«««      El desván de la memoria

                                   www.tallerliterario.net

   Magia de Mujer

               Lola Buendía López

                                

                Edune estaba en el escenario del salón de actos del colegio de primaria formando parte de la coreografía que la profesora de baile había preparado con motivo de la fiesta de Navidad, y yo me sentía llena de ternura  y emoción, a la vez que afloraban mil pensamientos y recuerdos de lo que había sido mi vida  estos dos últimos años. Una sensación de orgullo invadió lo más profundo de mi ser, corroborando y dando sentido a la decisión, obstinación y lucha, que  había mantenido, sin dar motivos al desaliento, desde que me propuse adoptar a esta  niña. Por el salón de actos las miradas iban y venían haciéndose cómplices de las mías, y los murmullos me sonaban al rumor de las mareas, cuando, juguetonamente, me dejo mojar por ellas.

 Sólo yo sé lo dura que fue la tarea de convencer a Carlos, mi marido, para que aceptara. No le cabía  en la cabeza que teniendo ya dos hijos maravillosos, deseara hacerme cargo de una niña  fea y destartalada, con graves problemas físicos y psíquicos, como consecuencia de una parálisis cerebral ocurrida cuando era muy pequeña. Carlos llegó a decirme que tenía síndrome de nodriza, que sólo era feliz cuidando niños, que una niña de esas características no se adaptaría a vivir en un medio urbano  como el de nuestra ciudad de residencia, que la gente y, sobre todo, los demás niños, la discriminarían, se reirían de ella y no se integraría. ¿Has pensado cómo reaccionarán María y Víctor, nuestros hijos?

            Todas estas preguntas también yo me las había hecho y temía que esto pudiera suceder el día que la conocimos en aquel viaje al interior del Continente africano donde en esa ocasión tuvimos que viajar por motivos de trabajo.

            Carlos y yo éramos fotógrafos de prensa. Realizábamos reportajes en los lugares más desposeídos de la tierra. A Carlos le interesaban más los paisajes, la luz y sus contrastes, los colores cambiantes de las estaciones. A mí me gustaba la gente, la presencia de un rostro que los humanizara. Creo que mi cámara, cuando estaba entre mis manos y enfocaba el objetivo, tenía el poder de convocar a los más variados seres humanos; entonces los espacios se quedaban llenos de vida con personajes hermosos, de noble dignidad; pero también plasmaba la fealdad de la miseria de los desheredados. Estos últimos aparecían en mis fotografías dando sentido al paisaje, consiguiendo que la mirada del espectador no se pudiera apartar de ellos. Los críticos decían que mis fotos transmitían toda la belleza y el horror que este mundo es capaz de compaginar y soportar.

Nos instalamos en un poblado del África Occidental, justo debajo del Ecuador. En aquel lugar alejado de las comodidades de la civilización, donde la pobreza era el único elemento que identificaba a sus habitantes, teníamos que pasar una semana realizando el reportaje para nuestra revista. Debíamos convivir con los nativos compartiendo la extrema miseria de sus pobres recursos y adaptarnos a su mentalidad anclada en las tradiciones, tan fieles a ellas como el perro a su dueño. Para nosotros no era nueva esta experiencia, por eso nos dedicábamos a este trabajo: porque nos hacía conocer la otra realidad del planeta, la de los desheredados y marginados. Queríamos mostrarla a los que vivimos confortablemente en el nuestro, en este mundo que llamamos desarrollado y que parece estar anestesiado y por eso le cuesta tanto despertar.

A la mañana siguiente nos dirigimos al centro asistencial, que también servía de hospital. Estaba regentado por monjas misioneras de la caridad, que habían hecho de sus vidas un servicio a los demás. Tan ocupadas estaban que apenas les pertenecía parte alguna de su cuerpo: sus piernas, llevándolas de un lado para otro por pasillos, entrecamas, y senderos polvorientos de la aldea, en un incesante ir y venir allá donde fueran reclamadas; sus manos,  agotadas, desolladas, requeridas constantemente por la urgencia de lo prioritario: atender a los enfermos y sus necesidades; sus cuerpos, doblados, extenuados, como fardos al finalizar la jornada. Mientras las observaba me preguntaba qué parte de su cuerpo se reservaban para sí mismas, cual de sus sentidos estaría aún disponible para captar los colores, sonidos o aromas de la mañana que se desperezaba; qué espacio de su piel se reservarían para la ternura propia, para  la sensualidad...¿podría su corazón viajar hacia los corazones de tantos niños atrapados en oscuras estaciones, cuyas vías llevaban largo tiempo obstruídas por la maleza y el abandono, vías muertas por las que hacía mucho tiempo que los trenes no circulaban?

