desprenderse de los malos presagios. Ya iba tarde, entró corriendo en la cafetería, no podía iniciar la mañana sin tomar antes un café, tenía poco tiempo, apenas quince minutos, miró hacia su mesa preferida, aquella que estaba frente a la ventana. Observó con desagrado que hoy estaba ocupada, un hombre de unos cincuenta años, de aspecto cuidado y discretamente vestido bebía sin prisas de su taza mientras ojeaba el periódico del día. Pidió su café sin apenas apartar la vista de su mesa preferida, en su cara se dibujaba un gesto de fastidio. Ella vivía de sus costumbres, le proporcionaban seguridad, fuerza para afrontar cada día. Seguramente se excedió en sus miradas pues el hombre acabó reparando en ella y la invitó amablemente a sentarse. Al oír su voz, Marina volvió a sentir la extraña sensación, aquel nudo en el estómago con el que se había despertado esa mañana. Hubiera querido rehusar la propuesta del desconocido, pero pudo más su ansia de cotidianidad. Sólo la rutina podía vencer al desasosiego. -Le pareceré una descarada ¿no?, para mí es como un rito sentarme en esta mesa, lo hago cada mañana, antes de ir al trabajo. Me marcharé en seguida, empiezo a las nueve -dijo mirando nerviosamente el reloj -El tiempo es así, siempre escaso, huidizo y esquivo, acaba por adueñarse de todos nuestros actos -dijo él con voz suave y envolvente. -Sí, a veces, cuando estoy aquí sentada, pienso en lo dichosa que sería si pudiera prolongar este momento, dejar mi mente volar e imaginar historias de las personas que pasan por delante de la ventana, siempre tan apresuradas. -Creo que usted ama las pequeñas cosas de la vida, es capaz de apreciar lo que otros ni siquiera pueden ver. -Puede ser, me gustan las charlas eternas o quedarme absorta contemplando una puesta de sol. Eso que algunos llaman "perder el tiempo". -¿Le gustaría perderlo conmigo?, su tiempo, su preciado tiempo. -Sí, me encantaría, escuchar de su voz todo lo que quiera contarme, pero… -Marina miró el reloj y puso cara de fastidio- tengo que irme, lo siento. -¡Espere! Pensará que estoy loco, pero tengo un reloj que puede detener el tiempo. -Vaya, además de amable también es bromista -dijo Marina sonriendo. -No es una broma, ¿de verdad quiere estar aquí conmigo? -Claro que sí, pero ya le he dicho que no es posible. -Aprieta este botón -empezó a tutearla-, yo ya lo he hecho. ¿Ves?, son las nueve menos diez, lo serán mientras nosotros queramos, entonces volveremos a pulsarlo y la vida continuará. Marina apretó el botón con gesto risueño, mientras que la extraña sensación volvía a apoderarse de ella. Su sonrisa era franca y un tanto aniñada, como sus ojos que sabían reír solos, guiñando un poco el izquierdo, en un tic encantador. Ya había cumplido con creces los treinta, pero aún no había perdido su aire de lolita inocente. -Y ahora, ¿de qué hablamos? -Marina seguía el juego. -De ti, cuéntame cosas -dijo el hombre cogiendo su mano. Marina salió del café dos horas después, pero seguían siendo las nueve menos diez. Iba alucinada, acababa de contarle todo su vida a un completo desconocido, ni siquiera sabía su nombre. ¡Toda su vida, y seguían siendo las nueve menos diez!. Entró un poco aturdida en la oficina, encendió el ordenador tratando de inyectarse una dosis de realidad, miró el correo, y se puso a terminar el informe del día anterior. No quería detenerse a pensar en lo que había ocurrido. No lo hizo hasta la hora de la comida. Marina deseaba llegar a casa, tenía que hablarle a Javier de lo que había sucedido, o ¿no?. ¿cómo podría creerla?, el era tan escéptico, tan racional. Quizás fuera mejor no decir nada, pero si no lo contaba llegaría a creer que sólo era una invención suya, de esas que ella a veces montaba en su cabeza. Como todos los días comieron en silencio, Javier no receló del rostro sombrío de Marina, estaba acostumbrado a los cambios de humor de su mujer, la televisión llenaba el vacío sonoro que últimamente se había instalado entre los esposos. Ella estuvo tentada de decírselo en más de una ocasión, pero noticias importantes se lo impidieron, que podía hacer su historia del reloj frente a los ataques terroristas o la subida del precio del dinero, las hipotecas se incrementarían en mas de sesenta euros al mes, menos mal que ellos ya tenían pagada la suya, pensó Marina mientras el nudo en el estómago se hacía más grande y le impedía comer. A la mañana siguiente aún seguía conmocionada. Se levantó medio dormida, había tardado mucho en conciliar el sueño la noche anterior. Ducha rápida, pintura a brochazos, ojos manchados de rimel, labios rojos y sombra azul, del mismo color que sus ojos, intensos y vivos. Sólo un pensamiento en su cabeza, aquel hombre, el hombre de la cafetería que podía parar el tiempo. Se acercó tratando de mantener la calma, pero no era fácil, deseaba y temía a la vez encontrarse con el desconocido, del que aún no sabía ni el nombre. El corazón brincó en su pecho cuando, nada más entrar, lo vio allí, en su mesa, con la taza de café y el periódico en sus manos, las mismas manos del día anterior, largas y elegantes, como él. Llevaba puesta su mirada triste pero serena y el reloj brillaba en su muñeca, reflejando el frío sol de aquella mañana de enero. Se acercó a él, la esperaba con una sonrisa en los labios, le costó hablar, el nudo la ahogaba de nuevo. - Buenos días -dijo un poco azorada. -Buenos días -contestó él con una amplia sonrisa, y se levantó para besar sus mejillas. Marina se puso roja, un calor intenso recorrió su cara para después extenderse por todo el cuerpo. No sabía bien qué decir, así que se sentó, y esperó a que hablara el hombre. Pero él sólo la observaba, navegando en su mirada, perdido en el mar de sus ojos. -¿Lo de ayer fue cierto, sucedió?