| ««« | El desván de la memoria |
Jack Forlán Pablo de Aguilar González
Jack Forlan, el ingeniero de sistemas, se prepara para una inmersión entre las sábanas halógenas de luz oscura, su última adquisición. Soñó con ellas desde que la Corporación Interplanetaria de Marketing, la CIM, envió la promoción del mes directamente a su puerto cerebral, hace de eso, ahora, más de tres estaciones. Para la noche del estreno de su último capricho, elige un colchón dureza media, con una fuerza gravitacional de 0,85 Tierra. Quiere sentirse liviano, no tener que soportar el peso de sus huesos; pero, a su vez, no le agrada la sensación de flotar mientras duerme: 0,85g estará bien. Jack abre el puerto a las ondas provenientes del procesador de sabores olores y texturas (otra adquisición del catálogo mensual) , dirige las pupilas hacia el icono del café con leche; mueve un poco las pestañas: es un gesto reflejo, que no puede evitar, cuando fuerza a su mente a confirmar la elección. Después, al azúcar: cuatro pestañeos. Y termina casi con un guiño. El aroma y el suave tacto en la lengua que produce el café con leche son recibidos en cuestión de nanosegundos por sus neuronas. Ahueca las manos, como si sostuviera un tazón, acerca la nariz al imaginado recipiente y sonríe mientras aspira: nunca hubiera pensado que un aparato de cocina pudiera agradarle tanto. Hasta que dispuso de éste, frecuentaba el mercado negro en busca de azúcar y café: dos de los elementos más difíciles de conseguir desde que el gobierno se unió a la Sociedad Mercantil y éste extendió su red anticontrabando a la órbita de Juno. Los productos protegidos están cada vez más cotizados y, con un procesador de sabor olor y textura, se hace innecesario arriesgarse a un paseo por los bajos fondos. Aunque, la verdad, no es lo mismo... Jack termina su café con leche virtual y, con sus papilas gustativas todavía excitadas por el sabor, coloca la nariz sobre el inhalador alimenticio, que le administra la dosis de proteínas, vitaminas y minerales que el cuerpo necesitará para aguantar hasta la hora del desayuno. Los días en Juno son agotadores. Con un periodo rotacional de 1,95 – Tierra, tienen una duración aproximada de 47 horas. Para un oriundo como Jack es difícil hacerse a horarios tan duros: 20 horas de trabajo, unas 15 de sueño y 5 de ocio (en términos terrestres). Porque, para seguir con el anticuado sistema de medida de tiempos de la Metrópoli, un pulsómetro situado en un lugar relacionado con el sol desde tiempos inmemoriales, en el centro de la Península Ibérica, envía un ajuste horario para cada planeta de la Sociedad, haciendo que un periodo rotatorio dure, exactamente veinticuatro horas. En algunos de los mundos habitados, un minuto puede equivaler a pocos segundos terrícolas y, en otros, en un segundo te daría tiempo a hacer analizar todas las noticias que te enviaran al puerto cerebral mientras te sientas en el reciclador de desechos humanos. Él fue uno de los que participaron en las revueltas, intentando poner fin a un disparate semejante. En un mundo en el que el día, la noche, el frío y el calor pueden ser controlados según las necesidades productivas: ¿Qué necesidad hay de mantener un sistema de medida arcaico? Un grupo de jóvenes estudiantes de todas las ramas del conocimiento (biomecánica, sistemas motrices autónomos, ingeniería culinaria... etc), casi todos ellos provenientes de pequeños planetas o estaciones artificiales, decidieron protestar haciendo de sus puertos cerebrales emisores de interferencias. Era tan simple como introducirse en un gran centro comercial virtual a una hora punta, en la que los cerebros de los ociosos habitantes de Juno estuvieran dispuestos a consumir toda clase de sensaciones, y dejar caer lo que Ginés Gin bautizó como un capullo de seda. A Ginés le interesa la arqueología, la paleontología, todo lo que tenga que ver con el siglo XX terrestre (aproximadamente unos ochocientos cincuenta años antes del Primer Puerto Cerebral –PPP-). Según él, en una zona que los antiguos habían dado en llamar Murcia, se había cultivado el gusano de seda: un pequeño animalillo que pasaba la primera etapa de su vida arrastrándose y, tras encerrarse en una maraña de su propio hilo de seda, salía convertido en mariposa. Nunca sabemos cuánto de verdad y cuánto de mentira tienen sus historias. Ginés no deja de ser bastante supersticioso: es un apasionado practicante de la Religión Mercantil, la cual proclama a Dólar como el único Dios verdadero. El caso es que todos tuvimos que aprender lo que era un gusano de los de aquellos remotos tiempos. Nosotros, todo lo que sabíamos de ellos, lo habíamos aprendido en la clase de Historia de la Codificación Cibernética: un antiquísimo pedazo de código de programación que los grandes pioneros pre-PPP inventaron para horadar los sistemas ajenos. Hacía siglos que los warms eran inofensivos, los filtros se habían vuelto demasiado tupidos como para dejar pasar nada que no fuera permitido. Y hasta sonreíamos condescendientes con aquellos pobres pero hacendosos ignorantes que, según los libros de Historia, gastaban ingentes cantidades de esfuerzo en combatir estos códigos tan simples. Pero un capullo de seda... Ginés tenía la genialidad de lo simple: Un capullo de seda no es un gusano, ningún sistema lo detectaría como tal. Después, saldria una mariposa y las alarmas seguirían ignorantes de lo que se fraguaba. Y, por fin, la mariposa inundaría el centro comercial con miles de huevos que, cuando eclosionaran y, entonces sí, fueran detectados por los sistemas de protección, colapsarían todos los recursos antes de ser eliminados. El centro comercial a tomar por el puerto de salida durante unas horas... Tan simple como genial. Lo que Jack y Ginés consiguieron de aquella revuelta fue muy distinto a un cambio en el sistema de