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Poetas Suicidas: sensibilidad o supervivencia

                                 Ricardo Fernández Moyano

INTRODUCCIÓN

Durante la lectura de "El viejo y el mar" de Hemingway en mi primera juventud, me conmovió profundamente leer en su reseña biográfica que él, al igual que su padre, se hubiera suicidado. Multitud de interrogantes se abrieron entonces en mi mente: ¿locura?, ¿angustia?, ¿miedo?, ¿qué puede llevar a una persona a dar fin a su vida adelantando así el final de su existencia, sobre todo siendo un escritor de reconocido prestigio? Más tarde supe que el diagnóstico de un cáncer le hizo caer en una profunda depresión, ya que no podía soportar la idea de sobrellevar tanto sufrimiento. Desde la pérdida de su padre el suicidio estuvo presente en su vida, ya como un fantasma del pasado o como un destino fatal al que se veía abocado.

La tercera causa de mortalidad en el mundo es el suicidio. Son muchas las personas que, por motivos a veces difíciles de explicar, deciden acabar con su propia existencia. En el universo de muchos escritores, esta angustia del ser humano, condenado desde el día de su nacimiento, esta tan presente que acaba, literal y literariamente con sus vidas. Se dice que el suicida no es más que un mortal impaciente. Nosotros, las personas "felices", hemos dado la espalda a ese día, cínica o heroicamente, ese es otro debate.

Autodestrucción, marginalidad, locura, alcoholismo... muchos escritores hicieron de su vida una angustiosa metáfora existencial. Cercados por una vida efímera y por sí mismos, sólo su voz lírica les permitió respirar. Son muchos los poetas suicidas, y no hay que remitirse al romanticismo para ello.

Larra se dio un tiro ante la insoportable angustia que le produjo un desengaño amoroso. Virginia Woolf se ahogó voluntariamente en el río Ouse, cerca de su casa de Sussex. Dejó dos cartas, una para su hermana Vanessa Bell y otra para su marido Leonard Woolf, las dos personas más importantes de su vida. Transcribo aquí la estremecedora nota que dejó para su marido: "Querido: Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros…"

POETAS SUICIDAS

A partir de la desaparición del cantautor madrileño Hilario Camacho en agosto de 2006 a causa de la ingestión de un envase de ansiolíticos, empecé a darle vueltas a las razones del suicidio. Tras preparar una ponencia sobre Violeta Parra, que terminó con su vida en el mejor momento de su carrera artística de un disparo en 1967, me planteé realizar un estudio sobre el suicidio en la literatura, y más concretamente, por mi especial inclinación a la poesía, sobre los poetas suicidas y, así, bucear en sus obras tratando de descubrir las motivaciones y situaciones que les llevaron a tomar tan terrible decisión.

Poeta no es sólo alguien que escribe versos. El poeta vive la vida con intensidad desbordante y, ante el reto del papel en blanco, siente la necesidad de plasmar en él todas sus contradicciones, angustias y quimeras. "Escribo para exorcizarme", dirá Ángel Guinda en uno de sus aforismos, y es en ese ejercicio de autoexorcismo donde busca el poeta la manera de reconciliarse con el mundo, liberarse de sus propios fantasmas y encontrar la serenidad y equilibrio necesarios para hacer frente a las paradojas de su existencia, pletórica unas veces, otras ambigua o cruel pero siempre sorprendente.

Los poetas de los que hablamos osaron mirar la vida de frente y sus cuerpos se precipitaron en el abismo de sus contradicciones. Murieron jóvenes, en la plenitud de su obra. El morbo, el "lo que le quedaba por escribir podría ser una obra maestra", el sentimiento de solidaridad... Los poetas malditos sólo alcanzan la bendición una vez muertos, eso sí. Pero la maldición del poeta va más allá del rechazo de su amada o amado. Es una maldición menos hermosa, merece menos la pena. El poeta maldito es el fusilado, el pobre, el exiliado, el torturado, el encarcelado, el suicida, el loco, el alcohólico... Nos queda escuchar su voz, siempre viva en sus poemas. Perecieron en el intento, se cortaron con el canto del papel, con el filo de la poesía, pero son inmortales. Puede decirse que con el envenenamiento de Chatterton (1770) inicia el suicidio su edad moderna. Éste en la realidad y el de Werther en la ficción proporcionan status intelectual a un acto que antes de eso se consideraba de pésimo gusto, a no ser que fuera motivado por falta de liquidez o cualquier otro capricho. El suicida sigue sin poder reposar en tierra sagrada, pero en adelante ocupará un puesto de honor en la mitología artística.

