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El desván de la memoria

José Manuel Aparicio 

    Nací en Bilbao en 1975. Resido en Portugalete, muy cerca, y soy administrativo. Es curioso, siempre he pensado que no tiene mucho sentido presentarse mencionando la profesión. ¿Y qué más da a qué te dediques?, digo yo; a mí lo que me gusta es escribir. Desde hace muchos años, no sabría precisar cuántos, he sentido el impulso de crear y he encontrado en la literatura la oportunidad para hacerlo. Las disciplinas como el cine también me resultan muy seductoras, aunque escribir tiene una ventaja: tan sólo necesitas papel y bolígrafo. Son artículos baratos, fáciles de llevar y difícilmente se estropean. 

joselondinium@yahoo.es

 

No escribo como una necesidad para sentirme bien, sino con ánimo de entretenerme. Cuando tenía once o doce años, leí una recopilación de relatos de Edgar Allan Poe; siempre la recordaré, era un libro pequeño aderezado con algunas ilustraciones en blanco y negro. Junto a las novelas de Julio Verne que me regalaban mis padres, estas fueron las semillas de la literatura que quedaron plantadas en mí. A los veintitrés años escribí mi primera y única historia de envergadura, unas ciento cincuenta páginas. Ha pasado mucho tiempo y no recuerdo dónde guardé el ejemplar que imprimí. No era muy buena, todo hay que decirlo, pero estoy orgulloso de ella. Con poco conocimiento técnico y con mucha ilusión había logrado crear un mundo, introduciendo en él a unos cuantos personajes que se movían a mi antojo. Diez años después de aquel libro, siento que ha llegado el momento de volver a ser prestidigitador de las palabras y manipulador de voluntades. Y aquí estoy, porque soy escritor.

 

 

      

PORTUGALETE VIEJO

 

Me encanta el casco viejo de Portugalete. Como tantas otras mañanas me dispuse a recorrerlo, iniciando el paseo en el campo de la iglesia. Ubicado en lo más alto del pueblo antiguo, domina la desembocadura del Nervión, con el puente colgante alzándose sobre ambas márgenes, orgulloso de su estética eiffeliana. Caía ligera la lluvia, y antes de bajar hasta el Ayuntamiento aguardé unos instantes el repicar de la basílica de Santa María, esbelto templo gótico con su nave central, capillas laterales y campanario. Melodía metálica, cadenciosa y soñolienta. La escolta a sus pies, un poco más abajo, la casa solariega del que fuera preboste portugalujo, Lope García de Salazar, torre convertida en museo. Sus muros de piedra han sido remozados, aunque a mí siempre me parece vieja, bajo el silencio del tiempo muerto, recia, en ruinas, resto de las guerras que en la Baja Edad Media asolaron Vizcaya. La estatua del banderizo e historiador le hace guardia desde su pedestal, una pierna ligeramente más adelantada que la otra; mano izquierda agarrando la empuñadura de la espada corta; la diestra, extendida con un libro abierto sobre la mano; el escudo, sobre la cadera. Gallarda como ella sola. Iglesia, Torre y Pariente Mayor, trinomio indisoluble de la Historia de la Villa. Es mi lugar preferido del municipio y rara vez lo abandono sin lanzar miradas atrás, como si nunca más fuese a verlo. 

La calle de Santa María, que parte del mismo campo, desemboca en la plaza del Ayuntamiento. Andaba yo con pasos precavidos, chapoteando mis pies en los charquitos sobre el empedrado, y decidí resguardarme bajo los soportales del consistorio en espera de una tregua del cielo. Su fachada neoclásica es de color naranja mustio, como el de las hojas en otoño. No hace mucho se hallaba decorada en azul chillón, levantando las críticas de bastantes vecinos y las burlas de algunos habitantes de la otra margen, ahora burguesa y dominante, otrora bajo la jurisdicción de la Noble Villa. He de admitir que el tono era, cuando menos, atrevido. Pasados unos minutos escampó, permitiendo las nubes la aparición de unas lánguidas cortinas de luz. Crucé entonces la plaza del solar, con su vetusto quiosco de música en el centro, y contemplé cómo un carguero de bandera panameña, rojo sucio y algo oxidado, remontaba la ría. Rasgaba la proa el agua con frío siseo, que el buque ahogó bramando un bocinazo adormilado, y una ráfaga del aroma salado del mar llegó hasta mí entre chillidos de gaviotas. Respiré hondo y cerré los ojos para disfrutar del espectáculo sensorial, que duró poco. Éste se desgarró con el agudo sonido de cremallera que acarrean las ruedas de los coches al avanzar sobre el asfalto mojado. Era Arturo, un amigo, que venía a recogerme. Subí al vehículo y marchamos entre el rocoso traqueteo del viejo motor diesel. Una vez más, mi pueblo había vuelto a encandilarme".

 

                              Iglesia de Santa María

           Santuario de inspiración

 

        Torre de Salazar

 

    El portillo del viaje en el Tiempo

 

       

 

 

 

 

 

Caballero de las palabras

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribidores del siglo XXI

 

 EL TORNEO

     El caballero hincó la rodilla en en el barro y examinó las huellas equinas. Aún estaban frescas. Unos diez hombres, calculó. Armando de Herreruela se alzó con lentitud, la vista perdida entre los árboles, distante; sus acérrimos enemigos se dirigían al torneo. Escudos y lanzas camino de Gordubela. La llovizna repiqueteaba metálica sobre la armadura y soplaba el viento con suavidad, a lo que los sauces respondían en susurros. El joven noble montó en el caballo, picó espuelas y la montura se encabritó con un relincho, golpeando el aire con las patas delanteras, antes de salir al galope.  Cargado de armas, le seguía su escudero.

