«««      El desván de la memoria

   Aproximando fronteras

                                    Lola Buendía López

 

No me canso de andar por tus collados,

de recorrer tu cuerpo y tus colinas,

de sembrar en tu tierra desgarrada

por mi pecho de espadas y de espinas.

               (Carlos Castro Saavedra)

 

Nicolás es un niño colombiano de tez chocolateada y ojos de mirada profunda, tan negros como la boca de una mina de carbón. Asiste al aula de tercer curso de primaria donde imparto clases desde hace ya algunos años. Llegó con su sencillo estuche de escribiente escolar, y la modestia obligada de los que vienen burlando la miseria de su tierra. Es tan tímido que ni siquiera se atreve a colgar su abrigo en el gancho del perchero como los demás niños. Le gusta sentarse solo, aunque no rechaza a sus compañeros. Es parco en palabras, como si temiera que éstas le podrían acarrear alguna desgracia, según recuerda que le decía su papá allá en Medellín:

-Mira "mijo", no hables de cosas de la familia en la escuela, mira que los niños todo lo hablan en la calle y las bocas van en galopada hasta el barrio de "las ollas", donde en la noche se indigestan con el alcohol barato, el pegante y el" bazuco" de las turbulentas calles de la ciudad.

Es posible que su timidez estribe en la posibilidad de molestar al resto de alumnos de la clase, que él los percibe tan seguros, a veces, tan respondones, debido a los privilegios que da la seguridad y la falta de carencias. Nicolás se mantiene en segunda fila; como en la Naturaleza, espera ser el segundo en el bocado que le ofrece el banquete de alguna presa. Ante tanto derroche, sus ojos ávidos, tanto tiempo alimentados con estrecheces, detenidos en la foto fija del miedo, la inseguridad y la pobreza, que a él y a su familia les tenía reservado el destino, observan con cautela la abundante mesa a la que se le invita a participar en esta parcela de España, adonde llegó procedente de Colombia. Dejaba atrás una infancia de miedo e incertidumbre ; un destino que se empeñaba en prohijarlo y que sus papás lograron burlar. Con inteligente precaución, espera modestamente su turno y lugar en esta nueva sociedad escolar, que de momento es la única en la que aspira situarse y participar.

Sentado en el aula, en la fila de los ingleses, es como un pastel de chocolate en un escaparate de merengues. Su color ha provocado algunas reacciones de rechazo en los alumnos, pero él parece ignorarlo, y va poco a poco conquistando su espacio y sus amigos.

Me recuerda aquel cuento en que el Sol, y no el viento, logró quitar la capa de un hombre, protagonista de la historia, consiguiendo ganar la apuesta. Tiene un ligero velo de tristeza en la mirada, pero en lugar de agobiarlo con preguntas, lo dejo que vaya tomando confianza; creo en sus cualidades y en su inteligencia; le ayudaré a duplicar sus talentos.

- Nicolás, cuéntanos un cuento de tu tierra, -le digo.

El sonríe y hace un gesto negativo con la cabeza.

-¿Quieres escribirlo entonces?-le insisto. Hagamos un pacto: yo te contaré una bonita historia por cada redacción tuya.

Accede, y viene buscando la protección de mi oído: -Maestra, de pronto recordé un cuento que me contaba mi abuelita allá en Colombia, cuando no me podía dormir.

Al día siguiente, me presenta la redacción de una leyenda muy antigua: "Bachué progenitora de la Humanidad".Había una vez una mujer que salió de la laguna de Iguaque acompañada de un niño de tres años. La mujer esperó a que el niño creciera para casarse con él. Celebraron el matrimonio y poblaron la tierra. Cuando el mundo estaba lleno de gente, y ellos ya eran viejos, retornaron a la laguna y se sumergieron en las aguas. En su lugar salieron dos grandes serpientes. Según dice mi abuela ellas son las culpables de la maldad que hay en nuestra tierra y en Medellín, que es donde yo nací.