A la hora de hacer una "anatomía del suicidio" llama la atención que se den por igual los suicidas de vocación y los súbitamente inspirados. Entre los primeros, Kleist, Maiakovski, Crevel, József, Pavese, Sylvia Plath, Jens Bjorneboe... Pero más que la premeditación acaso admira la insistencia en el gesto. ¿De qué huía Ángel Ganivet cuando se arroja desde un vapor al Duina, y tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros aprovecha un descuido para sumergirse otra vez en la corriente helada? ¿Qué le da fuerzas a Yávorov, ciego a resultas de un anterior intento de suicidio, para ingerir veneno y, en previsión de algún accidente benéfico, volarse luego la tapa de los sesos? ¿Y a Antero de Quental para dispararse dos veces consecutivas?

Este proceso depresivo y autodestructor, motivo muchas veces de su genialidad artística, también hizo de sus vidas un infierno. Muchos poetas probaron los límites de la vida hasta cotas peligrosas. Les quedaba el consuelo de la literatura, y dejaron aquella desesperación impresa en un papel, legando poemas magníficos. Poesía alimentándose de su autodestrucción y autodestrucción alimentándose de poesía. Uno de los mejores poetas del siglo XX, "el mayor poeta ingles tras Lord Byron" para muchos, acabó con su vida a causa de un coma etílico. Su alcoholismo corrió paralelo con su éxito editorial. Mientras todos lo aclamaban y componía una gran obra se labraba su lamentable final. Hablo de Dylan Thomas. Kostas Karyotakis, la noche del 20 de julio de 1928, se dirige al agitado Mediterráneo con la intención de acabar con su vida. Diez horas después la corriente le devuelve sano y salvo a la playa. Entonces regresa a su casa, se cambia de ropa, sale a desayunar, compra una pistola y se dispara una bala en el corazón... Escribió en una nota que se encontró en su bolsillo: "Aconsejo a cuantos sepan nadar que no intenten jamás suicidarse tirándose al mar. Durante diez horas me estuve peleando con las olas. Tragué una enormidad de agua y, sin saber cómo, de vez en cuando subía a la superficie; cuando tenga oportunidad, escribiré las sensaciones de un ahogado". De él son los versos "... Bocas que tenéis mucho que decir / y la palabra os elige para tumbas" que pertenecen al poema "Muertes", un poema que lleva en su arranque una cita muy significativa: "Hay hombres que llevan la mala suerte dentro de sí". Su compañera sentimental María Poliduri acabó asimismo con su vida de ella nos quedan unos versos tan exquisitos como este fragmento dedicado a Kostas: "...Era curiosamente bello como a los / que la muerte elige...". Huían de su propia vida, de sus fracasos artísticos, de sus deseos siempre insatisfechos, de su desbordante sensibilidad. Exploradores de vastos territorios del alma, expuestos a las más inclementes contradicciones, se encuentran en ocasiones en la tesitura de elegir la sensibilidad o la supervivencia. En todo caso no debemos creer que los poetas suicidas son una especie lánguida, sumida en un desánimo que le impide percibir lo que de grato tiene la existencia. Las vidas de estos muertos son un ejemplo de vitalidad extraordinaria. El peso de su sufrimiento no lastraba su paso, sino que por el contrario parecía dotarles de una maravillosa ligereza. La cantidad y calidad de los poetas que decidieron acabar con su vida dista de ser un dato casual. La literatura moderna lleva en sí las semillas de la iconoclastia, y sobre todo la poesía, abocada a la exploración de las últimas fronteras del lenguaje. El suicidio no es la garantía de ser un gran poeta, pero sí de haber pisado el umbral y arriesgado experiencias, hasta que el retroceso fue imposible.