              Pensé en lo que era mi vida cotidiana: ocupándome de los míos, de mi hogar, de mi trabajo; en las comodidades que disfrutaba, las oportunidades que me había dado mi familia y que yo supe aprovechar, la meta a la que había llegado y de la que me sentía satisfecha… De pronto, todo lo que yo antes consideraba meritorio en mi vida, me pareció insignificante. Mi existencia me parecía pobre, sin compromiso alguno. Estaba instalada en lo confortable, en la rutina de una sociedad occidental, que gira en un solo sentido como los fluidos que se van por el lavabo. Aquí, en el Hemisferio Sur, el agua gira en el otro sentido. Probablemente me quedaba aún media vida por vivir y, me vi recorriendo toda la geografía con mi cámara colgada, al acecho de un ser vivo para encerrarlo e inmovilizarlo dentro de ella, como el cazador vigila a su presa preferida para exhibirla como un trofeo. De repente mi universo interior se derrumbó como la base de un acantilado; no podía seguir retratando a los niños que veía pasar ante el objetivo de mi cámara. Todo lo que ahora tenía ante mí era un cuadro dramáticamente realista y decidí que no valía la pena seguir contribuyendo a favorecer la siesta de la gente desde los documentales de TV. Mis ojos se negaban a enfocar el objetivo y mis manos, inertes, a intercambiar lentes y grandes angulares. De pronto comprendí que siempre había captado parcialmente lo que fotografiaba: unos ojos hambrientos, unas piernas mutiladas, un manantial de sonrisa..., ahora, sin embargo, veía toda la secuencia completa. Todo el ser irrumpiendo en el espacio en sus tres dimensiones, y hasta percibiendo una cuarta, que antes, ocupada en la perfección de la técnica, no podía apreciar: el sentido de cada uno de nosotros en la tierra y el lugar que por azar nos ha tocado vivir: para unos tan generoso, para otros, tan duro y tan mezquino. Vi a mi alrededor niños y niñas residuales: los enfermos, los feos, los que tenían deficiencias físicas o psíquicas, los abandonados por todos como consecuencia de la guerra, de  las hambrunas o de la desidia que acarrea la miseria moral y física.

            Salí fuera del centro para respirar un poco de aire y poner en orden mi confusión. Entonces la vi. Sin duda, mi hábito de profesional de la fotografía me hizo dirigir mis ojos hacia esa niña que gateaba por el poblado, sorteando los obstáculos con ligereza. Apoyaba sus manos, y sus piernas las proyectaba hacia atrás y a los lados, balanceándolas como si de un tritón se tratase. Su cabeza estaba cubierta por un pelo lanoso y corto, grano de pimienta le llaman los nativos. Sus labios, gruesos, y sus ojos, de un amarillo opaco, poseían la mirada de un caníbal. La raíz nasal era baja y ancha, característica común en estos individuos. Su maxilar inferior mostraba acusado prognatismo, como si estuviera en permanente espera de la donación de un beso. Y la piel vagamente rojiza, no muy oscura. Reconocí que encajaba  en el entorno, que su procedencia debía ser próxima. Al incorporarse advertí un torso ancho y robusto, un caminar torpe,  sus pies planos y en compás, su prominente trasero…; estas  debían ser las causas de que se desplazara gateando con objeto de aliviar el peso. Me sorprendió verla tan sola, tan al margen de otros niños del poblado. Éstos se encontraban muy atareados en las mil tareas asociadas a las necesidades de la supervivencia cotidiana. Esta niña no realizaba tarea alguna, sólo hacía y deshacía el camino en torno al círculo que bordeaba las casas, se movía con dificultad y de vez en cuando se paraba y se sentaba, adelantaba la cabeza y sus grandes ojos miraban con expresión hambrienta. Nada en su rostro denotaba lo que podía sentir.