Ella me contaba muchas cosas de cuando era pequeña y su abuelo y su padre trabajaban en las minas y en los cafetales:

-Eramos pobres, pero felices, y nos reíamos mucho. Había respeto por la vida y la gente se moría en su cama...No como ahora, alimentando de carroña las cañadas.

Una vez me dijo que la llevaron hasta los cafetales, llenos de granos rojos y redondos, como cuentas de collares, y a la bajada, en el llano, habían cogido piñas de maíz para asarlas en la lumbre, doradas y crujientes, buenísimas. Pero esto ocurrió antes de que el miedo nos encerrara en nuestra casa...

Aquí acababa la redacción de Nicolás. Entonces yo le contaba un cuento, tal como se lo había prometido; a veces le recitaba un poema de algún poeta de su tierra. Hoy le leí unos versos de Carlos Castro:

Me saben a Colombia los mordiscos

A Patria los abrazos y los besos

Y me saben las sábanas a tierra

Y a tierra las cobijas y los huesos.

Nicolás me sonríe de nuevo. Me gusta su hambre de aprender, su dulzura, su esfuerzo por nivelar los vasos comunicantes de nuestra clase. Es un niño que sabe de sacrificios, de deberes y escaseces familiares. Arrastra en la maroma de sus ocho años los recuerdos de su tierra natal: los amigos que dejó al otro lado del ancho mar, aquel que le tocó cruzar, de orilla a orilla, donde a veces, cuando se baña en este otro, cree estar aún en aquel..., si no fuera por el color de la arena y de las caras de la gente, todas de café cargado y torrefactado, y la música y el ritmo de las voces de su abuela cuando cantaba: "Amor se escribe con llanto...Amor que sembraste un día rosas de esperanza..."

Aún parece estar oyendo algunas de las consejas que le repetía después de este desahogo:

-Mira papito, los niños que" echan vicio" están amarrados por las drogas. No te andes metiendo pegante. No vayas por "la olla", allá puede que te la monten. Allá solo acuden los que tienen " una liebre pendiente", para ajustar cuentas, y los camellos y los pelaos a comprar y vender la coca.

Como maestra de Nicolás, necesitaba conocerle mejor. Un día cité a sus papás para hablar acerca de él, para saber cómo había transcurrido su infancia y la vida de ellos mismos allá en Colombia; quería saber porqué decidieron venir acá.

Pues no más eran una familia trabajadora; de campesinos de cualquier parcela; casados amorosamente con la tierra; empeñados en que fuera su despensa. Pero un día la tierra se doblegó ante los que la hollaban: eran los nuevos sembradores de marihuana y amapolas. Humillados al dinero, los campesinos pronto comenzaron a extender sus plantaciones más y más alto, más adentro, allá donde permanecieran ocultas a los ojos de las autoridades militares.

La llamada del dinero fácil envenenó a masas de campesinos que huían de las ciudades para adentrarse en las montañas y allí poder traficar con los jíbaros que les compraban la cosecha.

El papá de Nicolás no cedió al chantaje de los capos ni al brillo del dinero. Pronto, su nombre fue de boca en boca por las tabernas de los barrios marginales de la ciudad, cuando éstas bajaban a beber en las noches, desde sus guaridas, allá en la espesura, y las lenguas se volvían ágiles, desprendidas del abotargado cerebro. La maledicencia se arremolinaba en los rincones como el humo de los cigarros y de la marihuana que nublaba la taberna.

 

-Sebastián no es de los nuestros..

-Quizás se ha vendido a las fuerzas armadas...

-Hay que vigilarlo, no es de fiar...

Y Sebastián evitaba la noche y se parapetaba en su casa guardando a su familia Temía por su mujer y su hijo. Cerraban las ventanas para que la luz no los delatara; allí, acompañados por el miedo, apuraban la velada contando historias que recordaban de boca de sus abuelos, de la memoria en otros tiempos compartida.