Cesare Pavese, acabó con su vida tomándose 16 frascos de somníferos. Suyos son los conocidísimos versos "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos- / esta muerte que nos acompaña / de la mañana a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un vicio absurdo. Tus ojos / serán una vana palabra, / un grito callado, un silencio...", un poema sin parangón dentro de la historia de la poesía. Antonia Pozzi, otra italiana, falleció en el año 38 dejando versos como "...Ojos no míos / que la niebla invade." Sibilla Aleramo se da fin no sin antes ofrecerle al mundo poemas sentidísimos como este fragmento de "Soy tan buena": "... Mas al primer trepidar del violeta en el cielo / todo amparo diurno se desvanece /.../ Me parecía tener en las manos el cansancio de toda la tierra / no soy más que una mirada, mirada perdida y vana.". John Berryman, ya más entrados en el siglo y partiendo de la idea de que "la poesía es un riesgo supremo y prolongado", se arrojó desde lo alto de un puente de Mineápolis, en el año 72, cuando había dejado escrito "Un corazón enloquecido", que terminaba con estos versos: "... No hay tiempo para la vergüenza /.../ el tiempo / se precipita como un loco descarado. Nada puede ser conocido". Sylvia Plath escribió: "... Mis horas se desposan con la sombra" y se dio fin en Londres el 11 de febrero del 63. Paul Celan se arrojó al Sena desde el puente Mirabeau en 1970. "Cuando la Taciturna llegue y decapite los tulipanes, / ¿Quién saldrá ganando? / ¿Quién saldrá perdiendo? / ¿Quién se asomará a la ventana? / ¿Quién pronunciará primero su nombre?" Anne Sexton se suicidó el año 74 con el motor de su coche, después de escribir el poema titulado "El deseo de morir", que finaliza con esta crudeza sobre el cuerpo tendido en la sala de despiece de un tanatorio: "... No preví que punzarían mi cuerpo. / Ni tan siquiera la córnea y la orina estaban ya. / Los suicidas traicionan el cuerpo de antemano." Entre los poetas suicidas de habla castellana encontramos casos dignos de mención en Gabriel Ferrater, un entusiasta de la obra de Kafka que dio fin a su vida en Sant Cugat el año 1972 atándose una bolsa al cuello hasta ahogarse, (versos suyos son: "Estoy más lejos que amarte /.../ No soy sino la mano con que tú palpas"); Alfonso Costafreda, muy cercano a Ferrater en obra, en vida y en muerte, que se suicida en Ginebra durante el 74, después de haber escrito su último poemario, Suicidios y otras muertes, que tiene versos como "Entrará el mar lentamente en tus venas, / droga, ave rapaz, suicidio lento." Alfonsina Storni se suicidó adentrándose en El Mar del Plata y encontraron su cadáver en la playa La Perla. "Soy un alma desnuda en estos versos, / alma desnuda que angustiada y sola / va dejando sus pétalos dispersos." Pedro Casariego Córdoba, que se tiró al tren un día del año 1993 después de haber sido, además de un poeta magnífico, economista titulado, pianista, vagabundo, pintor y ermitaño ("Mi cuerpo / hervidero de hierba / helada / para enseñar anatomía / y botánica / y mi cuerpo / enseñanza / hierba que nadie recoge / hierba que el viento pisa / hierba que se hace suela / de mil zapatos vacíos."); Alfonso Sola, nacido en Paraná y voluntariamente desaparecido en Mendoza el año 75 ("...Un día todo dirá que hemos partido / Todo."); Alejandra Pizarnik ingirió somníferos hasta morir con sólo 36 años, en su última carta a Antonio Beneyto terminaba: "... Y aquí te dejo para ir a despachar la carta a un correo lejano que no cierra por la noche."; Luis Hernández, nacido en Lima y sólo nacido en Lima para escribir "...Solitarios son los actos / del poeta: Como aquellos / del amor / y de la muerte", el cubano Ángel Escobar, cuya vida quedó marcada cuando su padre degolló a su madre con una navaja de afeitar en su presencia, se suicidó en La Habana en 1997 arrojándose al vacío desde el balcón de su casa: "Tengo amor a la muerte, / soy su amor y su doble" .... y tantos otros. Entre poesía y esperanza -según argumentaba Ciorán- la incompatibilidad es completa, y eso lleva al poeta a no entender el mundo por entenderlo, a no ser más que su poesía por la imposibilidad de vivir en otros planos que sean soportables con su sensibilidad. Todo esto lleva a situaciones de irrealidad que embriagan hasta la muerte buscada, siendo la poesía más vida que la propia vida. Como escribiera Goytisolo: "...ocurrió que fue siempre un solitario / ocurrió que la vida dejó de interesarle."

¿VÍCTIMAS DE UNA SENSIBILIDAD INCONTROLADA?

Sylvia Plath fue atractiva, de educación y cultura de grandes amplitudes, de enorme capacidad intelectual y poética, buena aceptación en los círculos literarios y una asombrosa precocidad para escribir. Tuvo becas, méritos, premios, fama, pretendientes. Todo ese palmarés no le bastó a su infierno interior, un despeñadero que ella trató de exorcizar a través de la escritura. Sylvia tuvo el don de la palabra escrita y a este don se entregó y con ella su existencia en riesgo total. Como el mundo fue para ella un problema, entonces resolvió convertirse en un problema para el mundo. "Estoy crudamente hecha para el éxito", afirma Sylvia de manera prosaica en su diario en abril de 1958.Y sin embargo no podía prever que el éxito se daría casi enteramente después de su muerte, y que sería irónico: por matarse impulsivamente dejó todo lo que más amaba, sus hijos y su valioso capital de trabajo en manos de quien consideraba su enemigo, su marido, Ted Hugues. ¿Es una casualidad que la línea de las altas exponentes de la poesía escrita por mujeres que marcaron -o hubieron de marcar- la literatura mundial, Safo, Woolf, Tsvetaeva, Plath, Sexton, Pizarnik, coincida tantas veces con la línea del suicidio? ¿Cuál es la tenebrosa relación que une el don de la palabra entregado con excelsitud a mujeres excepcionales y el costo de este terrible privilegio? ¿Es la locura la musa de la creatividad?

