| ««« | El desván de la memoria |
Relato "ciego" "No te olvidaré, no habrá sitio en mi corazón para nadie más", son promesas que el tiempo suele convertir en vanas cuando uno las formula en la adolescencia. Había pasado mucho tiempo desde aquel nuestro primer y único beso a escondidas en aquella cabaña de las fragas de Eume, donde el destino quiso que nuestros padres nos mandaran de campamento. Después de aquel verano, volviste a tu Venezuela natal. Durante varios años estuvimos escribiéndonos dos y tres cartas por semana, soñando con vernos de nuevo. El pasar de los años nos hizo mayores y el buzón empezó a traer únicamente facturas, cerrajeros de guardia y pizzas dos por uno. Consumido en mi nostalgia y recuerdos, me pregunto qué será de ti hoy en día. Mi corazón se acelera y aguanto la respiración, mientras tecleo tu nombre y apellidos en el Google. En la pantalla, un diluvio de existencias me aturde. La añoranza me empuja y uno por uno voy desnudándome de olvidos. Mientras acecho van desapareciendo los fantasmas. Descarto un nombre por edad, otro por lugar de residencia, por ese o aquel dato que aún sobrevive en el oasis de mi memoria. Temo que no encontrarte ahí puede significar que fuiste solo un sueño. Me invade de pronto una liviana alegría, mezcla de victoria y desasosiego: he descubierto una ventana que aún queda por abrir. Anoto la dirección y en un impulso salgo de casa a buscarte. Antes de llamar al timbre me sorprendo por mi atrevimiento. Da igual quién responda, no sabré qué decir. ¿Quién es? escucho. La voz no me resulta extraña. Me quedo mudo. Me recorren los recuerdos de parte a parte como serpentinas. El olor a café recién molido, la luz de aquella habitación, los tonos de su pelo... -¿Quién es? -insiste la voz. Su sonido me trae de nuevo ante la puerta en tiempo presente y escucho el sonido de la mirilla al otro lado. Antes de que pueda decir nada, la puerta se abre. Yo sigo mudo ante la puerta, perdido ahora en el azul de sus ojos, que me observan con incredulidad. No sabía bien a qué se debía esa mirada, tal vez fuesen mis canas o quizá pensaba en aquella promesa, cincuenta años atrás, que nunca se hizo realidad. Necesitaba decirle por qué no acudí el verano siguiente a la playa donde nos dimos el primer beso, sellando lo que nosotros creíamos un amor eterno, con el mar y la arena como únicos testigos de aquel momento. Y cuando sus cuerpos abandonados al instinto sediento de fundirse en el más puro latido sucumbían delirantes, ella recordó algo... Era martes. Tres días pasó sin noticias, apurándose las uñas a mordiscos; rastreando el correo, las calles y los hospitales con la esperanza de justificar su ausencia. Nada, ningún rastro. <<Una tentadora página sobre la que escribir poemas en los ratos de ocio>>, eso es lo que ella significaba para él. Por fin apareció una mañana, bajo el cielo candoroso de octubre, con las manos en los bolsillos y el pelo cubierto de brillantina. Ella corrió a sus brazos, olvidando el empedrado reducto en su garganta. ¡Así era su "príncipe"!: sereno, aterciopelado, como el fondo verdoso de un estanque... Cuando le escuchó decir: -¿Me esperas un momento? Voy a comprarme un bocadillo. Supo que no volvería a verlo. En cuanto se dio media vuelta y se alejó, contuvo su deseo de acompañarle, de prolongar por un poco más de tiempo algo irremediable. Su silueta se perfilaba en el horizonte como una sombra. Se desvaneció al doblar la esquina dejándole el corazón lleno de recuerdos y el estómago vacío, encogido, como un trapo en un cubo de basura. El tiempo se detuvo mientras miraba aquella acera solitaria, hasta que un autobús de línea se detuvo junto a él. Como un resorte subió y se fue sin volver la vista atrás. Siguió hasta la última parada. Luego comenzó a caminar, hasta alejarse de la ciudad. Siguió caminando, y nunca regresó. Estaba convencido de que, dejando atrás su vida, los recuerdos se deformarían de tal modo que convertirían su pasado en un sueño. Como si nada de lo sucedido, de lo dilucidado, hubiera ocurrido; como si la vida no fuera la vida sino que fuera un cuento leído al calor de un fuego, en un día lluvioso y frío de invierno. Pero seguiría viéndola, seguiría sintiéndola de todas formas: nada de lo importante, nada de lo que realmente llena nuestra alma en el fondo pasa, se olvida del todo. Así que, por qué no, volvería a girar, volvería a la noria y aunque ahora iba hacia abajo, mañana (que ya se sabe puede ser cualquier día) la alcanzaría. Y entonces, sólo entonces, recordaría todo lo que ahora tiene que decir y no dice. Entonces, tal vez entonces, tenga el valor de mirar de frente al destino escrito a fuego en nuestro corazón al nacer y no dé un paso atrás. |