| ««« | El desván de la memoria |
La belleza incompleta de la luna Mercedes Martín Alfaya Laura fue una niña vivaracha y dulce a la que su abuela enseñó a no pronunciar la "u" cuando llamaba a Miguel y a no comerse las letras cuando gritaba que la luz del baño estaba "fundía". A su padre le gustaba presumir de hija cuando, a los dos añitos era capaz de distinguir los números que identificaban los autobuses del barrio. Por eso, los domingos por la mañana, en la parada más próxima al kiosco de periódicos, el hombre fingía no identificar el número del transporte para que su retoño se luciera, Papá qué autobús tenemos que coger, El cinco, pero aún es pronto para que venga, Pues ese es el tres, ya falta poco. La gente no podía evitar volver la cabeza ante semejante desparpajo y, Manuel, más ancho que largo, les dirigía una mirada indiferente asumiendo su privilegio, Qué años tiene la cría, Acaba de cumplir dos, pero habla desde los dieciocho meses. Claro que, esa no era la cuestión muchos niños parlotean con esa edad pero pocos se saben la numeración hasta el diez. Sin embargo, lo que peor llevaba el padre era esa especie de lógica innata que fluía de una mente tan diminuta haciendo de cada pregunta una cuestión existencial, Papá si el autobús vale duros y nosotros pagamos el billete, ya mismo es nuestro ¿no?, No, cariño, eso no es así, Por qué no, Porque el autobús no se vende, Entonces de quién es. Cuando Manuel regresaba a su casa comentaba estas cuestiones con su mujer que tampoco sabía cómo explicar a una niña de dos años el significado de servicio público o amortización. Los padres de la criatura, también aprendieron a utilizar las palabras adecuadas en presencia de su hija, para evitar situaciones comprometedoras como las ocurridas unos días después. A Laurita le encantaba quedarse a dormir en casa de la abuela Mercedes y los padres nunca se opusieron al capricho. Los más beneficiados eran los vecinos de la anciana; la alegría de una criatura tan vivaracha como aquella siempre era bien recibida, Doña Mercedes, ¿otra vez le han dejado a la nieta?, Sí, la trajo mi hijo esta mañana pero si veis que da mucha lata la pongo a pintar dibujitos, Que va, si es muy rica, ya la escuchamos por el patio. Pero el más orgulloso era D. José María, el abuelo. Se le caía la baba con aquella cotorra; sobre todo cuando las vecinas tiraban de la lengua a la enana, Laurita, ¿has visto el bebé de Carmen?, Sí, pero no tiene pelo y llora mucho. Carmen era madre soltera y vivía con sus padres pero su hijo aún era pequeño para deleitar al vecindario, Llora porque no juegas con él, insistían las de abajo, No, es porque quiere comer, contestaba Laura mientras repasaba un desconchón de la barandilla con el dedo. Aquel día las vecinas pudieron comprobar el alcance y ocurrencias de la chiquilla cuando la madre del bebé se asomó al patio para mostrar su retoño a la pequeña. , Hola, guapa, mira, aquí tienes a Ramón, ves cómo te mira. Pero Laurita, a pesar de su carácter desenvuelto y alegre ya mostraba signos de ruborizarse delante del sexo opuesto aunque enfundara pañales, ¿Quién te ha hecho esas trenzas tan lindas?, prosiguió la recién parida para no perturbar a la niña, La abuela, contestó Laura escondiendo la cara hasta que escuchó llorar al pequeñín recriminando a la madre con todo ímpetu, Pero bebe leche que por la teta te va. Un coro de risas hizo que la abuela terminara con el espectáculo, más por temor a que la nieta soltara alguna grosería ante cualquier provocación. El mayor disgusto llegaba cuando Laurita tenía que volver con sus progenitores. La abuela siempre se quejaba de que no debían dejarla tanto tiempo por aquello de que, luego, la casa parecía un cementerio. La madre también sabía como "chantajear" a su hija cuando se negaba al pescado, Si no comes no volverás a quedarte con los abuelos. Y como la pitusa lo cogía todo al vuelo, allá que iba con el cuento, Abuela ¿sabes que mi madre ya no quiere que me venga contigo? La yaya, que temía que la madre estuviera celosa de sus mimos, aprovechaba alguna que otra visita a solas de su Manolito para preguntarle sobre la cuestión y este, cuyo adjetivo para calificar a