Morir es un arte, como todo.

Yo lo hago excepcionalmente bien.

Tan bien, que parece un infierno.

Tan bien, que parece de veras.

Supongo que cabría hablar de vocación....

 

Aquella mañana fría del 11 de febrero de 1963 Sylvia rompió definitivamente la campana, la prisión que la atenazaba desde su infancia. Se levantó pronto, en un acto de último amor materno preparó el desayuno a sus hijos, abrió la llave del gas y cocinó su propio cadáver. El destino le jugó una última jugada macabra. Murió sin saber la enfermedad que padecía, EL TRASTORNO BIPOLAR, y aunque sin curación, remitía con un tratamiento tan simple como la administración de Litio. ¿Pero hubiera querido Sylvia? ¿Habría renunciado a esos magníficos poemas hechos en plena fase depresiva de su enfermedad y que modificarían la poesía americana? ¿Habría renunciado a esa póstuma fama perseguida con ahínco toda su vida y que harían de ella un mito literario? El último poema que escribe, la víspera del suicidio, es una despedida irrevocable.

La mujer alcanza la perfección.

Su cuerpo

Muerto porta la sonrisa del deber cumplido,

La ilusión de una necesidad griega

Fluye por los papiros de su toga,

Sus pies desnudos

Parecen estar diciendo:

Hemos llegado hasta aquí, es el fin.

Dos bebés muertos hechos ovillo, serpientes blancas,

Cada uno prendido a un pellejo

De leche, ya vacío.

Ella los ha replegado

Hacia su cuerpo como pétalos

De una rosa que se cierra cuando el jardín

Se endurece y las fragancias sangran

Desde las dulces y profundas gargantas de la flor nocturna.

La luna no se habrá de entristecer,

Allá en su atalaya de hueso.

Tiene, de todo esto, la costumbre.

A rastras crujen sombras negras.

Con su muerte nos privó de esos futuros libros que surgían a borbotones de sus entrañas y que a propósito plegó de nuevo hacia su cuerpo en un último gesto de rebeldía y desafío.

Pedro Casariego Córdoba nació en Madrid en 1955. Se licenció por la Universidad Complutense, y le declararon inútil para la "mili" por su miopía. Empezó a escribir poesía en 1974, como una manera de escribir música con palabras. Un poeta es un fingidor (Pessoa), pero la poesía de Pedro Casariego se somete mejor a palabras espontáneas y francas. La obra publicada -oficialmente- de Pedro la componen ocho libros: Maquillaje, Letanía de pómulos y pánicos (Editora Nacional), La vida puede ser una lata/Falsearé la leyenda (Árdora Ediciones), La voz de Mallick, Dra (CODA), El hidroavión de K. (Ave del Paraíso), Pliegos de la Ínsula Barataria, Te quiero porque tu corazón es barato (Astrolabio), y Cuadernos amarillo, rojo, verde y azul (Árdora Expres). Parte de su obra -fuera de libros- se recoge en multitud de revistas, suplementos literarios de periódicos, y antologías poéticas. Pedro dijo que la felicidad es un ángel aventajado que a veces contesta, pero que también es un ángel aburrido. Pensaba que la vida no se puede encuadrar fuera de la monotonía y el aburrimiento, pues ahí mismo se encuentra la felicidad, pero nunca con obsesiones. Un poeta de ciudad -que no urbano-, escribe en prosa o en verso, en clave de lírica, y se traducen en sus palabras rasgos de amor, odio, vida, muerte, aburrimiento, sentimientos, erotismo, sexualidad, enemistad, suavidad, dulzura, sinceridad, pasión..., y otras muchas ideas que confluyen en la tinta de un cuaderno ajado. "Mi forma de escribir es la imitación del torrente. Consiste simplemente en abrir un grifo y dejar que manen de ese grifo todos los líquidos y todos los cantos químicos posibles, tratando de hacer acopio de imágenes, robando palabras a los periódicos, expresiones a las gentes, términos a los diccionarios". Por esos tiempos, Pedro sobrevivía con trabajitos aquí y allá, nunca relacionados con los versos. En 1989 deja a un lado la literatura, sólo escribe en cuadernos ilustrados con dibujos propios, y buena parte de la culpa la tiene su boda con Ana Ruiz de la Prada. Comienza a pintar cuadros de gran formato y con pintura acrílica. Un año después, fruto de una honda crisis espiritual que arrastraba desde hace varios años, abandona la literatura, y sigue con la pintura. Francisco Umbral, en su Diccionario de la Literatura, dice de Pedro Casariego que "hay timidez y sabiduría en su manera de no hablar de él sin hablar de otra cosa. La libertad tipográfica, tan vieja, es en él una cosa nueva, fresca, sincera". La poesía de Pedro es radical, experimental, sistemática, vanguardista, creativa, inteligente e indefensa. A nivel semántico, destaca su simbolismo, las imágenes, la tonalidad melancólica, y sobre todo, la voz propia, la voz que tanto falta a muchos poetas. "No son nuestras palabras lo que nos permite expresarnos en esa habitación sino aquellas pequeñas manchas mecánicas que tenemos en nuestro interior." Pedro Casariego tiene en su currículum más géneros: diálogos, cuentos y relatos, obras de teatro, guiones cinematográficos inéditos, traducciones... Pero la pintura que ocupó la vida de Pedro hasta 1993, nace de un intento de superación de su estado interior. Apoyado en Kierkegaard, y más tarde en Rembrandt o Matisse, utiliza la pintura como un nuevo medio de expresión para él. "Dame un beso que de mí obtendrás honestidad. Hazme una caricia que igual pierdo la educación y te digo que te quiero. Parsimonia. Tranquilidad. Calma. Paz. Sosiego. Recogimiento... ¿Por qué no venden esas cosas en la primera planta de El Corte Inglés? Sigue susurrándome al oído mientras te desnudas. Así está bien." Muchos artistas han sido consagrados después de muertos, también otros han sido convertidos en leyendas por el hecho de fallecer. Pedro Casariego sigue en el anonimato desde aquel 8 de enero de 1993 en que se suicidó exponiendo su cuerpo al paso de un tren.