            Me acerqué a ella y la miré. Su mirada se cruzó con la mía y noté una sensación que creí tener perdida para siempre y que ahora se manifestaba con rotundidad: supe que se trataba de la piedad, esa virtud tan maltratada y utilizada en tantas ocasiones como escaparate de influencias y notoriedad. Virtud denostada por mí en muchas ocasiones, por el uso y abuso que de ella se hace. Siempre eludí estas  convocatorias sociales a las que con frecuencia era invitada.. Allí donde acudían las señoras de la burguesía para sacar a la calle su fondo de armario, donde los maquillajes camuflan el vacío de sus vidas, sin compromiso personal, pegadas al varón, tutor de turno de sus inexistentes proyectos; esperando la foto que las hará brillar un momento con el destello instantáneo del flash del fotógrafo de famosos efímeros, mascarada en los mercadillos carnavaleros tan en boga, para salir en las revistas del corazón. De repente recordaba a mi madre, ella supo inculcarme este sentimiento cuando era pequeña: la piedad como amor al prójimo, compasión que entraña compromiso. Todo mi ser desbordaba ternura hacia aquella niña solitaria y ponía alas a mis pies para aproximarme a ella y hablarle, tomarla de la mano, y participar de sus juegos.

Cuando la tuve a mi alcance, ella me miró alzando sus ojos amarillos, al tiempo que se encaramaba algo parecido a un sentimiento de esperanzada incredulidad,  pugnando por atravesar los húmedos cristales de los míos. Le cogí la mano para ayudarla a levantarse.

Noté el tremendo esfuerzo que hizo  para incorporarse. La invité a sentarse junto a mí y comencé a hablarle. La niña me miraba con ojos de sorpresa y confusión. Al principio pensé que no entendía mi español, después la oí: uno sonidos guturales, desgarradores, como de animal herido y abandonado. Abrí mi bolso – en él siempre llevo objetos de los que entretienen y  gustan a los niños mientras los fotografío-,le mostré una preciosa vaquita blanca con manchas marrones. Cuando se apretaba  su barriguita, mugía. Algo parecido a un ensayo de sonrisa me pareció ver en su rostro, y de mi corazón partieron vibraciones  envolviéndonos en sus círculos. De mi ser fluía una corriente amorosa que nos obligaba a navegar en la misma dirección.

Cuando comprendí que la niña no podía hablar, regresé al centro hospitalario para entrevistarme con las  monjas que la cuidaban. Pronto me enteré de los antecedentes. Había sido abandonada por sus padres siendo muy pequeña, padecía  una parálisis cerebral que le afectaba profundamente: no podía  hablar y su retraso mental era grande, su psicomotricidad torpe y  su expresividad casi nula. Cuando las monjas la encontraron en el poblado donde nació, estaba sola, desnuda y sucia, y  se arrastraba por el suelo. Era un animalillo más de esta maltratada tierra  africana. Las misioneras la recogieron y la trajeron al centro, donde se ocupaban de ella. Le pusieron el nombre de Edune. Sin embargo, estas mujeres tenían que atender las necesidades de  muchos niños del poblado: su salud, su higiene, su educación... Comprendí que no podía pedirse más a estas mujeres que se dejaban la piel día a día. A Edune, el corazón debía dárselo yo.

Busqué a Carlos y le mostré a la niña, le hablé del impacto que me había producido su soledad y abandono, y le expuse mi idea de adoptarla y llevarla con nosotros de vuelta a España. Carlos sabía que determinadas decisiones por mi parte eran difíciles de eludir. Siempre decía que cuando yo hablaba de asuntos trascendentes, como lo era éste, sabía usar palabras tan persuasivas que él no tenía más remedio que aceptarlas, o al menos, reflexionar sobre ellas. Yo sabía de su naturaleza  generosa y confiaba en que el contacto con la niña le haría decidirse y comprometerse en la adopción. Por supuesto yo tenía la intención de asumir la responsabilidad  de su  cuidado. Era consciente de  las dificultades  que podían plantear nuestros hijos y  del rechazo de otros niños del entorno. Tendría que ir a un colegio donde quizás hubiera problemas para su integración. ¿Y Edune? ¿ Cómo se acomodaría a su nueva forma de vida? otras costumbres, otra alimentación...; una educación para un pájaro que nunca  tuvo jaula, una disciplina para la necesaria convivencia... Cogí a Edune en mis brazos para que mis errantes y pesimistas pensamientos no asfixiaran  mi voluntad decidida, y la estreché a la altura de mi pecho: su corazón latía al mismo ritmo que el mío. Todo temor desapareció para dejar paso a la osadía  del compromiso y de la acción.