la autora de sus días era el de una santa, procuraba tranquilizar a su madre con algún argumento improvisado para luego comentarlo con su mujer, Tienes que ser más cuidadosa con lo que le dices, ya sabes lo que mi madre quiere a la niña. Rosa, aprovechando la hora de la comida llamó a su hija. Mira Laura, a mamá no le importa que te vayas con la abuelita, lo que ocurre es que tienes que comerte todo lo que te pongo en el plato. Y allá que iba la peque corriendo a los brazos de la abuela en la visita siguiente, Abuela ¡que ya quiere mi madre que me venga! Cuando Laura cumplió los tres años se empeñó en ayudar a batir los huevos de su tarta de cumpleaños y la abuela le proporcionó un banquillo para facilitar su acceso al pollete de la cocina. El infortunio quiso que Mus, el gato de la familia, rondara por allí en busca de algún descuido para hacerse notar. El felino se ponía muy nervioso cuando la niña estaba cerca; cuestión de reclamo ante la ignorancia. El caso es que la pequeña le pisó el rabo y este descargó su inquietud arañándole la pierna. No hubo contemplación, el animal fue sacrificado al amanecer del día siguiente, (habría sido antes si el abuelo hubiera tenido conocimiento del hecho en el instante en que se produjo.) El primer día de colegio fue todo un acontecimiento para Laura. Su madre le compró una sillita verde; porque a las guarderías de barrio en aquella época había que llevarse la silla, y allí estaba ella, muy despabilada, con su asiento arrastras intentando averiguar cuál era su mesa. Se pasó la mañana jugando con plastilina y empolvándose la cara de tiza; porque a esas edades los niños aún practican lo que se llama el "juego en paralelo", o sea se, en solitario. Ya en el recreo hizo de las suyas tirando el papel del bocadillo al suelo. Si la hubiera visto su madre seguro que culparía a la abuela de no regañarle lo suficiente, pero para eso está la seño, Laura, recoge ese papel y lo llevas a la papelera. Pero ella no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. La maestra, ante aquella negativa se vio obligada a tomarla de la mano y castigarla en un rincón. Entre sollozos ya se le escuchó decir: A que llamo a mi abuelo el del gato. De lo que se deduce que las campañas de publicidad dirigidas a los más pequeños basan sus eslogan en el criterio más sencillo del mundo, la minuciosa observación de las reacciones del público al que van dirigidas. Doña Ana, la maestra, llegó a la conclusión de que la niña pasaba demasiado tiempo con los abuelos. Pero Laura, cuando lanzó su amenaza sobre aquella gorda y pintorreada mujer que la forzó, hasta que casi hubiera podido rescatar el envoltorio con los dientes, lo único que recordaba era al pobre gato colgando de la cuerda del patio por atreverse a tocarla. Lo de dormirse en la clase era otro cantar; más que nada porque parecía justificado. Laura había descubierto que desde la ventana de su dormitorio se veía la luna y que parecía su amiga. Seguro que fue su padre el que la puso allí, en el cielo, para que pudiera hacerle compañía por las noches. Subió la persiana de madera hasta arriba y sin soltar la cuerda de plástico que la enrollaba se quedó mirando aquella esfera luminosa. Una muñeca, eso es lo que parecía, la muñeca de una postal sujetando un paraguas mientras alza los ojos al cielo. Pero Laura, con una extraordinaria capacidad para conectar acontecimientos, se acordó de aquella niña paralítica que había visto en su colegio, Quieres que sea tu amiga, preguntó a la luna. Al ver que no recibía respuesta pensó que estaba enfadada, entonces agarró su osito de peluche y lo levantó hacia ella, Te lo regalo. No se sabe bien lo que vieron los ojitos de Laura, el caso es que su rostro dejó entrever una encantadora sonrisa. Por eso, cuando la luna desapareció al cabo de unos días, ella se sentía feliz de saber que tenía una amiga que podía volar y que, algún día vendría a por ella. El peor aprieto de su vida le vino el día de su primera comunión. Las niñas a los siete años no suelen estar embarazadas ¿no? Pues Laura no sabía esto. En su bloque de tres plantas y cuatro vecinos por tramo, vivía un chico llamado Faustino al que Laura no le