Nuestras palabras

nos impiden hablar.

Parecía imposible.

Nuestras propias palabras.

En cierto sentido todas las vidas son una misma cosa,

ya que cada vida es una cuerda.

Pero unas cuerdas sirven para saltar a la comba

y otras para ahorcarse con ellas.

Y aquí entre dos calmas

lejos del cementerio

abro un libro de silencios

por la página de tu espalda

y encuentro la palabra alegría

y la palabra alegría lleva acento

y yo se lo quito

y te lo pongo en la nuca.

...y, llegado el momento,

cuando las ilusiones ahoguen el desengaño,

nada quedará sin ser devuelto

y mi alma os alegrará con una sonrisa.

 

Flor Bela Lobo, conocida como Florbela Espanca (Vila Viçosa, Portugal, 8 de diciembre de 1894 - Matosinhos, Portugal, 8 de diciembre de 1930). Escritora portuguesa. Precursora del movimiento feminista en Portugal, tuvo una vida tumultuosa, inquieta, transformando sus sufrimientos íntimos en poesía de la más alta calidad, cargada de erotismo y feminidad. Hija de Antónia de Conceição Lobo y de João Maria Espanca, que no la reconoció como hija. Sin embargo, tras la muerte de Antónia en 1908, João y su mujer Maria Espanca crían a la niña. Su padre sólo reconocería la paternidad muchos años después de la muerte de Florbela. En 1903 Florbela Espanca escribió la primera poesía de que se tiene conocimiento, A Vida e a Morte. Se casó en el día de su cumpleaños en 1913, con Alberto Moutinho. Concluyó un curso de Letras en 1917, inscribiéndose después en Derecho, siendo la primera mujer en hacerlo en la Universidad de Lisboa. Sufrió un aborto involuntario en 1919, año en que publica el Livro de Mágoas. Es en esa época cuando Florbela comienza a presentar síntomas serios de desequilibrio mental. En 1921 se separa de Alberto Moutinho, teniendo que afrontar los prejuicios sociales al respecto. Al año siguiente se casa por segunda vez, con António Guimarães. El libro Sóror Saudade es publicado en 1923. Florbela sufre un nuevo aborto, y su marido pide el divorcio. En 1925 se casa por tercera vez, con Mário Lage. La muerte del hermano Apeles (en un accidente de aviación) le afecta gravemente y le inspira para escribir As Máscaras do Destino. Intentó suicidarse por dos veces en octubre y noviembre de 1930, en vísperas de la publicación de su obra maestra, Charneca em Flor. Tras el diagnóstico de un edema pulmonar se suicida ingiriendo dos tubos de Veronal en Matosinhos el día de su cumpleaños, el 8 de diciembre de 1930. Charneca em Flor se publicaría en enero de 1931. Escribió una poesía de la autorevelación narcisista, de la pasión, de la soledad, de la desnudez de sus emociones, sin huir del erotismo. Dijo: "Sólo sé hacer versos: pensar y sentir en verso". Su poesía es una poesía viva. Mujer excepcional, fue una excepcional artista. Personalidad contradictoria y rica. Fue, en su época, una mujer culta, y las referencias culturales en su obra poética son, en cierto modo, frecuentes. Toca la fibra sensible de sentimientos que son universales, que cualquiera podría entender. Su poesía lleva sus paisajes y sus gentes como algo inherente. Ángel Guinda ha traducido al castellano bajo el título Las espinas de la rosa, después de una profunda inmersión en su vida y su obra, según sus propias palabras, sonetos de Livro de mágoas, Livro de Soror Saudade, Charneca em flor y Reliquiae. Asimismo nos confiesa: "Mi modesta intención ha sido trasladar al castellano el sentido, sin desvirtuarlo, de esta poesía. He procurado la rima sólo cuando para ello no era necesario forzar, distorsionar, la naturalidad del discurso inicial, y he optado por el soneto blanco en cualquier otro caso. He actualizado la puntuación y omitido en ocasiones ese exceso de puntos suspensivos al que tan proclive era nuestra poeta, tal vez por su deseo de infinitud. De acuerdo con Walter Benjamín en que debajo de todas las lenguas hay una lengua universal, confío en la amable colaboración del lector como cotraductor." Él mismo nos descubre: "La poesía de Florbela Espanca es un modelo de alarmante brutalismo emocional. Los sentimientos expresados con visceral urgencia en el más crudo realismo. El sufrimiento al desnudo viste, conmueve, asola a quien la lee. Una poesía que, si fuese árbol, sería un almendro amargo; el gris sería su color; su salud: la claridad de forma y vehemencia de tema; su enfermedad: la tristeza; su paisaje: el crepúsculo; su fuerza: el atrevimiento; su hechizo: el erotismo más sutil; su música: la lluvia. Florbela caminaba al encuentro de perdición de una quimera: ¿la felicidad, el amor perdurable? La pasión afectiva y sexual, la insatisfacción, la ansiedad y la saudade invadieron su existencia y sus versos que, en las fuentes de Nobre, Darío y Teixeira de Pascoaes, rozaron la ebriedad. Un alma demasiado grande para habitar, sin romperlo, el cuerpo que le había sido asignado. Tal vez, como Montale, pensaba que hacen falta muchas vidas para vivir una; no reparó en que basta una vida para alcanzar la muerte."