            Durante aquellos días de laborioso trabajo realizamos las diligencias legales para  la posible adopción de Edune. Nuestro tiempo libre lo dedicábamos a compartir con ella juegos y destrezas –desde el principio tuve muy claro que la niña sería educada como mis hijos. Por fin regresamos a casa. No me imaginaba los ejercicios de diplomacia y también de contundencia que tuve que desplegar para lograr convencer a mis hijos de que la niña  debía ser acogida en nuestra familia -para entonces mi marido  ya era también partidario. Mis hijos sólo habían visto a esos niños en los  reportajes que les mostrábamos a la vuelta de nuestros viajes, o en la tele, pero no se imaginaban que un día pudieran compartir  la misma mesa, el mismo baño; en definitiva, sus espacios y su tiempo, ¡si ni siquiera los propios hermanos se ponían de acuerdo, si se pasaban el día discutiendo! María, mi hija, sintiendo el egoísmo propio de las adolescentes, protestó enérgicamente ante la idea de compartir su dormitorio, el espacio que tantos años había disfrutado en soledad, y que ahora lo percibía como una invasión a su intimidad. Mi hijo Víctor insistía en que dos chicas eran demasiado para su aguante. Carlos y yo estuvimos algún tiempo explicándoles las razones, nada fáciles, de nuestra decisión. Les mostramos el reportaje que habíamos realizado con  Edune como protagonista, y cómo reaccionaba cuando compartíamos con ella sus juegos, cómo nos abrazaba y alargaba sus brazos para asirse  a nosotros. Apelábamos a la fibra del sentimiento de ambos para insistir en la  conveniencia de darle una oportunidad a esta niña que la vida la había tratado tan mal. No se trataba de abandonarlos a ellos sino de hacer un hueco más en sus corazones.

            Cuando estuvimos preparados,  adoptamos a Edune. No pudimos conocer con exactitud su fecha de nacimiento. Sólo sabíamos que las monjas la recogieron cuando aún gateaba, pero, dado su retraso cerebral, no era fácil averiguarlo. Quizás tenía ocho, nueve o diez años. Ella lo observaba todo con una especie de temor, curiosidad y excitación. Todo era nuevo, extraño y diferente en su vida. A veces, ocasionaba algún destrozo ante la falta del tacto adecuado, producto de la inexistente educación sensorial recibida. Comprendí el trabajo que se nos venía encima, pero mi voluntad resuelta y decidida me decía que de aquel patito feo y desgarbado saldría una persona capaz de desenvolverse y sobretodo de ser feliz. Mi meta por entonces era que se integrara y fuera dichosa.

             Consulté con amigos profesores y psicólogos para que me guiaran en estos propósitos. Fue, sin embargo, la fotografía la encargada de aportar la mejor terapia en su desarrollo psíquico y emocional. En mi estudio había cientos de fotografías y ella las miraba una y otra vez, fascinada. Imitaba los gestos que le dirigían, sus posturas, teatralizaba sus expresiones...El cuarto oscuro era para ella como un templo sagrado; el proceso del revelado debía parecerle tan misterioso que miraba el papel por delante, por detrás, mostrándome su incredulidad y su sorpresa..

Al principio no nos entendía, pero nosotros nos esforzábamos mediante gestos, haciendo que tomara contacto con el mundo de las sensaciones: cada palabra llevaba aparejada una imagen, un olor, un sabor, un contacto... Tomaba los libros que María tenía en su escritorio y se pasaba los días mirándolos, intentando descifrar aquellos signos incomprensibles para ella. Nos llevaría mucho tiempo lograr progresos, quizás nunca conseguiríamos que hablara, pero, había tantos bocados apetitosos para llevar a su boca...

El primer día que Edune fue al colegio, la maestra, advertida de su problemática, tenía preparado todo el arsenal de recursos didácticos que la pedagogía y la experiencia  habían formado su vida profesional. Tuvo que hacer uso de toda una batería de ellos para lograr que la clase aceptara a una niña que no tenía el mismo color de piel, ni disciplina alguna, y que no hablaba ni podría seguir el ritmo de aprendizaje correspondiente a su nivel educativo. Tuve que emplear toda mi persuasión y mostrarle mi disposición a colaborar con ella para conseguir tocar su fibra sensible y humana. Su colaboración fue, finalmente, acorde con mi intención de lograr su integración.