tiempo: arresto domiciliario, control permanente de todos sus puertos, y un nuevo puesto de trabajo al servicio de la Casa Real de Juno. A la genialidad sólo hay que saber encauzarla... Ahora Jack trabaja al servicio de la reina. Y, a pesar de su republicanismo convencido, la cosa no estaría tan mal si no fuera por el príncipe. Un ser de bajos instintos y dado al vicio que hace que Ginés haya ocupado todo su tiempo, y todo su genio, en programar impensables placeres para colmar el puerto insaciable del hijo de la jefa... Jack está a punto de traspasar la frontera de la consciencia, sólo los sistemas latentes permanecen activos. Entonces, una pequeña señal, vuelve a activarle el cerebro. “Llamada entrante: Jefa” La jefa ha tenido veinte horas para darle órdenes y ahora es cuando se le ocurre llamar... El problema de trabajar para la Casa Real, es que no hay horarios. “Puerto esperando respuesta” “En los tiempos pre-PPP ”, piensa jack “ las comunicaciones se hacían con aparatos externos, no implantados. A pesar de las inconveniencias de tener que cargar con elementos ajenos al cuerpo, había una ventaja indudable: la excusa de no haber oído la señal de aviso del aparato.” Jack cambiaría el supercomputador microcoscópico de última generación que aloja su cerebro por un poco de intimidad. - Dígame - La reina quiere verle - Bien... mañana a primera hora.... - No, quiere verle ahora. - ¿Por qué no me transmite los datos directamente? Acabo de estrenar mis nuevas sábanas halógenas. ¿No puede esperar a mañana? Durante las próximas quince horas no se va a hundir la Sociedad Mercantil. - Quiere verle ahora. Tiene usted esperando un transporte en la puerta. No tarde. Jack cierra el puerto y maldice. Vuelve a activar el dispositivo de ocultamiento de desnudez, el cual proyecta una imagen holográfica que lo cubre con un traje de color oscuro, y se dirige a la salida. Cada vez que Martina, la asistente de Su Majestad, le abre la puerta del vehículo real, Jack no puede evitar mirar al uniforme que viste y pensar que, en realidad, la está viendo desnuda, sólo cubierta por una imagen irreal, proyectada por un dispositivo que él mismo ha diseñado. Martina le sonríe y cierra la puerta tras él. ¡Sería tan sencillo piratear su puerto para provocar su deseo sexual! Sin embargo, tales actividades están penadas como violación o, como mínimo, como ciberviolación. De diez a veinte años de privación de comunicaciones, arresto del puerto, reclusión. Aunque él podría hacer que no pareciera una violación... Pero, la verdad... no sería lo mismo. Preferiría que fuera cosa de dos. Sin embargo, apostaría que Ginés ya ha entrado por ese puerto para allanar el camino a su jefe: el indigno heredero de la corona. Aunque él nunca lo habría hecho para sí mismo. Ginés era lo que él daba en llamar un caballero a la antigua. (Una expresión que había copiado de varios libros de papel que había conseguido rescatar en una expedición arqueológica a la gran urbe del tiempo: Madrid, en el planeta tierra). En la excavación, hallaron restos de tomos de los que se utilizaban en el siglo XX: papel muy colorido, lleno de fotografías, en los que se veía a los habitantes de aquel tiempo en distintas actividades primitivas: gente semidesnuda a la orilla del mar, mujeres desnudas como recién paridas, en poses poco naturales, fiestas en las que, parecía, bebían de copas de cristal y comían auténticos productos sólidos... Y lo que más atrajo la atención del joven Ginés: $, el símbolo de Dólar, la religión que profesaba con devoción casi fanática. No... él era un piadoso, jamás habría ciberviolado el puerto de Martina por su propia voluntad. Pero duda tanto del Príncipe... Jack discurre por estas elucubraciones cuando siente la mirada de Martina desde el monitor de control de pasajeros. En ese momento cae en que, con toda probabilidad, la mano derecha de Su Majestad lleve instalado un escáner de pensamiento. El rubor es uno de los pocos signos externos de los sentimientos que nadie se ha preocupado en controlar mediante código. Y, en ese momento, piensa que hubiera merecido la pena gastar un par de horas de programación para disimular un signo tan primitivo. De todas formas, si Martina dispone de lector de pensamiento, da igual ruborizarse o no. El intercomunicador holográfico de la cabina de pasajeros se activa y aparece ella, sentada, dentro de su ajustado mono virtual. - Sí – dice ella - ¿Sí qué? - La mano derecha de la jefa lleva implantado el escáner. Y no te preocupes, ese rubor te queda muy bien. - Ya... - Ginés no podría piratear mi cerebro aunque quisiera. El lector lo detectaría mucho antes de ponerse a intentarlo y pondría las barreras... Ya sabes lo que dicen: ten cuidado con lo que piensas... - Prohibido pensar... Se dice pronto... - Hemos llegado. Esperaré para devolverte a casa y, quizá, quieras mostrarme ese procesador de sabores olores y texturas que has comprado. - Claro... Jack sube la rampa de palacio sin dejar de pensar en la propuesta de Martina, la boca todavía abierta; el rubor, de nuevo, en sus mejillas. Ha sonado como una cita... Hace tanto que no... exceptuando las mujeres diseñadas con el holoshop, mitad energía, mitad software. Pero, la verdad, no es lo mismo... En cuanto pone un pie en la plataforma de acceso a los pabellones privados de la Familia Real, es absorbido por un tubo de transporte de aire comprimido, recubierto de filamentos vellosos y suaves. Otro invento de Ginés: el Intestino. - Ella no te conviene La reina tiene la mala costumbre de no saludar. Es por culpa del lector de pensamiento: siempre va por delante de su interlocutor. Lo que, a los ojos del pueblo, la hace sabia, rápida de mente, y digna de dirigir el destino de todos ellos. - ¿Perdón, Majestad? - Martina. Ella no te conviene. - Yo... - Cuidado con lo que piensas, Jack. Por