- preguntó Marina con la voz ahogada. -Claro que sí, tú lo sabes bien. -No pude contárselo a mi marido, nunca me creería. Pero me gustaría usarlo con él. Siempre se queja de que no tiene tiempo para estar conmigo y yo necesito sentirlo cerca, cada vez lo veo más lejano. -Podría dejarte el reloj. -¿Lo harías? -preguntó Marina con un nuevo brillo en los ojos. -Haría lo que tú me pidieras -dijo el hombre sonriendo. -Gracias... -Manuel -dijo el hombre con voz pausada. -Marina -contestó ella sintiendo que el nudo se deshacía. -Un placer, Marina, un nombre precioso, como tú. Marina salió de la cafetería con su pequeño tesoro en la muñeca, le quedaba grande, pero Manuel le había pedido que lo llevara puesto. Lo notó en su brazo toda la mañana, y se sintió embargada por una sensación de paz, ni rastro del nudo que la había acompañado esos días. Ahora podría hablarle de él a Javier, podrían compartirlo y vivir algo parecido a aquellas maravillosas dos horas que pasó en la cafetería con Manuel. Llegó a casa con el alma liviana y el corazón agitado, preparó la mesa con esmero, en el centro un pequeño cestito de flores que había comprado al salir del trabajo. Apagó la tele y esperó sentada a que llegara Javier. Él miró extrañado a su mujer, no alcanzaba a comprenderla, ayer estaba deprimida y hoy parecía exultante. -Tengo que decirte una cosa -musitó Marina entre bocado y bocado de filete. -Dime -contestó Javier, que había encendido el televisor y tenía la mirada fija en la pantalla. -Cuando terminemos de comer, me gustaría que habláramos un poco. -Cariño, sabes que hoy tengo reunión de departamento. -No te preocupes por eso, tendremos todo el tiempo del mundo. Marina le contó a Javier la historia del reloj, sin omitir detalle. Él no pareció sorprenderse demasiado, estaba acostumbrado a las fantasías de su mujer. Sólo un gesto de fastidio y miradas reiteradas a su propio reloj. -Siempre con tus tonterías, Marina, ya no eres una niña para que te engañen así. ¿Cuánto te costó ese reloj? -Nada, me lo prestó, no pagué nada. -Eres tan inocente, ¿cómo puedes creer esas patrañas? -Porque las viví, yo estaba allí cuando el reloj se paró y te aseguro que se paró. Mas de dos horas hablando y seguían siendo las nueve. -Bueno, pues dale al botón ese, a ver qué pasa -dijo Javier con cara de fastidio. -Tienes que darle también tú. Javier apretó el botón con desgana, echando una mirada de reojo al suyo. Pero no sucedió nada, el reloj seguía moviéndose, las agujas avanzaban ajenas al mandato. El hombre ni se dignó en decir nada a Marina, no hizo falta, fue suficiente con su mirada despectiva, cogió la chaqueta y se marchó. Ella se quedó abatida, la reacción de Javier le había dolido más que el hecho de que aquel estúpido reloj no funcionara. El nudo volvió a embargarla, ahora casi la ahogaba. Entró en la cafetería, por tercer día consecutivo Manuel estaba sentado en la mesa de la ventana, su mesa. Café y periódico, sonrisa amable y beso a la llegada. ¿Cómo podía ser tan hipócrita?. Marina le siguió el juego, esperó a que estuvieran sentados, para soltar toda su rabia, pero fue Manuel el primero en hablar -Y, ¿cómo te fue?, ¿aprovechaste bien el tiempo? -dijo Manuel, haciendo un guiño. -¿Cómo? Tú sabes perfectamente que no, este reloj no funciona, es una quimera. Lo único que me gustaría saber es cómo lograste engañarme el otro día. -Sí funciona, siempre ha funcionado, sólo hay una condición, mejor dicho dos. -¿Condiciones?, ¿qué malditas condiciones? -Marina estaba realmente alterada. -Sí, es imprescindible que haya dos personas y que ambas deseen estar juntas, compartir su tiempo, entonces al pulsar el botón éste se detendrá, como aquella mañana se detuvo para ti y para mí. -Eso es mentira, lo usé con mi marido y no funcionó. -Lo siento, quizás no quería estar contigo…, en ese momento -dijo Manuel alargando la mano hasta la suya. -Él me dijo que sí, que lo deseaba más que nada en el mundo -la voz de Marina se quebró en un sollozo. Manuel apretó el botón y se lo ofreció a Marina, lo miró con los ojos arrasados de lágrimas, pequeñas olitas que se escapaban de aquel mar azul para recorrer las mejillas, formando surcos alrededor de su boca. Ella lo pulsó y el tiempo se detuvo de nuevo para los dos, mientras el nudo se iba deshaciendo.
|
|
LA DULZURA La dulzura que se escapa de tus labios Huele a verano A melocotones frescos A hierba mojada Es fruta exquisita por escasa Como perfume bueno Se vende cara La dulzura que persigo es infinita No conoce de fronteras Ni vallas, ni alambradas Es eterna, es etérea. Es tierna como una mañana Recién estrenada. |