            Muy pronto, algunas niñas, con ese  marcado instinto  protector, comenzaron  a ejercer de pequeñas madres, ocupándose de sus atenciones físicas y emocionales, intentando acelerar el proceso para que no fuera más penoso. Los chicos no osaban interponerse, bien pasando del tema, bien tomando partido en el proceso reeducativo de Edune. ¿Quién se atreve a contrariar a unas niñas convencidas de su rol de madres? Por primera vez las chicas se harían con el control de la clase y tocarían la fibra sensible de los varones. Poco a poco Edune se hace de querer en el colegio, todos la quieren ayudar y nadie ve sus defectos sino que atienden a sus progresos.

Han pasado dos años desde que la adoptamos, así que hemos celebrado su onceavo aniversario,  aunque mentalmente  sigue instalada en un universo más infantil. Los educadores, sus compañeros de clase y mi familia hemos conseguido su integración en el colegio, con nuestros vecinos, en casa...Mis hijos la cuidan y han aprendido a quererla. Han madurado responsabilizándose y compartiendo sus cosas, su tiempo, sus caricias... Han aprendido entregándose generosamente. Su vocabulario ha sustituido el yo por nosotros, el mío por el nuestro, el quiero por queremos, me gustaría por nos gustaría.

Nuestra vida se ha hecho más intimista, más familiar. También se ha incrementado el trabajo, cuanto más se integra Edune en nuestra familia, más exige y, al desinhibirse, empiezan también los caprichos y las rabietas. Mis amigas me preguntan cómo una mujer como yo, con una familia organizada, con una profesión bien remunerada e interesante, he podido echarme esta obligación tan ardua y que me ocupará el resto de mi vida. ¿Qué sería de Edune si a mí me pasara algo? Yo a éstas y otras cuestiones siempre contesto que cada día soy consciente de la responsabilidad que he tomado, que además soy consciente de que he implicado a los míos...,pero ¿Acaso no somos todos responsables de las decisiones que tomamos?   ¿No lo somos cuando tenemos hijos biológicos? ¿Vemos tan normal formar una familia e imponer un modelo de conducta para todos sus miembros?  ¡Qué hubiera sido del mundo, qué sería de él, sin las personas que se levantan de la poltrona para tomar decisiones!

            Si algún día no podemos estar con Edune, si yo falto, ella habrá tenido la oportunidad de ser una persona con derecho al reconocimiento de una identidad, de haber disfrutado del cariño de un hogar, de tener una educación, de que su cuerpo y su mente mejoren y de vivir en una sociedad que se ocupa de las personas que tienen necesidades específicas como ella. Si todo eso se lo he podido ofrecer, a pesar de mi sacrificio...ya me compensa, -me digo en este momento en que sigo contemplándola en el escenario. Mi querido patito feo ya es capaz de realizar unos pasos de psicomotricidad, y con otras niñas expresa armoniosamente, al compás de una música, sus emociones. Después, oigo los aplausos del abarrotado salón de actos del colegio...y me siento una mujer plena y feliz, una mujer que ha sabido dibujar un arco iris en los ojos de Edune, como me decía mi abuela cuando me recitaba aquel poema que ella había escrito y que tanto me gustaba. Ahora,  cuando intento  recordarlo, entiendo el verdadero significado de  lo que expresaba. Creo que decía  algo así:

        

            MAGIA DE MUJER

UNA MUJER DIBUJÓ                                  

            UN ARCO IRIS EN MIS OJOS

           ENSARTANDO MIS PALABRAS

EN EL COLLAR DE LOS SUEÑOS

CONVOCÓ LUNAS EN LA NOCHE

PARA AHUYENTAR MIS TORMENTOS

CON  SU MAGIA NAVEGABA

DESDE EL PUERTO DE SU BOCA

VELAS BLANCAS EN LA NOCHE

           ELLAS TEJIERON EL HILO

           CON QUE SE TEJEN LOS SUEÑOS

MI DESPENSA LA LLENARON

DE ALABANZAS, DE TERNURAS

            DE PERSONAJES DE CUENTOS

DE ELLAS HE CONSEGUIDO

LOS MEJORES DIVIDENDOS.

 

    Volver a la sala de lectura