| ««« | El desván de la memoria |
El extraño Felisa Moreno Ortega
No
sabría decirte con certeza cuándo empecé a sospechar que ya no eras tú,
que otra persona ocupaba tu lugar, que alguien extraño y desconocido
usurpaba tu cuerpo. Al principio se trataba de pequeños detalles, que yo
analizaba mentalmente, sentada frente a ti, viendo como apurabas la sopa
con la mirada perdida en el televisor. Repasaba tu rostro, las cejas algo
más pobladas, los ojos surcados de arrugas, la nariz y la boca, moviéndose
acompasadamente al masticar. Y aunque sabía que eras tú, algo había
cambiado en esa mirada verde oliva, cada vez más extraviada. Por eso seguía
recorriendo tus facciones, para disuadirme de la peregrina idea de que
eras otra persona, esa que a veces veía asomar, mirándome atónita desde
tus pupilas. Mis
sospechas sobre la existencia del intruso se confirmaron el día de
nuestro aniversario, hasta entonces nunca lo habías olvidado. Durante
treinta años, el dos de octubre encontraba una docena de rosas rojas al
volver del trabajo, soltaba el bolso y la chaqueta e iba corriendo a darte
un beso. En las últimas ocasiones ya no corría tan deprisa, el cansancio
y la monotonía pesaban demasiado sobre mi espalda, pero tu ramo siempre
estuvo ahí y mi beso de agradecimiento también. Por la noche nuestros
cuerpos no temblaban con la misma fuerza de los primeros años pero seguían
ofreciéndose cálidos y acogedores, como un atardecer encendido en
brasas. Cuando
me sentía triste, amenazada por el intruso que en ti habitaba, cogía las
cartas de amor, esas que me escribías desde la mili; nunca fuiste un
poeta, pero aquellas frases destilaban algo más que cariño, venían
impregnadas de pasión, una pasión a duras penas contenida por el miedo a
que mi madre pudiera abrirlas antes que yo. Las apretaba contra mi pecho
conteniendo los suspiros, como entonces, y sentía latir de nuevo este
viejo corazón. ¿Cómo
se puede vivir con un extraño?, pensaba porque cada vez me lo parecías más.
Te quedabas observando las gotitas de agua que resbalaban por el cristal y
me preguntabas cómo nos conocimos, yo te miraba atónita y ofendida a un
tiempo. Olvidar nuestro primer encuentro, otra prueba más de que no eras
tú y sin embargo te parecías tanto. Quise contártelo, pero un nudo en
la garganta me impedía hablar, mientras las imágenes pasaban por mi
cabeza y te veía en la cola de aquel cine de verano, mirando
descaradamente mis piernas, justo allí donde se acababan los calcetines,
subiendo hasta el bordado que ribeteaba la falda. Sé que me puse
colorada, incluso recuerdo aquel calor que me sofocó durante toda la película,
mientras tú, ajeno a la pantalla y a mi azoramiento, te dedicaste a
observarme en la oscuridad, con el detenimiento y la precisión de un
científico explorando a través de su microscopio. ¿Se puede olvidar
algo así? Aún
necesitaba más pruebas que me confirmaran que no eras tú, antes de tomar
una decisión al respecto y fue entonces cuando empezaste a acusarme, a
cada instante me hacías responsable de tus problemas, de tus pérdidas,
de tus fracasos. Te volviste irascible, iracundo a veces, dejando de ser tú
por completo, el otro, el invasor se había apoderado de tu ser. Yo
pensaba en marcharme, hacer las maletas y dejarlo porque ya no conseguía
recordar cómo eras, el intruso aparecía cada vez con más frecuencia y
tardaba en marcharse. No podía acostarme con él en la misma cama, compréndelo,
hubiera sido como serte infiel. Por eso me mudé al cuarto de la niña,
ella apenas venía por casa ya. Creo que para no ver al otro, le inspiraba
cierto temor. Ya sabes como es la niña, en apariencia dispuesta a comerse
el mundo pero en realidad camina por la vida amedrentada, como un conejito
arrojado de su madriguera. El
día que olvidaste mi nombre llovía a mares, el cielo amenazaba con
atraparnos en un abrazo húmedo
y mortal. Preparaba la cena
en la cocina, cuando te oí contestar “no,
aquí no vive ninguna Rosa, se ha equivocado”, y colgaste el teléfono
como si nada. Yo te miraba asombrada, las manos mojadas en el paño, la
boca abierta en un gesto de incredulidad. Me quedé tan perpleja que ni
siquiera tuve fuerzas para sacarte de tu error, cada vez tomaba fuerza en
mí la idea de abandonarte, o mejor dicho de alejarme de él, me asustaba
su mirada vacía. Como
te decía, estaba pensando en hacer las maletas y marcharme de casa, tú
solo aparecías en contadas ocasiones y el extraño, casi siempre
presente, me odiaba. Mientras que doblaba la ropa y la colocaba en la
maleta, fui consciente de que desertaba. Durante más de tres décadas,
unidos en una lucha constante, compartimos techo, hijos, hipoteca,
sonrisas, mascotas, gritos, silencios, llantos, pasión, aburrimiento,
miradas, …. Me vi reflejada en el espejo de la cómoda, vi el miedo en
mis ojos y sentí vergüenza. Me observé allí plantada, dispuesta a
marcharme sin mirar atrás, asustada por ese maldito intruso que te
devoraba desde dentro. Estuve así unos segundos, quizás fueran minutos,
observando mi rostro cansado, mi cuerpo vencido por los años y pensé que
sólo te tenía a ti, que sólo me tenías a mí. Me
armé de valor y lo miré a los ojos. Le anuncié que no estaba dispuesta
a rendirme, se lo dije cuando salíamos de la consulta del médico. Allí
se aclaró todo, me explicaron dónde te habías marchado y quién era aquel
advenedizo: “Es una dolencia
degenerativa de las células cerebrales (neuronas) de carácter progresivo
y de origen desconocido. La enfermedad se presenta de forma lenta y
progresiva. Sus principales síntomas son la pérdida de memoria y cambios
en el comportamiento. No es habitual que se presente en una persona de su
edad, es más frecuente en mayores de sesenta y cinco años; pero no cabe
duda, su marido padece Alzheimer”. Ahora
te escribo estas palabras, que leeremos juntos, como siempre, tratando de
retrasar, a base de medicamentos y cariño,
la llegada de ese extraño con nombre alemán
que pretende separarnos.
|