Ana Cristina César (Río de Janeiro, 1951-1983)

Ahora seré atleta, atleta atónita, de las que saltan

obstáculos pero piensan insidiosamente en la respiración,

desmintiendo lo que muere en cada aliento.

Lo que muere.

Estoy muriendo, dice ella despacio,

los ojos fijos hacia arriba. Mírame,

le he ordenado. No te vayas así.

Mi vida se cerró dos veces

antes de cerrarse. Lo sé,

aquella planta

crece de un modo tortuoso.

Hay retornos, ella ha respondido.

Los almendros caen en el lago.

 

La poeta es una atleta atónita: su voz se confunde entre el cansancio del deporte constante de existir y la sorpresa o incredulidad que impide al cansancio descansar. A su vez, el conocimiento no acepta pausa alguna en un atleta. La poesía es aquello inmanejable e imparable, dándose en el cuerpo de la poeta. Ella escucha su respiración para desmentir a la muerte. Este acecho constante, este esperar como un animal que se oculta, inmóvil, de los cazadores, es la vida. Una vida que es ir muriendo, ir siendo testigo del propio tránsito que la vida es: la vida como la forma más coherente y cotidiana de la muerte. La muerte lo es todo, en realidad. Enseguida el poema se quiebra, se separa en dos voces: se hace díálogo. Ella y yo (Estoy muriendo, dice ella...). Es la misma persona, la que muere a cada instante que vive y la que vive esa muerte sin parar, condenada a mirarla con una lupa gigante todo el tiempo. La poesía es esa lupa. La voz debe escindirse para comprenderse completamente, para escribir el único poema posible que se escribe sin pausa, hasta el final. El verso que toma de Emily Dickinson (Mi vida se cerró dos veces / antes de cerrarse) concuerda con los dos yoes, el yo que se va hacia la muerte y el yo que ve al otro irse y le dice que se quede en la vida. Ambos, juntos, son el yo llamado "Ana Cristina César", que es una persona que escribía pero también un discurso que se dice a sí mismo sin parar. La poeta sólo puede inscribir un espacio, una marca de tiza, un terreno de juego para el deporte poético que el atleta atónito practica sin cesar. Ese espacio es el único posible, la cancha donde ella se dice y se mira a sí misma, donde se saborea y se huele la paradoja de la dicotomía entre morir y vivir. El resultado del partido: vivir y morir no son cosas distintas. Somos testigos en nuestro propio cuerpo del milagro del mundo, de cómo nos vamos yendo. Cuando la propia fascinación que se hace discurso cesa de escribirse a sí misma, la muerte real y física llega. Ana Cristina César se suicidó en 1983. Saltó al vacío desde el balcón de su casa desde un séptimo piso en presencia de su familia cuando sólo contaba 32 años. Si fue forzada, ayudada, o decidió suicidarse, sigue siendo a día de hoy una incógnita difícil ya de resolver. En otro poema, la poeta confiesa: "Tengo que atarme al velamen con las propias manos". Como Ulises, debe atarse para resistir la tentación del canto de las sirenas que la convocan para morir; pero la diferencia es que ella no usa ninguna cuerda. Usa sus propias manos: atarse a sí mismo con las manos es una ingenua treta de niño que se engaña a sí mismo. No podrá resistir la belleza de ese canto. Utiliza lenguaje femenino y fragmentario, de una originalidad y radicalidad extrema, diríase: "Llego a parecer ingrata./ No, Pedro, no quiero jugar más a puta." Vivió su poesía para sentir que moría con ella: "desmintiendo lo que muere a cada instante". Su poesía es, pues, un saborear la paradoja de la dicotomía entre su vivir y su morir, que en definitiva no son cosas tan distintas, pues nacemos y vamos muriendo conforme avanzamos en la vida. Y, supongo que Ana Cristina Cesar sabía que tenía la obligación de escribir cada día para estar y seguir viva cada día, siendo consciente de que todo esto acabaría cuando terminase su discurso poético. Seguramente su poesía la invadió y se le hizo necesaria para respirar: "También mi boca/ está seca/ por este aire seco de la meseta"; pero ese vivir necesitado es lo que puede cambiar todo: "la luz se rompe a través de los cristales./ Voy a saltar y me agarran el pie." Eterna lucha entre el Eros y el Thanatos: "Me quedo quieta./ No escribo más."