quitaba ojo cuando jugaba a la pelota en la calle. Pero el momento mejor del día era la hora de la novela: "Simplemente María". Las vecinas solían reunirse en casa de Paquita, la del segundo, mientras el sonido de la radio teñido de aroma a café subía por el patio. Faustino, Eduardito, el del primero y las mellizas se quedaban en la escalera jugando, y Laura consiguió convencer a su madre para que ella y su hermana pudieran hacer lo mismo. Fue entonces cuando parece que Laura se embarazó. Habían decidido jugar a los padres y Faustinín (como su madre le llamaba) la eligió por esposa. Los demás serían los hijos. Una manta vieja era suficiente para la vivienda familiar. Los niños se iban al cole y el padre volvía del trabajo, Hola cariño, ya he vuelto ¿está la comida?, Sí, vete para la mesa que enseguida te la pongo. Es curioso como los niños asumen los roles con tanta veracidad que son capaces de perfeccionar la pronunciación y reproducir acciones. La sorpresa vino cuando el chico, ante la intimidad del "hogar" y dado que los "hijos" estaban jugando fuera, se le ocurrió acercarse a ella y besarla en los labios, ¡Un beso en la boca! dijo Laura como si Faustino acabara de cometer un crimen. Se puede adivinar el susto del chico ante el espanto de la niña porque salió de debajo de la manta enfadado, Yo no juego más a esto. Los "hijos" como de costumbre, aunque podían adivinar que había surgido un percance en la "pareja" se mantuvieron prudentes y no preguntaron el motivo de tan drástica decisión. Aquella noche, a punto estuvo Laura de confesarle a su madre que no podía hacer la primera comunión porque el vecinito la había besado en la boca y, como consecuencia, podía estar embarazada. Quizás el susto más que el disgusto, hiciera que Laura se olvidara del incidente cuando se miró al espejo con aquel vestido de princesa. En vano fueron sus intentos de aparecer tan bella delante de su "principito". Por más empeño que puso Rosario, la supuesta "suegra", en que su hijo viera a la vecinita de primera comunión no consiguió el "culpable" diera la cara. Después de aquello, como suele ocurrir en la vida, la gente sigue su rumbo, los caminos se dispersan y, Laura se mudó con su familia de casa y vecindario; Faustino y el primer beso pasaron a mejor vida Aquel barrio era más moderno y allí vivían sus primas, con las que Laura hacía muy buenas migas. Pronto se formó una pandilla mixta que amenizaba las tardes de domingo jugando a las prendas, De quien sea esta prenda y prenda qué debe hacer, Pues, darle un beso en la boca a la niña que le guste. Si no llega a ser por aquel juego Laura nunca se hubiera enterado de que Raúl andaba loco por sus huesos. Y así fue como el segundo beso (esta vez más tranquilizador) llegó a los labios de Laura. Las monjas eran muy estrictas con eso de "mezclar". Así es que, con referencia al sexo, la etapa del colegio religioso sirvió más para ampliar la teoría que la práctica. Eugenia, su amiga y compañera de pupitre, se encargó de ponerla al día, Laura, no seas tan descarada, que mañana en tendrás que rezar el rosario en el recreo por mirar tanto la bragueta a los chicos. Sucedió que Laura se engatusó con la literatura o mejor dicho con los versos que escuchaba de boca de aquel joven profesor contratado; era tan guapo. Cuatro eran las asignaturas en las que las religiosas no intervenían; matemáticas, química, lengua y literatura y gimnasia. El día que tocaba deporte, además de la cartera había que cargar con el macuto, aunque lo peor era vestirse y desnudarse en la clase; siempre se quedaba la última, hasta que un día pasó la vergüenza del siglo cuando entró el de mates y la pilló en sujetador. Sólo se le ocurrió comentar por lo bajito, Quién inventaría los números primos. A veces, uno tiene sus quejas y se entiende con sus palabras. Estaba claro que a los trece años Laura ya distinguía lo que era un hombre como Dios manda de un repugnante mirón. También estaba la señora de Mendoza que una vez a la semana impartía la clase de Formación del Espíritu Nacional, asignatura que a ella le parecía espantosa, no se sabe bien si por la esquelética y malformada figura de doña Rosario de Mendoza o por