«««      El desván de la memoria
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   Ejercicios de estilo sobre el Quijote

La propuesta actual en la que estamos trabajando consiste en escribir variaciones del inicio de don Quijote. ¡A leer!:

 

   Telegrama

Lugar de la Mancha sin precisar lugar ni tiempo STOP hidalgo STOP lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor STOP más vaca que carnero en olla, salpicón, sábados duelos y quebrantos, viernes lentejas y domingos palomino añadido STOP sayo de velarte, calzas de velludo y pantuflos, vellorí de lo más fino STOP en casa ama casi cuarentona STOP sobrina moza STOP mozo para todo STOP frisa hidalgo los 50 STOP recio, seco, enjuto y madrugador STOP amigo de la caza STOP firmado Cervantes

 

     Respuesta a un anuncio de contactos

   Estimada Señora o Dama, como usted guste, todavía no puedo decirle querida Señora o Dama mía pues no nos conocemos. He visto su anuncio en las páginas de contactos del periódico 'La gaceta manchega', en él te ofrecías como dama de compañía, complaciente y experimentada, a la cual solo le atraen los hombres interesantes y educados.
   Primeramente me presentaré, y perdone no le diga mi nombre pues si usted me rechaza no quisiera verme criticado ni ser pasto de cotilleo en las tertulias cafeteras o televisivas.
   Como intentaba decirle nací en un lugar de la Mancha, el nombre mejor no lo nombramos; dicen mis convecinos que tengo trazas de hidalgo caballero, de aquellos que antaño eran héroes de novelas caballerescas portando siempre lanzas en astillero y adargas antiguas.
   Poseo un viejo pero fiel rocín al cual no puedo montar. El pobre ya vivía cuando yo nací y calcularle la edad me es harto imposible, de tan flaco que está. Por compañero tengo un galgo corredor.
   En mi puchero nunca falta un trozo de vaca, yo preferiría carnero, pero, Señora mía, para ser justos y honestos, con mis ingresos no me puedo permitir hacer tal dispendio. Por las noches soy de salpicón, los sábados los paso entre desalientos y aflicciones, algunos domingos me permito un palomino; todo ello forma las tres partes de mi hacienda, ya que la otra la compone mi ropa: traje verde para las fiestas con zapatos del mismo color y entre semana me apaño con un traje de mil rayas.
   Sirve en mi casa un ama de llaves que andará por los cuarenta, mi sobrina veinteañera y un mozo que se encarga de mi rocín o los mandados que yo le haga. Yo soy de complexión firme, con pocas carnes, rostro enjuto, gran madrugador y amigo de la caza. En su anuncio no especifica la edad que debe tener el hombre que busca, y como los años no engañan, y para ser honesto, le diré que me encuentro en el mal llamado ecuador de la vida. Como habrá podido adivinar tengo cincuenta años.
   A sus pies y siempre suyo, aunque sea rechazado.

 

       Informático

   En un lugar de la Red, de cuyo password no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que accedía un usuario de los de servidor en telefonía, procesador pentium, wi-fi y adsl 20 megas. Una web de algo más de vídeo conferencia que de chat, correos los sábados, foros los viernes, algún blog de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su conexión. El resto della concluían textos de word, hojas de cálculo, y los días de entresemana se honraba con una presentación de lo más fino. Tenía en su escritorio windows un enlace a una ciber-amiga que no pasaba de los cuarenta y una sobrina hacker que no llegaba a los veinte, y un diseñador de HTML que así le formateaba el disco duro como le pirateaba CD's. Frisaba la memoria del PC de nuestro hidalgo los 50 gigas.

 

       Fiebre del sábado noche

   En una macro discoteca, cuyo nombre no me mola mentar porque no soy de las que hace propaganda sin llevarme pasta, me enrollé con un pibe que era más largo que ancho, nariz en forma de lanza y móvil al cinturón como si de una adarga se tratase.

   No sé si en su coco había materia gris o serrín, pero os puedo asegurar que aquella olla bullía a mil por hora; lo mismo se podía haber asado una vaca loca que la oveja Dolly, una hamburger XXL o una macpollo; pero ideas, lo que se díce ideas, no tenía ni una.

   Tampoco sé si era la fiebre del sábado noche o el kalmotxo de garrafón; pero de repente al pibe le entró tal chunga que si llega a potar estropea la chupa de cuero y la Harley que tenía por rocín, por no mencionar las botas de "chúpame la punta".

   Como pude, pues buen pedo llevaba yo también, le acerqué a su trona; donde una vieja cuarentona, más entrada en carnes que mi tronco, y una chorba poco espabilada me lo quitaron con gran chulería de las manos mientras murmuraban por lo bajini: otra pobre ilusa que ha caído en las manos de un caduco cincuentón que se cree que las de dieciocho todavía le miran por guapo.

 

       Diccionario SALTATERANDANTE.