lo de vieja mandaría cincuenta latigazos de mil amperios y por lo de decrépita, una temporada de sombra mental... - Yo no... Jack no tiene modo de disimular, nadie lo tiene frente a un escáner de pensamiento, así que, lo mejor, es relajarse. - Majestad, lo de vieja decrépita, también se me pasaba por la cabeza cuando mi madre me echaba una regañina. No es nada personal... - Lo sé. Pero no te he hecho venir para hablar de tus aventuras. Se está fraguando un problema que sólo puedo confiarte a ti. Es un tema delicado y, antes de decirte de qué se trata, necesito contar con tu discreción. - Verá, yo puedo asegurarle que no hablaré con nadie. Pero lo que no puedo prometerle es que alguien me pille pensando en el asunto... Ya hay demasiados lectores de pensamiento circulando por ahí. Y ese, se lo he dicho muchas veces, es un software peligroso. - Sólo el príncipe, Martina y yo disponemos de uno. - Más todos las chapuzas piratas que circulan por Juno... ¿No se ha dado cuenta del aumento de muertes cerebrales que ha habido? Ginés me ha contado que en la Historia Antigua, la gente se mataba por recorrer unos pocos kilómetros en sus rudimentarios vehículos. Ahora la gente se descerebra por viajar de incógnito de una mente a otra... La Humanidad no cambia, Majestad. - Ginés tampoco podrá saber nada de todo esto. - Ginés podría ser un gran aliado, si lo sacara de la sombra de su hijo. - Tienes valor siendo tan directo, Jack... - Usted lee lo que pienso antes de que yo lo diga, ¿qué otra opción me queda? - Entonces... ¿Qué me contestas? - Ya sabe lo que pienso - Sí... Siempre has sido como la sombra de Ginés, siempre te has sentido peor ingeniero que él, siempre has envidiado su genialidad... ¿Nunca te preguntaste por qué te elegí a ti, siendo republicano y no a él, tan religioso? - Constantemente. La reina presenta ante Jack unos auriculares de absorción de software, parecidos a los que se utilizan para ciertos medicamentos. Sabe lo que son. Clava los ojos en ella; no necesita abrir los labios, dispara la pregunta sin un solo gesto. - Sí, Jack. Tu propio lector de pensamiento. Con él, tu mente ya no será escrutable. Ni siquiera por mí. Recuperarás tu intimidad. Y, de paso, podrás cumplir tu promesa de guardar el secreto. Jack se acopla los auriculares y, en el tiempo que se tarda en pestañear, siente el nuevo código acoplarse en la memoria auxiliar implantada en el cerebro y extenderse por todo su sistema neuronal. Luego, se queda quieto. Los dos enfrentan sus miradas. - Ahora tendrás que hacer el esfuerzo de hablar, Jack. Ya no puedo leer lo que piensas. ¿Te apetece inhalar un licor? - A mí, lo que de verdad me gusta, es el café con leche, Majestad - Sí, lo sé. Hace meses frecuentabas a los traficantes de café... De nuevo el rubor. La reina hace un gesto al aire. Un mayordomo aparece en una plataforma que desciende del techo. Él sigue observando, sin decir nada. - Gordon: tomaremos café con leche en la terraza oeste. Entonces, el ingeniero oye una voz dentro de su cabeza y otra fuera. La segunda es servil y comedida: - Enseguida, Majestad... La de dentro, rencorosa y resentida. No sólo se oyen palabras, sino sentimientos: “Verás lo poco que te queda, perra...” El mayordomo desaparece blasfemando para sí y Jack lo sigue con la mirada. Luego, vuelve a hablar con la reina. - ¿Por qué sigue trabajando aquí? - ¿Has sentido el odio? - He oído el insulto... - El insulto es lo de menos. ¿Has sentido el odio? - Sí... ¿Por qué sigue trabajando aquí? - Porque no puede controlar sus pensamientos. Porque es una fuente de información valiosísima. Porque, gracias a él, he descubierto cómo es el príncipe... - Majestad, disculpe que sea tan franco, pero muchos sabíamos cómo es el príncipe sin necesidad de leer la mente de nadie... - ¿Te refieres a que sabes que es un crápula? ¿A que no duda en utilizar a tu amigo Ginés para ciberviolar a la última jovencita o el último jovencito del que se ha encaprichado? ¿O quizá te refieres a sus reuniones con las jerarquías eclesiales para conspirar contra mi vida...? Jack abre los ojos, tanto como las seudo-ventanas del salón real. - No... veo que esto último no lo sabías. - Voy a necesitar de tu ayuda. Quizá ahora comprendas por qué Martina tenía un scanner de pensamiento y tú no... Necesito estar segura de en quién puedo confiar. Tenía que leerte, antes de proporcionarte la intimidad. La intimidad... Jack hubiera pagado por ella. - ¿Y qué quiere que haga yo? - Eres el mejor amigo de Ginés. Te necesito para controlarlo, y también al príncipe, para saber qué traman exactamente. - Pero usted puede leer su mente... no haría falta... - El príncipe lleva su propio lector – interrumpe la reina -, nadie puede escuchar sus pensamientos y Ginés... Su Majestad corta ahí la frase y sonríe a Jack de una manera que a éste le viene a la memoria la imagen difusa de su madre. No le parece una tarea demasiado complicada. Al fin y al cabo, Ginés siempre le está contando su último proyecto. Aprecia a Ginés, lo considera un genio, siempre ha ido un paso por delante; mil veces se ha preguntado cómo era posible que esas ideas no se le ocurrieran a él. Sabe que le gusta fanfarronear de sus últimos éxitos y no le importa. - No será tan sencillo como crees... Jack mira a los ojos de Su Majestad con las cejas arqueadas. - No, no te he leído el pensamiento... – dice la reina - Llámalo, si quieres, intuición femenina. Tienes que tener cuidado: cuenta sólo con Martina o conmigo. Recuerda esto bien. El joven aprovecha que la jefa ya no puede entrar en su cerebro: “Paranoias Reales... Demasiado tiempo libre...” Luego, hace una reverencia y pide permiso para marcharse: - Si no desea nada más... - Mañana puedes ir a ver a tu amigo Ginés... Jack asiente con un gesto de comprensión y se dirige a la plataforma de salida. Los pocos segundos