Nicolás iba a la escuela con otros hijos de campesinos. Su mejor amigo era"el chinche", le llamaban así porque siempre estaba molestando; era de los que le gustaba picar la sangre, pero no tenía maldad. No era buen estudiante, y no se llevaba bien con su padrastro. Algunos días Nicolás y él se escapaban hasta las afueras de la ciudad y no iban a la escuela. Cuando regresaba de sus escapadas, sus papás le regañaban:

-Nicolás, no están los tiempos para andar por ahí rumbeando, con todos esos hombres armados sueltos.

El niño les contaba que no más se iban hasta el pozo de una mina de oro abandonada. Allí jugaban a ser buscadores de oro, como en una película americana que vieron juntos el chinche y él. Después regresaban a la hora de la salida del colegio para no despertar sospechas.

Un día el chinche no fue a clase , ni al otro, ni al siguiente...Nicolás le preguntó al maestro, pero éste no sabía nada de él desde hacía bastantes días.

Al llegar a casa, mientras comían, el niño dijo a sus papás que oyó murmurar al maestro: esta ciudad se ha vuelto triste y extraña.

-Papá, esta mañana llegaron al colegio dos hombres vestidos de soldados, llevaban fusiles al hombro. Estuvieron hablando con el maestro. Creo que tenía que ver con el chinche, porque señalaban a su banca. Sus caras estaban muy serias y yo tenía miedo de que le hubiera pasado algo malo. Cuando se marcharon, el maestro nos preguntó si sabíamos que el chinche se había escapado de su casa, que al parecer dormía en el barrio de "las ollas" desde hacía semanas y que andaba" metiendo vicio" y atascando sus pulmones de pegante y otras sustancias químicas que le iban a matar.

Unas semanas después, al volver de la escuela, Nicolás se lo encontró en un cruce del centro de la ciudad, estaba aguardando que se pararan los coches para limpiarles los cristales.

Se acercó a él y le dijo:

-!Qué pena con usted! Que ya no va por la escuela, que ha olvidado a sus amigos..., que dicen que anda metiendo vicio y durmiendo en la calle...

El chinche lo miró, sacó una bolsa, se la arrimó a la nariz y la infló; aspiró con ansiedad el pegante que contenía, y, después, se la dio a Nicolás para que lo probara. Pero él no lo aceptó.

- " No le queme más frío a la calle, chinche."No le de más cuerpo a los tongos para que le anden pegando."

Entonces el chinche le dijo que en su casa le pegaba el novio de su madre si no llevaba dinero; tenía que robar si no quería que le dieran una paliza. Así, pues, decidió irse a dormir a la calle, ahora era un niño "desechable", como les llamaban ahora en Medellín, o en Metrallo, nuevo nombre con que habían bautizado la ciudad, por lo peligrosa que se había vuelto. Le enseñó una navaja que se había conseguido para defenderse. Sus ojos se le cerraban como si tuviera sueño y, de cuando en cuando, una tosecilla no le dejaba seguir hablando.

A los pocos días, el maestro mandó llamar a los padres de alumnos:

-No quiero asustarles, pero la sociedad en Medellín se está corrompiendo; la ciudad es peligrosa y sus hijos corren peligro.

Luego nos puso un vídeo que había grabado de una cadena de televisión, donde los niños de la calle dormían, y andaban peleando hasta matarse por una simple partida de cartas perdida. Un grupo de niños cantaba a ritmo de Rap:

"pun...pun...pun...,cuchillos, pistolas, ametralladoras..., andando por las calles, lo más atrevido...andando con cuchillos...,bazuco por aquí, cocaína por allá...,éste es el infierno de mi sociedad."

Cuando llegaron a casa, Sebastián dijo a su familia:

-Tenemos que marcharnos si no queremos que Nicolás acabe como uno de estos niños, matando o viendo matar, o acaso siendo él el muerto.

La mujer miró a su marido, a Nicolás...; hizo una última concesión al miedo; se levantó y comenzó a vaciar los armarios.

Sebastián tenía familiares en España y, a través de ellos, pudo conseguir trabajo: de

jardinero para él, y de asistenta para su mujer. El pasaje les agotó todos sus recursos económicos.