Fue una poeta tan precoz que ya dictaba sus poesías a su madre cuando aún no sabía escribir. Vivió intensa y radicalmente el arte y su vida de lucha contra la dictadura y los liderazgos intelectuales masculinos. Ana C. César desarrolló un quehacer de personalísima intensidad en los cuatro poemarios que integran su obra. Entre la esperanza ("Tengo una vida blanca y limpia esperándome") y el desconsuelo ("No encuentro/ en mitad de todas estas historias/ ninguna que sea la mía"), se mueven sus versos fugitivos y sensuales ("Vamos a tomar el té de las cinco/y te cuento mi gran historia de amor/ que guardé bajo siete llaves"). Mas bajo su cálido verbo nos aguarda siempre la sensibilidad incesante de su sorpresivo decir: "Siempre es más difícil/ anclar un navío en el espacio". La reciente aparición de "Forma sin norma" (Olifante Poesía. Tarazona, Zaragoza, 2006), nos acerca la enigmática voz de esta poetisa brasileña a través de las certeras traducciones que ha preparado para la ocasión Ángel Guinda.

UNA POÉTICA DEL SUICIDIO

Cuando un poeta se suicida enseguida lectores y críticos buscan en cada una de sus palabras un indicio, una premonición, analizan sus versos buscando la causa de tan terrible decisión, como si hubieran tenido siempre en mente la idea del suicidio, caminando como muertos en vida y dejar plasmado en sus poemas lo que les abocara a tomar esa decisión trágica e irrevocable. A veces si las respuestas no están claras se suelen inventar interpretando lo que sus palabras nos quieren transmitir. En realidad, la mayor parte de los suicidas no saben que van a matarse hasta poco antes de abrir el gas o volcarse en la mano los ansiolíticos. Son personas depresivas, amargadas o infelices que, seguramente, han jugado en más de una ocasión con la idea del suicidio, pero el paso suelen darlo en un momento de desesperación. Un suicidio se comete, pero no se planea, no al menos como cualquier otro acto. Pensar en morir es muy distinto a disponerse a morir. Guy de Maupassant, veía en el suicidio, como tantos otros, un acto de poder del hombre ante la fatalidad: "¡El suicidio! Pero ¡si es la fuerza de quienes ya no tienen nada, la esperanza de quienes ya no creen, el sublime valor de los vencidos! Sí, hay una puerta por lo menos en esta vida, siempre podemos abrirla y pasar al otro lado." Sin embargo acabó suicidándose. Hay, también, escritores que pusieron fecha de caducidad a sus vidas, como el poeta Gabriel Ferrater, que anunció a los treinta años que no cumpliría jamás los cincuenta y uno y, cuando llegó el momento de cumplir su palabra, se puso fin de un modo estremecedor, atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Reinaldo Arenas decidió suicidarse cuando descubrió que el paraíso capitalista era igual que el infierno comunista. Hemingway se disparó para matar, junto a él, todo el sufrimiento que le causaba el cáncer que padecía y Bohumil Hrabal, encontró en el suicidio un doble remedio trágico al sufrimiento que le producía la enfermedad, en su caso una terrible artritis, y a la depresión en que lo había sumido la muerte de su esposa. También le ocurrió a Stefan Zweig y Virginia Woolf, el primero por huir de su memoria -igual que Paul Celan, Pierre Drieu la Rochelle o Primo Levi- y la segunda por escapar a la locura. El fracaso literario llevó a la tumba a Maiakovski y a Alfonso Costafreda. El alcohol empujó hasta el cementerio a Malcolm Lowry, a Dylan Thomas y hace poco al poeta Javier Egea. Seguramente nadie mejor que la poeta y narradora austriaca Ingeborg Bachmann, que se quemó viva prendiéndole fuego a su cama, ha reflejado como nadie ese instante anterior al suicidio en su poema "Hablar con un tercero" de su libro No sé de ningún mundo mejor -publicado en España por Hiperión y traducido por Jan Pohl-.