que dura el viaje en el tubo neumático de filamentos vellosos, da vueltas a lo que acaba de suceder. Ginés conspirando contra la reina... Podría llegar a creerlo del príncipe pero de Ginés... - ¿Listo para volver a casa? Martina sonríe desde el vehículo. Ha cambiado el holograma que la viste. Ahora simula un escotado vestido de noche negro, de falda larga, con una raja que llega hasta donde termina el muslo. Jack sonríe, procesa un par de pensamientos y su mono de diario se va convirtiendo, desde los pies hacia arriba, en un traje de etiqueta. - Mmmm ¡Qué guapo! Jack vuelve a fijarse en la raja de la falda de Martina - Pagaría por poder seguir leyendo lo que piensas en este mismo momento... Él se vuelve a sonrojar. Ella ríe al viento, se acerca a él, y le susurra al oído. - No hace falta... ese encantador rubor tuyo me da pistas. Al despertar, Jack siente la boca pastosa. Es un efecto que odia no haber podido controlar todavía. Martina ya no está bajo sus sábanas halógenas. Recuerda, entre nieblas espesas, haber conectado los puertos a un restaurante exótico, haber pedido vino de uvas terrícolas y, a los postres, licor de Juno. Es curioso cómo el cerebro todavía guarda esas reacciones primitivas, cómo reacciona a los estímulos igual que miles de años atrás. El licor siempre será licor... cibernético o no. Inhala un analgésico instantáneo y se dirige al reciclador de desechos. Encuentra a Martina en la ducha seca, frotando sus piernas desnudas, sus caderas desnudas, sus pechos desnudos. Recuerda lo que sintió cuando a un gesto suyo, una invitación, desactivó el dispositivo y el holograma que la cubría desapareció. El cuerpo humano, un cuerpo como el de Martina, era algo que sabía que los ingenieros jamás llegarían a conseguir imitar por completo. Martina levanta la vista y ve a Jack mirándola. Sonríe. - Buenos días. Estupendas tus sábanas halógenas. - Sí... han tenido buen estreno. - ¿Te llevo a algún sitio? - Voy a ver a Ginés... ¿Te apetece un café con leche? Ginés levanta la vista y ve a su amigo en la entrada. - ¡Pasa, tío! ¡Mira en lo que estoy trabajando! Jack se acerca y reconoce lo que el código en el que se afana Ginés significa. Lo mira intentando disimular, aunque sólo sea un poco, su admiración. Él ha pensado en hacer algo similar durante meses, pero ni siquiera se puso a ello, lo descartó por considerarlo imposible y, sin embargo, mirando ahora ese código... ¡Parecía tan simple! Ginés estaba a punto de conseguir el detector electrónico de células cancerosas... Aunque hace siglos que el Cáncer no es más grave que los constipados de los antiguos, no deja de ser una fastidiosa molestia. Con el detector, se eliminaría una célula en el mismo momento en el que enfermara. El organismo sería capaz de sustituirla sin dificultad y el sujeto no notaría nada. Jack observa el código: “¿Cómo no se me ha ocurrido a mí?” Ginés se incorpora de su escritorio y da la vuelta a la silla giratoria sonriendo pero, de repente, un leve rescoldo de seriedad asoma por sus pupilas. - ¿Qué te ha pasado, Jack? Jack recuerda las últimas horas transcurridas con Martina, pero no dice nada. Otra vez el rubor incontrolado... “Maldita sea, tengo que programar un código inhibidor” - Nada... ¿Por qué lo dices? Ginés vuelve a recuperar esa sonrisa tan suya, tan segura. La sonrisa del que se sabe un genio; la del que se encuentra ante su admirador más fiel. - Nada, nada... me había parecido que traías mala cara. Jack intenta disimular su rubor. Sin embargo, ha notado el gesto de contrariedad en su amigo. De pronto, recuerda el software que la jefa le instaló la noche anterior... Es curioso, el programa lector de pensamientos no necesita activación. Funciona de un modo parecido a como lo hace el oído cuando uno está en un lugar lleno de gente. Escucha el murmullo y discrimina hacia la conversación que interesa. Pero... en cuanto a pensamientos se refiere, en el estudio de Ginés, hay silencio total. Lo cual sólo puede significar una cosa... su amigo tiene su cerebro protegido. Es imposible que no tenga ni un solo pensamiento... O sea que Ginés no le cuenta todo. Ha desarrollado un software de protección o, lo que sería peor, un lector propio. Entonces vuelve a fijarse en el código en el que estaba trabajando. - Creo que lo voy a dejar, empiezo a encontrarme en un callejón sin salida. - Pero si ya lo tienes, Ginés, no tienes más que... Entonces Jack se para, y el amigo levanta la cabeza, esperando que siga. La mirada de ansiedad tampoco ha sido inhibida todavía por ningún software... - Bueno... tú eres el genio. Insiste un poco y verás cómo lo sacas. Ginés no puede evitar entornar los ojos, parece que estuviera haciendo algún tipo de esfuerzo mental, como quien pretende practicar telequinesia. Hasta que, tras unos segundos, por fin se relaja. Entonces mira al suelo y vuelve a fijar la vista en el ingeniero de la reina. - Así que la reina por fin te lo ha instalado... Jack intenta disimular - ¿A qué te refieres? - Al lector de pensamiento - ¿Y tú cómo lo sabes? - Jack... no nos engañemos. No has podido leer nada en mí. Yo tampoco he podido leer en ti... Ambos sabemos lo que tenemos aquí dentro. – Ginés se apunta con el dedo a la cabeza sin dejar de mirar a su amigo. - Por lo que se ve.. de lo que hay aquí dentro... – Jack imita el gesto – tú sabes mucho más que yo. ¿Cuánto tiempo llevas leyéndome? Ginés calla Jack insistiría. Gritaría: “¿Cuánto, hijo de puta? ¿Cuantas ideas me has robado antes incluso de saber que las tenía?” Pero tiene un encargo de la jefa y no puede enemistarse... no todavía. - Es igual. Supongo que será cosa de tu príncipe... – Jack le da una salida para poder eliminar tensión. - Sí... él no quería que se supiera. Si no... - Bueno.. es igual. Yo había venido a ver si jugamos un cibermus con la pareja terrícola. A ver si les ganamos de una vez. - Esta noche tenemos la cena real.