Allá, en Colombia, quedaron las abuelas: las de Nicolás y las otras. En un país abandonado de la mano de Dios...ellas tenían que tomar el relevo. Con las abuelas no se atreven los grupos militares o paramilitares de cualquier lado; porque, por muy corrompidos que estén los hombres, y por mucho que se humillen ante el poder y el dinero..., hay algo en sus genes que les impide atentar contra sus vidas. Es un miedo ancestral; una presencia viva que parece emanar de las entrañas de la Tierra, de la Pachamama,-el origen de un mal se puede atajar con una ofrenda-, ellas están preparadas para el sacrificio; es como un agua pura que les librará del cieno de sus malas conciencias. Las ancianas madres siempre se quedan, para restablecer el orden allá donde sus torpes y equivocados hijos mancillaron la tierra que les dio cobijo.

Año tras año, permanecen como los gruesos troncos de los macizos árboles, afrontando tempestades y riadas; sintiendo cómo se desgarran sus ramas y el viento se las lleva a otras tierras hermanas, pero, sin embargo, tan lejanas:

"Amor se escribe con llanto..."

Los papás de Nicolás, ya instalados en la nueva tierra de acogida: en este pueblo andaluz, que, como muchos otros, parece un gran puzzle racial, se empeñan en que no olvide lo que dejó atrás, en su país: a sus seres queridos, a sus amigos, los hermosos paisajes de Colombia, las bonitas leyendas que le contaba su abuela al irse a la cama...

-Mamita, cuéntame la historia del río Magdalena: "el origen de las razas":

"Los indígenas cuentan que existía un río de leche, todos los seres humanos eran negros.

Un primer grupo se acercó al río y se bañó en él. Al salir, su piel había perdido el tono original y se mostraba blanca; de allí salió la raza blanca.

Más tarde, otro grupo se acercó y se bañó en él y salieron los orientales (raza amarilla), que quedaron de ese color porque el agua había quedado un poco sucia.

Llegó otro grupo y se bañaron en el río de leche ya sucio, y de él surgió la raza indígena; ya con su piel más oscura porque no alcanzaron a blanquearse del todo.

Al bañarse ellos quedó muy poca leche limpia, y el último grupo, sólo alcanzó a sumergir la planta de los pies y la palma de las manos; de ese grupo salió la raza negra."

 

Los papás de Nicolás le enseñan a ser agradecido, a que valore lo que este nuevo país, España, les está dando; cómo va a mejorar su vida; las cosas que va a aprender en la escuela;

los libros maravillosos que podrá leer; los deportes que practicará..., para tener la oportunidad que allá en Colombia no tuvo. Él obediente, aprende rápido todo lo que sus papás y sus profesores le muestran con cariño. Y cuando sus papás regresan los fines de semana, después de mucho faenar, Nicolás busca en la bolsa los regalos que él no ha tenido nunca y que ahora le van llegando para complacer sus sueños: los bonitos cuadernos de tapas de colores; las cajas de rotuladores; la tortuguita que es sacapuntas y por la cabeza afila los lápices; la regla para rotular preciosas letras como las de las portadas de los cuentos; el lápiz bicolor, por un lado azul y por el otro rojo...; tantas cosas que nunca tuvo y que ahora llenan la mochila,- regalo de su padre con el primer sueldo que ganó-, con ruedas de color naranja y muchos bolsillos con cremalleras.

A cambio él les muestra sus tesoros, laboriosamente realizados de lunes a viernes: sus cuadernos de escritura preciosamente separados con grecas de colores, donde siempre destacan unas extraordinarias B en color rojo que le rotulo en los márgenes de los mismos.

También les cuenta lo que aprendió esta semana: ahora sabe que el sol no está solo; que nueve planetas dan vueltas a su alrededor, entre ellos la Tierra, y que si el Sol se apaga, nos moriríamos de frío y de oscuridad; que el agua siempre está viajando: primero por un río, después en una nube por el cielo, luego en muchas gotas que caen hasta el suelo. Y para colmo... hoy ha visto en un globo del mundo que hay en la clase, dónde está Colombia, y a él le ha parecido que estaba muy cerca de España... ¡si casi los podía abarcar con la palma de su mano!

 

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