tener que memorizar aquellos incomprensibles contenidos políticos. Fue un día del mes de Mayo, cuando a las mojas se les ocurrió hacer una excursión a la sierra. También se rezaba el rosario mucho más que en otra época del año. "El mes de María" como las religiosas lo llamaban venía acompañado de ofrendas florales, misas cantadas y recreos con discurso. La madre Preciosa Sangre, era la encargada de impartir las charlas y enseñar el arte de fabricar colonia recogiendo flores de azahar en un frasquito con agua y alcohol. En aquella expedición al campo no faltó la bolsita de plástico para recoger pétalos de otras especies. A la hora de comer se acercaron a un convento donde ya esperaban al grupo. El hermano Rodrigo fue el encargado de darles la bienvenida y pasarles al comedor. Aquel recinto no estaba preparado para recoger tanto alboroto que rezumaba entre los muros y ascendía hasta quedar atrapado en la altura de los techos. El sol de la tarde acompañó la merienda en el jardín. Fue allí donde Laura y su compañera se aventuraron a indagar aquellos recovecos llenos de vegetación, para ver si conseguían el mejor aroma floral. Era alto, delgado, con nariz aguileña y pobladas cejas. El hábito infundía respeto y fue lo que propició que Laura olvidase las recomendaciones de su madre sobre la proximidad ante los desconocidos, Hola, ¿qué tal? ¿Os gusta el jardín? Su voz era melódica, tranquila, acaramelada. Eugenia, la compañera de Laura le dedicó una mirada reticente mientras guardaba su frasquito de agua con flores en el bolsillo del uniforme, Hola, dijo Laura con sus ojillos vivarachos y la inocencia propia de sus diez años; sólo había conocido a un cura en su vida, el que la confesó para la Primera Comunión. Don Francisco era un hombre encantador que amaba a los niños como criaturas de Dios. Eugenia comenzó a caminar hacia atrás, como si intuyera algún peligro, Vamos Laura, volvamos con la madre María. Pero la pequeña ya había sido inducida por la mirada penetrante de aquel hombre del que comenzaba a sentir pavor. Parece que Eugenia tuvo más suerte. Al sentirse ignorada no tuvo ningún reparo en salir corriendo dejando a su amiga en manos de aquel hombre con sotana, Cómo te llamas pequeña, Laura, señor, Me gusta ese nombre y a Dios también le gusta. ¿Sabes? Hay muchos niños que me quieren porque yo puedo hablar con Dios y transmitirle lo que me cuentan. ¿Te gustaría que él supiera lo mucho que le quieres? Laura no contestó, A ver, dame un beso, dijo poniendo la mejilla, Uy, uy, uy, me parece que no quieres mucho a Dios. ¿Qué tal un fuerte beso en la boca? Parece que fue entonces cuando Laura se dio cuenta que su amiga había sido más lista que ella, pero era tarde. Aquel hombre con sotana, alto, delgado, de nariz aguileña y pobladas cejas tomó a Laura en sus rodillas y la besó en la boca. Jamás le contó a nadie lo ocurrido. No quería que supieran que había sido una niña mala, pero ya nunca más volvió a conversar con la luna para que no viera sus lágrimas. Y fue así como Laura después de recibir su tercer beso en los labios comenzó a odiar a los curas. La vida se encargó de correr un tupido velo sobre el recuerdo de aquella tarde, pero los fantasmas parecían empeñados en iluminar las sombras infiltrándose en sus sueños. Todavía le quedaban algunos besos que descubrir; no muchos, pero suficientes para borrar el amargor de aquel instante. A los dieciséis años sólo existía una buena causa para no acudir a los guateques que organizaban sus amigas en la casa de turno. La crisálida se había convertido en mariposa y algunos complejos, como su bien formado y generoso pecho aún no era aceptado por la joven. Pero Laura no quería perderse aquellos bailes de domingo con la pandilla, así es que, se las ingenió para disimular su evidencia femenina utilizando una faja tubular que encontró en el cajón de la mesilla de su madre, Ahora sí, se decía mientras aquel trozo elástico apretaba sus senos hasta dejar su tórax como una tabla. Manolito se llamaba el dueño del chalet donde pasaron la tarde. El tocadiscos lo puso la prima de Laura y los discos también: "Sin ti, no es vida si no estás tú, existir, no podré sin tu amor " ¡Qué letras tan románticas! Tanto que, Laura se dejaba arrastrar por la ilusión de verse en los brazos de un príncipe azul de paseo por las nubes. Cerró los ojos para atrapar aquel beso sin derrochar ni un instante. Menos mal, porque sólo fue al abrirlos cuando se topó con aquellas gafas de culo de vaso sobre una constelación de espinillas y granos. Sin embargo el cuarto beso que arrancaron de sus labios sólo le produjo risa. Como dicen que antes de llover chispea, a los pocos años tuvo su primer y único novio con el que los besos en los labios fueron tan abundantes como las gotas de un chaparrón. La boda, los hijos, el cuidado del hogar y todos los pormenores con los que se encuentra una mujer cuando decide entregar su vida a la familia, hicieron que Laura olvidara algunas cosas. Ya no tenía tiempo de pensar príncipes ni besos de amor. Lo más romántico en mitad de la noche era encender la lamparita de la mesilla cada media hora para ver qué le ocurría al bebé. Pero los hijos crecen, el amor deja paso al cariño y las personas que un día te llevaron de la mano desaparecen. Su abuelo hacía mucho que se fue. Y su padre consiguió mantener viva la ilusión de su hija cuando encontró el libro de Rimas y Leyendas de Bécquer en una pequeña caja de cartón que él guardaba entre sus cosas cuando murió. Aquellos versos consiguieron devolverle la magia del corazón. Y es así como Laura, en su madurez decidió escribir una carta que consiguiera recordarle que los sueños tienen que ser lo suficientemente grandes como para no perderlos de vista. Se la dedicó al más especial de los amigos, al que nunca habló de los cuatro labios que le arrancaron la ingenuidad, la sorpresa, el miedo y la indiferencia. Sentimientos que, sólo con los hombres que pasaron un instante por su vida, llegaban a definirse plenamente cuando la lluvia compartida se instaló en su mundo. Pero Laura aún conserva un beso al que le cuelga la etiqueta; un sentimiento sin estrenar, un misterio que descubrir..., el beso de amor. Querido amigo: Confieso que la primera vez que nos vimos no conseguí reconocerte, aunque me hacía gracia que intentaras imitarme. Poco después, cuando el mundo se me hizo grande y no había manera de librarse de aquellas horribles trenzas, tú y yo, nos las arreglábamos con el colorete y algún viejo collar con el que adentrarnos en el mundo de los sueños Pero una día, los almendros florecieron y te volviste exigente, entonces dejamos de vernos. Con el tiempo, me di cuenta de que aquellos cambios formaban parte de una transformación que culminó en la mariposa que había en mí; y los silencios vestidos de invierno dejaron paso a las primaverales razones de la vida. Fue cuando, con la timidez de la primera estrella de la tarde, volvimos a encontrarnos. ¿Recuerdas las horas que pasamos tratando de mejorar mi aspecto para la primera cita? ¿Y la mueca con la que finalizaba mi ensayo de fin de curso? ¡Qué años! ¿Verdad? Más tarde, mi vida buscó otros cauces y las imágenes se sucedían con rapidez. Dejé de prestarte atención; la familia, los hijos, el trabajo hicieron que me olvidara de ti por completo. Alguna vez, escuché que me llamabas desde aquel rincón solitario donde te dejé olvidado, pero no había tiempo para nosotros. Hoy, quisiera pedirte perdón por todas mis ausencias. Me ha bastado deslizar los dedos por tu cristalina existencia para darme cuenta de que sigues ahí, tan generoso como siempre, ofreciéndome la mirada más cautivadora, el gesto más auténtico, la mejor de las sonrisas Ya ves, en el fondo, seguimos siendo los mismos; un reflejo del pasado donde se había acumulado el polvo. Por eso, mi querido espejo, hoy volvemos a estar juntos, como si no hubiéramos dejado huella sobre el mundo; renovar la mirada, limpiar un poco, dejar que las cosas ocurran y quizás algún día aquel deslucido collar terminará transformándose en diadema. No te duermas, amigo, que tenemos trabajo. Quiero estar impecable para el "baile" Cierra los ojos y ve fundiéndote conmigo en esta melodía que traspasa el fondo cristalino y frío que nos separa. No tengas miedo, he vuelto a ti para que se cumpla tu sueño bajo la belleza incompleta de la luna. Laura. |