Jack no recordaba la cena que Su Majestad ofrece a todos los empleados de su casa. Hace meses que ha sido programada. En realidad, la jefa nunca actúa de improviso. No es casualidad que el lector de pensamiento haya sido instalado 24 horas estándar antes. Martina, él, y la misma reina quieren acumular todos los pensamientos posibles para, después, enviarlos al analizador socio político y, en palabras de Su Majestad, “a ver qué sale” La velada discurre por derroteros habituales. Las bromas de unos a otros, sin mayor importancia. El técnico de mantenimiento de procesadores, mirando a la ingeniera de sistemas de ventilación, emitiendo unos pensamientos imposibles de reproducir y, la muchacha, pendiente del encargado de los paisajes de las seudo ventanas, y abriendo, a propósito, el escote holográfico, esperando que el muchacho se decida de una vez a invitarla a salir o acompañarla a casa... A Jack le divierte leer estos pensamientos, los de la gente normal que no se sienten observados en lo más intimo que poseen. Y es que, el instinto cotilla es algo que los humanos llevan instalado en su código genético. Muy difícil de eliminar. De pronto, el mayordomo de la noche anterior entra en su campo de visión. Intenta dirigir su atención hacia él, pero nota que, excepto el murmullo de alrededor, no puede escuchar nada más... Es extraño. Según la reina, es alguien que no puede controlar su mente. Y ahora está tan callado... - Majestad, tenemos que hablar en un sitio discreto. Ambos entran en una estancia privada. Martina ya se encuentra allí, esperándolos. No la había visto desde que se separaron por la mañana. Ella le dirige una sonrisa. Él... de nuevo el rubor. La reina los mira a los dos. - Anda que... No hacen falta lectores de pensamiento para calaros. Jack, te dije que Martina no te convenía. El silencio llena la estancia - No sea aguafiestas, jefa... – es la voz de Martina Su Majestad hace un gesto de desaprobación y concluye con el asunto: - Bueno, que no diga que no le advertí. Aprecio a este muchacho. Jack permanece callado, sin entender nada. - ¿Qué era lo que tenías que decirme? - El mayordomo... no se le puede leer. Alguien le ha instalado un lector hoy. - Es extraño... ¿Por qué justo hoy? Hace meses que deben saber que lo leo. - A no ser que... – interviene Martina – ... que estuvieran interesados en que fuera leído y ya no. El gesto de la reina hace notar que no comprende lo que su asistente insinúa. - Yo sí la entiendo – dice jack – Imagine que alguien lee su diario; y que usted lo sabe. Si quisiera confundirlo... ¿qué haría? - Escribir lo que yo quisiera que el otro pensase... - ¡Exacto! Es lo mismo. Al mayordomo le hacen llegar una información. Le dicen que es altamente secreta. Esto le impresiona y le resulta imposible no estar pensando en ello todo el día... En cuanto pasa por su lado, usted lee lo que ellos han querido escribir en su diario... - O sea que he estado leyendo lo que ellos querían que leyera... - Es la contrainformación, Majestad. Tan vieja como la humanidad. - Nunca había oído hablar de ello. - La culpa, como en tantas otras cosas, la tiene la electrónica... Que ha hecho olvidar todo lo que no tenga que ver con ella. Desde que se inventaron todos los sistemas de observación y escucha, las viejas artes quedaron olvidadas... Pero sé de alguien que conoce muy bien la Historia Antigua... No puede ser más que idea suya. - ¿Y por qué terminar con ello ahora? Les estaba funcionando. - He estado con Ginés esta mañana. Me temo que tengo una mala noticia, Majestad... Lleva instalado un lector de pensamiento. La reina le sonríe como se sonreiría a un adolescente que parece que acabe de descubrir los principios de los procesadores cuánticos. - Eso no es nuevo, Jack. Lo sabemos desde hace tiempo. El ingeniero se siente estúpido. Es un recién llegado que no sabe ni la mitad de lo que cree saber - No te sientas mal... ¿Recuerdas cuando Ginés inventó “el intestino”? – Jack asiente en silencio – Yo había leído la idea en tu mente hacía tiempo. Estaba esperando que la desarrollaras... Y, de pronto, llega Ginés con aquel invento terminado. Entendí por qué hacía tiempo que evitaba encontrarse conmigo y empezó a preocuparme que el príncipe le proporcionara todas las coartadas. Jack se queda pensando en “el intestino”. Es cierto que una ligera idea le había pasado por el cerebro, que la había aparcado para cuando fuera algo más concreto. Y también que Ginés salió con el invento unos meses después... Siempre había sido así. Ginés es un genio y siempre se le adelantaba. No lo tomó como algo extraño. Sin embargo, remontando en el tiempo... - Majestad. Sé que es alto secreto pero me sería muy útil saber quien participó en el desarrollo del lector de pensamientos. - Te sería útil para ser capaz de odiarle... ¿verdad? No puedes superar ciertos sentimientos. Demasiada admiración. Demasiados años siguiéndolo... Quisieras odiarlo y no puedes. Jack se sorprende de que la reina no pueda leerle y, sin embargo, le interprete con tanta precisión. - Verás, eso era una obsesión del príncipe. De adolescente, quería controlar la mente de las jovencitas y, de mayor... bueno, también. El príncipe no tiene muchos más objetivos. Asesorado por Ginés, crearon un grupo de investigación. No tardaron en dar con ello... - Entonces, hace poco que me roba las ideas... Pero Ginés ya desarrolló genialidades en la universidad... - Fue todo un paripé. Ginés ya disponía de un lector de pensamiento. De hecho, fue un invento del siglo XXIII. Mucho antes de la era de los puertos cerebrales. Entonces se guardó como alto secreto y se prohibió su desarrollo. Sólo Ginés, en su viaje universitario a los yacimientos arqueológicos, supo interpretar aquellos diseños arcaicos. Puede que en la época en la