Y he elegido a la

muerte, para todas las

confesiones ella, le he

contado, a esta muerte

disparatada, a la que no

puedo imaginar, a la que

puedo provocar rápidamente,

pero nunca imaginar,

le he contado.

La muerte, a la que le he contado

tiene la amargura de treinta

píldoras, mide una

caída por la ventana, y

le digo, al estar sola

con ella, ella tan larga

tan larga como una caída por la

ventana,

ella tan corta, larga como un sueño,

hasta que le quite al sueño

las preocupaciones por

mí, le cuento a este

tercero.

Digo: hazme ver su

boca, y ese ojo

hazme ver cómo era,

dale marcha atrás,

hazme ver cómo

digo:

Otra vez, y

soy.

La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia. La muerte no convierte un libro en algo mejor de lo que es, porque la obra impresa no puede transmitir si su autor está vivo, muerto o en un punto intermedio entre ambos estados. Lo que les ha otorgado a la gran mayoría de estos poetas un lugar en la historia es la calidad de sus obras, no la tragedia de sus vidas.

Alrededor del suicidio hay toda una mitología, un aura de misterio, como si dichos autores, después de muertos, nos quisieran seguir revelando su pensamiento. Tal ocurre, por ejemplo, con Virginia Wolf. Se cuenta que desde que hallaron su cuerpo en las frías aguas del Ouse, un cisne blanco da vueltas sin parar alrededor del lugar donde se sumergió en las aguas. El suicidio en la literatura se ha magnificado en exceso, pues existen obras maestras sobre el dolor, el sufrimiento, la desdicha y la angustia escritas por autores que murieron en sus camas y nunca buscaron la muerte. Así como poetas que crearon sus versos en medio del infierno, cuando eran perseguidos, veían caer asesinados a los suyos, sufrían hambre y privaciones de todo tipo, acosos, cárceles, torturas y campos de concentración. Y, sin embargo, pensaron que escribir era un modo de salvarse, de vencer a sus verdugos. Si estos poetas no se hubiesen matado, sus creaciones no serían peores por eso y no hay más que leer sus poemas para darnos cuenta de todo el placer del que nos privaron al dejarnos sin una obra posterior que se adivina magnífica, al igual que sucede cuando escuchamos las deliciosas canciones de Hilario Camacho.

                                                                                                                             Ricardo Fernández Moyano

                                                                                                                                       La Casa del Poeta

                                                                                                                              Trasmoz 20-27 de julio de 2007

 

BIBLIOGRAFÍA:

- ALBALADEJO Herrero, Antonio y Ayuso Ayuso, Pedro Pablo Sueños célebres a la luz de la Medicina. Madrid, Ed. Ronhe-Poulenc Farma S.A.E., 1991.

- CASARIEGO Córdoba, Pedro, Poemas encadenados 1977-1987, Barcelona, Seix Barral, 2003.

- CÉSAR, Ana Cristina: Forma sin norma, Zaragoza, Ed. Olifante, 2006. Traducción de Ángel Guinda.

- COMENDADOR, Luís Felipe: "Poetas suicidas" en   www.literaturas.com

- ESPANCA, Florbela: Las espinas de la rosa, Antología poética, Zaragoza, Ed. Olifante, 2002. Traducción de Ángel Guinda.

- GALLERO, José Luís: Antología de los poetas suicidas, Madrid, Ed. Ardora Ediciones, 2005.

- GUINDA, Ángel: Huellas, Madrid, Ed. Poesía, por ejemplo, 1998.

- PLATH, Sylvia, Ariel, Madrid, Ed. poesía Hiperión, 2001.

- V.V.A.A.: Suicidas, Antología, Madrid, Ed. Ópera Prima, 2003. Selección de Miguel Baquero con prólogo de Benjamín Prado.

   

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