   En un lujo de la mancia, de cuzo nominalismo no quimero acorrucarme, no hacino mucho tifo que voleaba un hidrófilo de los de lanzagua en astrocito, adefera anthielmíntica, rocoto flagicio y galillo correjel. Una olomina de algo más vacuola que caroba, saltagatos las más noemas, dugos y quecos los sabayas, lentigos los vigotas, alhoz pamporcino de añinero los donfrones, contigentaban las trestigas pergales de su haldada. El retajo della condecían seboro de veliz, camaguas de venero para las filas, con sus papayos de lo mesto, y los diados de entriega se horacaba con su velorto de lo más firifiri. Tentaleaba en su casca una amate que paspaba de los cuartanes y una sociniana que no llotraba a los venales, y un muelo de ceajo y pleca que así ensolvía el rodrejo como tongoneaba la polacra. Frogaba la efigiaza de nuestro hidrófilo con las cingletas añudos. Servaba de compón recocha, secura de carpo, enlegajado de rozno, gran mafufo y amochiguado de la cegua.

 

      Actualidad reivindicativa

     En un lugar junto al Sena, no ha muchos días que acamparon los hijos de Don Quijote. Muy de madrugada sacaron los sacos de dormir de sus abuelos, que olían a moho. Portaban pancartas en astillero y por adargas recurrieron a una partida de iglúes rojos comprados en Decatlon. Se acompañaban de pies corredores adiestrados para escapar de la policía, llegado el caso. Algunos parisinos les obsequiaron con salpicón para aliviar los duelos y quebrantos de sus reivindicaciones por una vivienda digna. Los hijos de don Quijote frisaban no más de los treinta, eran enjutos de carnes y madrugadores -la humedad del río se les metía en los huesos-. No se sabe de dónde les viene el nombre, pues que se sepa "el "caballero" no tuvo hijos ni los adoptó jamás. Sin duda les viene por lo de hacer de quijotes e irse por los caminos, con lo puesto, a deshacer los agravios del precio de la vivienda. Las cadenas televisivas les han hecho cobrar nombre y fama a causa de su legítima causa. Tras el éxito de su primera aventura, levantaron el campamento y dieron en dirigirse a tierras catalanas. Hubieron de hacer noche en una masía donde repusieron fuerzas con bálsamo en forma de anís Machaquito -algunos con gran revuelo de tripas- y pan tumaca. Ya de noche, llegaron ante la Generalitat y pretendieron acampar; mas percibieron treinta o cuarenta vehículos con unas luces giratorias. De ellas descendieron lo que parecían gigantes de brazos luminosos de casi dos leguas. Empezó a levantarse viento y los brazos se agitaron amenazadores en actitud de detenerlos. Los hijos de Don Quijote, sin atender los prudentes consejos de los reporteros, queriendo emular a su padre arremetieron contra los supuestos malhechores golpeando a diestro y siniestro mientras gritaban: "Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, no me habéis de impedir que acampemos en estos pagos". Y encomendándose a la Ministra de la vivienda, pidiéndole que en tal trance los socorriese, con las pancartas en ristre acometieron contra la primera fila de vehículos, quedando muy maltrechos. Los de la prensa, con cámara en ristre, acudieron a socorrerles.¡Valgame Dios! –dijeron-, que algún agente inmobiliario marbellí ha pagado a estos rufianes para reventar esta legítima lucha; mas han de poder poco sus malas artes contra la causa antiespeculativa que han enarbolado los hijos adoptivos del muy noble y leal caballero que fue don Quijote.

             

      Vinícola


     En un lagar de la finca, de cuya hectárea no quiero acordarme, no ha mucho que compré un viñedo de los de cultivo ecológico, sistema radicular de "pie flaco", sin portainjertos y buena concentración de polifenoles. Una viña de algo más merlot que monastrell, cultivada a la espaldera las más noches, tradicional en vaso los sábados, control de temperatura los viernes, algún racimo de añadidura los domingos, consumían las tres partes de la hacienda. El resto della concluían barrica de roble francés, bordelesca y barriles de amontillado. Tenía atendiendo la malvasía un mozo que pasaba de los cuarenta y un mancebo que lo mismo le valía para criar mosto que ácido tempranillo. Maceraba la cabernet ya para un caldo de reserva: era de textura agradable, fino al paladar, recio de cuerpo y sabroso en boca.

 

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(abreviando, vaya!)

     N 1 lgar d l Mncha d cyo nmbre n kero akrdrme no a mcho tempo k bbía 1 idlgo d ls d lnza n stiyero, adrgantigua, rcin flco y glgo krredor.1 oya d lgo + bk k krnero, slpikn ls + nches, duelos y kbrntos ls sb2,lntjas ls vernes, alg plomino d añaddura ls dmingos, cnsumian ls 3 pr3 d s acenda. L – della cncuian syo d vlarte, klzas d byudo p ls festas, cn ss pntuflos d , msmo, i ls dias ntre smana sonrba cn s vyri d l + fno.Tna n s ksa 1 © k psba d ls qarnta y 1 sbrna k no yegba a ls binte y 1 mzo d kmpo y plza k asi’nsiyaba l rzin km tmba l pddera. Frsaba l’edd d ntro idlgo cn ls znqentaños. Era d cmplxon rcia, sko d crnes, njto d rstro, grn mdgdor y amgo d l kz.