que se ideó nunca hubiera llegado a funcionar. Pero, ahora, una vez traducidos aquellos diseños, bastaba con el juego de arquitectura de software de un niño para desarrollarlo. “Fue lo más grande que ha hecho, aparte de lo de los capullos de seda. Desde entonces, ninguna idea ha vuelto a ser suya. Es más, se pegó a ti como una lapa. Eras el más brillante de todos. Luego, después del ataque al centro comercial, cuando os analizamos por separado, supimos que tú tenías más potencial. Ginés se quedó al servicio del príncipe, supo ver sus necesidades y no dudó en conseguírselas. Pronto se convertiría en imprescindible... Pronto lo utilizaría para colmar sus propias ambiciones. - ¿Quiere decir que Ginés es el que conspira contra usted? - Ginés conspira contra todo el sistema. Hoy se ha puesto nervioso. Hoy ha sabido que estáis al mismo nivel. Ya no puede leerte las ideas. Por eso ha neutralizado al mayordomo. Tiene miedo. Jack, después de todo aquello, sólo tiene una obsesión: si Ginés llevaba tanto tiempo leyendo el pensamiento a todo el mundo... ¿Cómo no habían sido nunca capaces de ganar al mus a la pareja de terrícolas? Se había estado riendo de él toda la vida... Jack sale por la puerta cabizbajo: un mito acaba de caérsele esa noche. Un vacío le invade el cuerpo. Martina, sonriente, lo mira alejarse mientras la reina no puede evitar morderse el labio al adevertir la cara de su ayudante. - Si no fuera porque es imposible en un humanoide, Martina, te diría que tienes cara de estar orgullosa de él. La asistente personal de la reina baja la cabeza y no dice nada. - Ese muchacho acaba de saber que el amigo de su vida se ha estado aprovechando de él desde que lo conoce... ¿Qué crees que pasará si descubre que el amor de su vida es puro software? Martina se da cuenta de que la reina tiene razón. No debe herir al joven ingeniero, es algo que está programado en su mismísimo núcleo. Sabe que lo de la noche anterior no se puede repetir. Y, sin embargo... Martina observa los pequeños filamentos que simulan su vello corporal y descubre con sorpresa algo que nunca había experimentado: está erizado. Jack, en su sala de estar, sentado en su sillón de energía, conecta uno de los canales de su puerto a “Tom’s” Un local virtual lleno de solitarios con un vaso frente a ellos. Cuatro vasos de ginebra vacíos y uno lleno descanasan en la barra, junto a su mano. Desde aquel absurdo proyecto de fin de carrera: el inhibidor de sudor, hasta “el intestino”... Todo había sido idea suya. Ginés no había tenido más que bucear en su mente, más hondo de lo que él mismo sabía llegar y... sacarlo de ahí. Desde los años del asalto al centro comercial, hubiera hecho cualquier cosa por Ginés. Hasta le habría regalado el proyecto del sudor si se lo hubiera pedido para poder aprobar. Eran compañeros, amigos, pareja de mus. Ginés Gin había sido el único al que agarrarse desde que llegó procedente de una pequeña luna periférica, sin saber nada de la metrópoli. Ginés Gin, también forastero, fue su único asidero. El camarero de Tom’s envía una señal de desaprobación cuando le pide su sexta ginebra. - No me jodas, tío, eres sólo software. Ponme otra ginebra Lo bueno de un ciberbar es que uno, sin salir de casa, puede estar apoyado sobre una barra y dándole la paliza a un camarero de mentiras. Lo malo es que cualquier borracho puede acercársete a darte la paliza a ti. Lo bueno es que puedes cerrarle tu puerto cuando quieras. Lo malo es que las tías suelen cerrar el puerto antes de que llegues a ellas. Lo bueno... que Martina puede llegar por sorpresa y sentarse a tu lado. - ¿Me invitas a una copa? - Hola... ¿Cómo sabías que estaba aquí? - Vi la publicidad de este local en las holografías de tu casa. Llámalo intuición. ¿Y si nos vamos y me invitas a un café con leche? Jack apura la ginebra. Hace una señal al camarero para que cargue todo lo que ha tomado a su cuenta corriente y desconecta. De repente, abre los ojos y vuelve a estar sentado en su salón, con el cerebro lleno de alcohol cibernético, alcohol de mentira... pero los bamboleos de las paredes indican que la cogorza sí que es real. Martina aparece en el visor de la puerta. - Has tardado poco. Se abraza a ella. Quizá sea por la borrachera o por la rabia de haber sido, durante años, un auténtico gilipollas o, quizá, por el simple hecho de haber perdido al único amigo que tenía... el caso es que las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos. Martina le acaricia la cabeza mientras observa en su propio brazo, el que rodea el cuello de Jack, que el vello vuelve a erizarse... Pero sabe que si sigue ocultándoselo volverá a pasar lo que está ocurriendo en ese momento. Y el sufrimiento del joven es algo que se le adentra hasta el último de sus nanocircuitos. - Jack... he de decirte algo. Él la mira a los ojos; coge sus mejillas con ambas manos. Asiente. - Lo sé... - ¿Lo sabes? ¿Cómo lo sabes? - Porque te lo veo en los ojos, Martina... yo también te quiero. Martina mira hacia el techo, sonríe. “El alcohol...” - ¿Cómo es posible que un androide no pueda controlar sus emociones? – la reina grita por todo el salón. Martina, cabizbaja, evita cualquier disculpa que no haría más que empeorar las cosas. – Tu equipo de programación va a tener que dar muchas explicaciones. ¿Cómo puedo fiarme de un androide con sentimientos? Voy a tener que enviarte a... Martina levanta la cabeza. Los ojos parecen esforzarse en lagrimar pero no pueden. Las lágrimas son algo que nadie previó para ella. - Majestad, yo nunca la traicionaría... yo... jamás he dejado de obedecerla. - ¿Y qué me dices de Jack? ¿No has violado con eso la Segunda Ley? - Eso ha sido... – el flujo refrigerador que circula por sus venas se acelera – No sé lo que es... sólo que mi sistema operativo no puede rechazarlo cuando me abraza. Debo obedecer, lo sé, lo