     Las casas de Zurbarán y Herreruela venían enfrentándose desde allende los tiempos, tratando de hacer ver quién valía más, amén de las rencillas por el control de las explotaciones de la comarca. Luego aparecieron nuevas familias y la lucha se dividió; pero desde siempre los más sangrientos hechos de armas habían tenido lugar entre ellas. Insultos, puñetazos, cuchilladas...; parentela y vasallos lanzándose unos contra otros en múltiples contiendas, aquí y allá. Eran tiempos de acero y venganza. Lope de Herreruela, pariente mayor, rondaba los sesenta años y ni su cuerpo ni su mente se encontraban provistos ya del ímpetu necesario para batallar. En el verano envió a un emisario a la casa fuerte de los Zurbarán con las condiciones para una tregua. Éste no regresó. Días  después hallaron su cabeza ensartada en una pica en la linde de una de sus heredades. Demasiada sangre vertida, demasiado odio acumulado para olvidarlo. Armando no compartía la visión pacifista de su padre y consideraba que el exterminio era el único medio para acabar con las disputas. La invitación de los Gordubela para la justa llegó mediado el otoño, en un momento de máximas diferencias entre progenitor y heredero; y aquel la había rechazado, prohibiendo a los suyos siquiera asistir como concurrencia. Pero el zagal no estaba dispuesto a desaprovechar tamaña ocasión para batir a los Zurbarán ante las casas armeras más importantes; y en secreto se dispuso para el lance. Era la insolencia indómita de la juventud.

 Anochecía cuando divisó el colosal contorno pétreo del castillo, enriscado sobre una peña de rocas afiladas como espadas. Los hachones le otorgaban un aspecto fantasmal, áureo, en medio de la escasa luz mortecina. Más allá anunciaban tormenta los nubarrones con estruendos lejanos, redoblando como tambores de guerra.

Al ver el escudo del brazal y la espada, los guardias del portón norte deshicieron el aspa formado por las lanzas. En el palenque el jolgorio de metales y las risas de los nobles tornose silencio cuando la coraza de plata oscurecida avanzó hacia la espina que lo dividía en dos; entonces sólo se escuchó el tintineo de su arnés y el trote esponjoso sobre la hierba húmeda. Ondeaban por doquier los pendones, gallardetes y estandartes de los Gordubela, murmurando con aleteo seco en lo alto de las torres y frente al gran dosel del graderío. La tormenta bramó con brutalidad, encima ya del fuerte. Hubo rostros de sorpresa en los bancos cuando el hidalgo se levantó la visera puntiaguda del yelmo. El cielo negro escupió un latigazo blanco. A la luz trémula de las antorchas sus fríos ojos se clavaron en Martines de Zurbaran, sentado en los sitiales de honor. El cabeza de familia se puso en pie y aplaudió; el rostro serio, hosco, apergaminado. Ya estaban en ristre las lanzas, desenvainadas las espadas, asidos los escudos cuando las trompetas y tambores tronaron para anunciar el inicio de la competición, de la batalla de Gordubela.

 

LA AFICIÓN DE JUANITO

Amaba la electricidad. Desde muy pequeño Juanito había jugado con linternas, radios, enchufes y todo aparato que se sirviese de ella para funcionar. Como no podía ser de otra manera se hizo electricista. Era muy bueno, capaz de repararlo todo. Pero un día tuvo que realizar el arreglo más difícil de su vida en un equipo realmente avanzado. Pasaron meses hasta lograrlo, y la factura resultó desorbitada. El cliente, montado en cólera, no quiso pagarle. Juanito, que era propenso a la ira, lo estranguló. Le detuvo la policía y el juicio fue rápido: “Pena de muerte”, sentenció el juez. La ejecución fue un año más tarde. Juanito había sido condenado a la silla eléctrica. ¿Quién se lo iba a decir? Hay amores que matan… 

 

SERES PERFECTOS

Apretaba las mandíbulas, gallardo, al mirarse al espejo cada mañana. Pelo engominado, camisa ajustada que remarca sus músculos, sonrisa blanca. Luego marcha al trabajo. Paso decidido, gafas de sol a la última. Se cruza con otros chulescos y se produce un encuentro de miradas puntiagudas como aceros, a ver quién es más duro e indestructible. Mascar de chicle enérgico, exagerado. Llega a un semáforo, rojo para peatones. Pasa sin mirar. Chirrido de frenos, chillido de transeúntes, chasquido de huesos, carne rasgada, zapatos volantes, chof de sangre que impregna las ruedas del camión. Después de todo, no era tan perfecto como él creía.

 

SOLUCIÓN A LA CRISIS

Con todos estos azares se encarecieron los abastos, y no tuvieron más remedio que pasar a cuchillo al resto de los pobres del pueblo para que los ricos siguieran teniendo de todo.

 

ERA TARDE

   La última persona sobre la tierra habitaba en una montaña. Antes del fin, cuando vivía con otros, tal era su odio hacia ellos que huyó para esconderse donde jamás nadie le encontraría. Con los años bajó para comprobar lo detestables que seguían siendo y así reafirmarse en su retiro. Pero ya no quedaban humanos. La Humanidad había desaparecido. Le embargó entonces el miedo y la tristeza, y deseó poder estar con alguien. Era tarde.

 

CONVERSACIONES

 Ya han comenzado las conversaciones entre los países. Las llevarán a cabo con fusiles y bombas, hasta que no les quede más remedio que usar palos y piedras.

 

LO MALO

Sí era bueno haber entrado en combate, lo malo era que no había puerta para salir de él.

 

 

 

Torbellino de historias

 

 

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