 

 

     Don Quijote Alto Standing

    En un despacho de la ciudad financiera, de cuyo emplazamiento exacto no quiero acordarme, no ha mucho acudía un cliente de banca personal, de los de perfil dinámico, tipo marginal del 43%, visa platinum y extratipos por doquier. Una cartera agresiva, con algo más de renta alternativa que variable, fondos de inversión en países emergentes las más veces, cuentas a la vista al dos veinticinco, algún depósito estructurado de cuando en cuando y fondos de la JPMorgan y Merryl Linch como inversión estrella constituían las tres partes de su patrimonio. El resto de él concluían tarjetas de crédito de la más alta gama, plan de pensiones con rentabilidad garantizada para su futuro, y los días presentes se contentaba con su rolex obsequio del banco de lo más fino. Tenía entre sus activos una hipoteca que no pasaba de los cuarenta años, un interés que apenas llegaba al euribor más cero veinte, y unas comisiones que, con gran duelo por su parte, igual le subían la TAE que le bajaban la TIR. Frisaba la edad de nuestro cliente preferente con los cincuenta años, lo que nos daba un horizonte temporal de unos quince antes de terminar su vida laboral. Era de perfil arriesgado, lector de la prensa salmón, conocedor del mercado bursátil, habitual del split sin desembolso, flexible en los plazos aunque con aversión moderada por los bonos a diez años y amigo de las repos con pacto de recompra.

 

     Crónica de una quijotada anunciada

     El día en que lo iban a mantear, Alonso Quijano se levantó temprano para esperar el molino en el que venía el gigante. Había soñado que era un caballero andante, de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor y por un instante fue feliz en su sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de vino procedente de los odres pinchados. "Siempre soñaba con gigantes", me dijo Aldonza Lorenzo, su enamorada, evocando 27 años después los pormenores de aquella aventura ingrata.

 

     Don Quijote Saramago

     El hidalgo que ha tiempo vivía en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, se llama Alonso Quijano, aunque trastocará más tarde su nombre por otro de más abolengo, don Quijote. Usa por costumbre arraigada una lanza en su astillero y una antigua adarga de las que ya no se ven, pero se reconocerían al momento como la adecuada para este nuestro don Quijote en el caso, improbable pero posible, de encontrarlas en la abarrotada anaquelería de algún anticuario. El sustento cotidiano del hidalgo caballero lo constituye, por fuerza de la economía más que de la costumbre, una olla de algo más vaca que carnero, lentejas los viernes, algún palomino o capón de añadidura los domingos y fiestas de guardar. El resto de su menguada hacienda lo constituían un sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos o zapatillas de uso cotidiano del mismo material y hechura y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino, aunque más adelante seremos testigos mudos de que no siempre estaba al alcance de nuestro caballero tal dispendio extraordinario. Tenía una casa, hogar o hacienda, tenía una ama que pasaba de la edad de cuarenta, tenía una sobrina que no llegaba a los veinte; tenía, por fin, un mozo de campo y plaza que igual ensillaba el rocín que tomaba la podadera para complacer a su señor. El hidalgo caballero rozaba la edad de cincuenta años, que con no ser demasiada para considerarlo anciano ni siquiera simplemente viejo tampoco era edad de jovenzuelo, y por tanto la suficiente para que hubiera alcanzado el deseable equilibrio de juicio en cualquier ser humano, garantía no cumplida en nuestro caso, como más adelante se podrá dilucidar a la luz de los tremendos desvaríos y dislates provocados y vividos por nuestro don Quijote.

 

      Quijote light

     Con un filete a la plancha, a cuyo escaso peso no logro acostumbrarme, ha mucho que vivía un obeso de los de panza de ballenero, tostada exigua, poco tabaco y frustrado catador. Una olla de remembranza más a cloaca que a cocinero, sin digestión las más noches, arrepentimientos por haber cenado tanto los sábados, huesos de mollejas los viernes, algún langostino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su dieta horrenda. El resto della concluían ensalada sin cebolla ni arte, habas en crudo para las fiestas, con su pescado en cuaresma y los días entresemana se contentaba con su consomé de lo más insípido. Tenía en su despensa un pez de escama que pasaba de los cuarenta gramos y una pechuga de gallina que no llegaba a los veinte y un pozo en su campo del que manaba agua sin gas con la que igual apaciguaba su sed que se lavaba la sobaquera. Frisaba la promesa de pérdida de peso con esta dieta los cincuenta kilos. Era de inteligencia necia, frustrado comedor de carnes, hambriento de todo, gran fumador y amigo de la grasa.

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