dice la Segunda Ley. Pero también dice que siempre y cuando no entre en conflicto con la primera: No puedo lesionar a un ser humano, ni permitir que sea lesionado... ¿No cree, Majestad, que le causaría daño si hubiera obedecido? ¿No cree que hubiera incumplido la Primera Ley? - Excusas. Irás a reprogramación. Es mi última palabra. - Déjeme que hable antes con él... Ginés Gin habla con el príncipe. Alguien que no supiera quién es quién, sin duda, confundiría a los personajes. El apocado es Su Alteza, el que grita es Ginés. - ¡Tiene que ser ya! - Pero... Ginés Gin pasa ante el símbolo sagrado, el $, hace una reverencia y vuelve a alzar la voz. - ¿No te das cuenta? ¡Esa atea no puede ocupar el trono ni un día más! ¡Juno debe estar consagrado a Dólar! ¡Esa atea debe morir! - Pero Gran Sacerdote... - Te he dicho mil veces que no me llames así. En cuanto ocupemos el poder seré Su Santidad... No soy el líder de una secta de brujería. Soy el Elegido, la cabeza del nuevo renacer... Y es el momento de salir a la luz, antes de que el enemigo se haga más fuerte. El príncipe observa el menú de muchachas y muchachos que todos los días es enviado a su monitor. Le fastidia la altivez de Ginés, pero ha sido un aliado muy valioso todos estos años. Gracias a él conquistará el poder; acelerando, sólo un poquito, la muerte de la ya vetusta reina. Si no le hubiera negado lo que por derecho le correspondía, si su madre no fuera tan longeva, si esa bruja hubiera abdicado hace años... En cuanto al Gran Sacerdote, como le gusta llamarle porque sabe cuánto le molesta; y esa absurda adoración a ese Dios no menos absurdo... - Muy pronto Su Santidad estará en el sitio que se merece... “Que no va a ser otro que un achicharrador de puertos cerebrales...” - Ha llegado la hora de actuar. Jack es más peligroso de lo que él mismo sabe y, ahora, lo tienen de su parte. No haber manipulado su puerto para ponerlo a nuestro favor fue un fallo que no debí permitirme. ¡Pero hubiera sido tan triste desperdiciar tanto talento...! Lástima que ya no lo vayamos a poder utilizar. Será el primero que tengamos que eliminar, príncipe. Y yo ya no puedo entrar en su cerebro... Tendrás que utilizar a tus hombres para un “trabajo sucio” - ¿Y por qué no a uno de tus fieles? - Somos gente religiosa, príncipe. No estaría bien que... - De acuerdo, de acuerdo... Que vaya el androide al que inhibiste las tres Leyes de Asimov. – “fanáticos...” piensa el príncipe “ en cuanto llega el momento de la acción, se echan un paso atrás” - Envido - Veo - Pares, sí... Ginés, Jack y los dos terrícolas tienen sus puertos conectados para la habitual partida de cibermus. Otra vez pierden y eso que, ahora, Jack conoce cada una de las cartas de sus contrincantes, pero le da igual. Sabe que esa va a ser la última partida que juegue con Ginés. Al menos la última partida de mus porque, ahora, se está jugando una mucho más importante. - ¡Estamos fuera! – Los dos terrícolas se despiden con risas y comentarios socarrones después de haber ganado de nuevo. Luego, desconectan sus puertos. Los dos amigos se quedan solos. - ¿Por qué nunca has creído en Dólar, jack? - Porque no es más que una superstición creada por el hombre; porque no creo en que después de la muerte haya algo más; porque no creo en los postulados de tu Dios, Ginés. Porque sólo creo en la gente buena, a la que tu Dólar confunde. - Si dejaras que intentara convencerte... si llegaras a entenderlo... ¡Podríamos hacer tantas cosas juntos! Jack recuerda todos los proyectos esquilmados, todas las ideas robadas. - Sí... podría seguir produciendo para ti... Toda mi vida pensando que tú eras un genio y yo uno del montón... Y resulta que ambos lo somos. Sólo que tú lo eres en el arte de robar... ¿Qué dice a eso tu Dólar? - Todo fue por una buena causa. La Religión Mercantil ha sido muy atacada, tenía que defenderla... Pero pronto va a cambiar todo, mucho antes de lo que piensas. La monarquía ya no será útil. La teocracia, Jack... ese es el futuro. Todavía estás a tiempo de unirte a nosotros. Jack se da cuenta de lo que las palabras de su “amigo” quieren decir. Ha de avisar a la reina cuanto antes, tiene que ganar tiempo como sea. - Bueno... sólo puedo prometerte que lo pensaré. - No queda mucho tiempo. No lo pienses demasiado. La reina, muy pronto, no podrá seguir protegiéndote. Ginés sabe que se está despidiendo de su compañero de mus por última vez. El androide del príncipe tendrá que hacer su trabajo. Piensa que es una pena desperdiciar tanto potencial, pero, por el mismo motivo, hay que eliminarlo: no puede seguir al servicio del enemigo. La suerte está echada. Después de la muerte de Jack, los acontecimientos se van a disparar. Mañana se irá a la cama como Su Santidad y un nuevo orden se instaurará en Juno y, poco después, en todo el Sistema. La era del Dolarismo está a punto de comenzar. Después de cerrar el puerto, Jack hace llegar un mensaje a la reina con la última conversación. Luego, se sirve un café con leche y espera la respuesta. No ha dado el tercer sorbo cuando llaman a la puerta. Ni siquiera se fija en el visor, está seguro de que Su Majestad ha enviado a Martina para recogerle y la ansiedad por volverla a ver hace que abra la puerta de par en par. Pero fuera hay un tipo que le saca la cabeza y lo mira sin pestañear, sin expresión. Le propina un empujón que hace que vuele hasta la mitad del salón. Entonces entiende: no es humano. Sin embargo, un androide jamás podría comportarse así, estaría violando las Tres Leyes. Jack intenta leerle el cerebro, pero no es posible. Por eso tampoco ha advertido su presencia detrás de la puerta. Su fuerza no es humana, no sigue las leyes de un androide... Sólo puede ser obra de una persona. “Ese fanático lo ha reprogramado para liquidarme...” Jack busca algún objeto contundente para defenderse, el extraño avanza hacia él. Su expresión es fría, sin odio, pero su determinación está clara. No encuentra nada a mano, sigue retrocediendo hasta que ya no puede hacerlo más. El androide lo agarra del cuello y, cuando las puntas de sus pies están a punto de abandonar el contacto con el suelo, oye un golpe y vuelve abajo. El esbirro de Ginés se tambalea, un par de luces azules atraviesen sus pupilas zigzagueando de izquierda a derecha, se da la vuelta y deja ver a Martina, con una porra voltaica en la mano. El androide se retuerce para intentar cumplir con el programa que le han instalado. Consigue agarrar con su manaza uno de los muslos de la chica, el cual desgarra como si fuera un papel de aquellos coloridos tomos del siglo XX El ingeniero no puede apartar la vista de la maraña de cables que asoman por la carne sintética desgarrada. Martina clava sus ojos en los de él. Otra vez siente esas convulsiones en el pecho, esa presión en los ojos. De nuevo echa de menos que alguien olvidara colocarle unos lagrimales. - Jack, yo... Él levanta la mano para que la androide calle; no dice nada; sus pupilas sí empiezan a humedecerse. Se dirige corriendo hacia la puerta, pero se detiene antes de cruzarla. - Aún tenemos que parar a Ginés y al príncipe. - La conversación que enviaste ha sido definitiva. Los sistemas de seguridad han sido activados contra ellos. No tardarán en encontrarlos. Les serán retirados los lectores de pensamiento y, una vez escaneados, nadie podrá evitar su condena. La reina me ha pedido que te lleve ante ella urgentemente... Jack, tendríamos que hablar... - No hay nada de qué hablar. Siempre he sido un gilipollas, un paleto al que todo el mundo ha utilizado. Lo único que me gustaría saber es quién fue el que desarrolló tu programación sentimental. Hizo un buen trabajo. - La Corona tiene mucho que agradecerte, hijo. - la reina nunca había sido tan maternal con él... Qué ironía: un republicano convencido salvando a la monarquía... Pero antes monárquico que teocrático, eso está claro. Jack recuerda a Martina. La decepción se le agarra en las entrañas y aprieta por dentro. No puede apartar el pensamiento de ella. Ginés, Martina... ambos le han fallado de un modo u otro. De pronto, el lector de pensamientos percibe algo. Se da la vuelta y allí está ella. Jack mira a la reina y a la androide, a la androide y a la reina... y vuelta a empezar. - Ella me pidió que le fuera retirado el lector de pensamiento. – dice la jefa. Jack puede escuchar ahora hasta el último de los ecos que circulan por los circuitos neuronales de Martina. Ella se para frente a él, le mantiene la mirada. - Ahora puedes ver que nunca te mentí, Jack. Entra y míralo por ti mismo. Jack lo ve. Y lo que observa le llena el pecho de contradicciones. Ella es un androide y él siente hacia ese ingenio perfecto algo que jamás sintió hacia ningún ser humano. - Es sorprendente... Eres el mejor trabajo que nadie hizo jamás. Me gustaría conocer a tu diseñador. Martina no abre los labios, sin embargo, Jack puede escuchar su respuesta. No es posible... Con las cejas en arco, la frente arrugada, el signo de interrogación en sus ojos, vuelve a clavar la mirada en Su Majestad. - Sí, Jack. Martina es diseño tuyo. Estaba en tu cerebro. Sólo faltaba que saliera a la luz. Pero no queríamos que te lo robara Ginés, como todo lo demás. Por eso fue desarrollado en secreto por la Casa Real. Ahora tenemos que volver a instalar el lector de pensamientos en Martina. No nos podemos arriesgar a que sea leída. “Jack... Hay algo más. Ella jamás te daría hijos. No hijos naturales. Y viviría muchos años. Desde luego, mucho más que tú. Demasiados para una reina... El ingeniero no puede articular palabra. No entiende lo que la reina quiere decir. - El cerebro de Ginés será desactivado y reducido al de un niño de 10 años hasta que muera. El príncipe será desterrado a los confines de la Sociedad Mercantil. No volverá a pisar Juno. La Corona necesita un heredero... Entonces entiende y mueve la cabeza de un lado a otro. - Majestad, sabe de sobra que soy republicano. Yo... - Jamás vi a un republicano más fiel a Su Majestad. No son fanáticos de la monarquía lo que la institución necesita, sino gente entera, como tú. - No va a convencerme, majestad. - Bueno. Quizá no sea tan malo que una reina viva muchos años... Y hace tiempo que la ingeniería biológica implanta úteros fértiles. – la reina lanza una mirada a Martina. – Quizá sea un buen motivo para ser rey, aunque uno termine actuando como presidente... ¿Crees que hay modo de convencerte, Jack?
●●● El día de la coronación, todo Juno lloraba aún la muerte del rey. Pero confíaban en que su nuevo monarca sería tan bueno como el anterior. Jack II no lo tendría fácil: su padre dejó el listón demasiado alto. Sin embargo, fue el pueblo, por iniativa de Jack I, el que votó a favor de mantener la monarquía. El nuevo monarca, al recibir la corona, no pudo evitar que su mirada se dirigiera hacia la reina madre. A Martina se le escaparon dos mínimas gotas de agua salada de unos lagrimales que no siempre tuvo. No se puede negar que fuera un regalo de bodas original; pero así era el ingeniero que la diseñó. Así había sido siempre, aunque la sombra de un iluminado no le hubiera dejado crecer. Ahora ya sólo le quedaba retirarse a algún lugar apartado de Juno y repasar, una y otra vez, los bancos de memoria que fue llenando durante los últimos años... Y esperar a que el óxido hiciera su trabajo. Había prohibido que sus circuitos fueran sustituidos, era lo más parecido a envejecer a lo que podía aspirar, lo más cercano a unirse a Jack que podía hacer: esperar la muerte y confiar en que las cenizas de materia inorgánica no fueran demasiado distintas a las de materia orgánica... Por fin los dos iguales.
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