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Gloria, Pelayo y su tren... Ilustraciones y relato: José Manzanares, Mercedes Martín Alfaya, Ramón Alcaraz
Había una vez un tren de madera que vivía en el escaparate de una juguetería. El
tren estaba formado por la locomotora y tres vagones: uno azul, otro rojo
y el tercero verde. Los vagones no tenían techo, pero la máquina que
tiraba de ellos sí. Ésta era de color naranja, con ojitos redondos, una
boquita de luna y una nariz de payaso muy chula. Todos los días, cuando
el dueño de la tienda levantaba las persianas, el tren soñaba que alguna
niña o algún niño entraba en la tienda y se lo llevaba a su casa. Pero
no, allí lo que más se vendía eran patines, bicicletas y balones de fútbol.
Qué pena, pensaba el tren, conmigo se lo pasarían
estupendamente tirando de la cuerda y paseando a los viajeros. Y el
tren se quedaba muy triste detrás del cristal, mientras imaginaba cómo
sería el mundo ahí fuera y la de amigos a los que podría llevar de
viaje en sus vagones. Un día, Pelayo, que ya tenía siete años y volvía solo del colegio, siempre caminando por la acera y atento a las luces de los semáforos, al pasar delante de la tienda se quedó prendado del tren. —¡Qué
chulo! —dijo pegando la nariz al cristal—. Parece una serpiente de
colores. Y entró a preguntar el precio, antes de que nadie se lo quitara.
El dependiente tomó el tren del escaparate y se lo mostró a Pelayo. Le
explicó que había sido fabricado y pintado a mano, y que la madera era
muy resistente. Pero como el tren llevaba mucho tiempo en la juguetería,
se lo dejaba a mitad de precio. Pelayo
le dio las gracias y se fue corriendo a casa para contar el dinero que tenía
en su hucha. —¡Mamá!
—dijo al entrar—. He visto un tren en la juguetería, a ver si puedo
comprarlo—Y subió corriendo las escaleras hasta su cuarto. Al momento,
bajó con su lata llena de monedas y se la entregó a su madre para que la
abriera. —Oye,
hijo, ¿para qué quieres tú un tren con todos los juguetes que tienes?
—preguntó la madre. —Porque
sí. Además, nadie tendrá un tren como el mío. —No,
no —protestó la madre—. No quiero ver más juguetes tirados por el
suelo. —Que
sí... Que yo quiero el tren... ¡Muaaaaaaa!... —comenzó a llorar
Pelayo. —Irás
cuando dejes tu cuarto ordenado —contestó la madre, sin hacer caso a la
llantina. Pelayo
volvió a subir las escaleras para hacer lo que le dijo su madre: el
balón, debajo de la cama; los patines, en el baúl; la maquinita de
juegos, en el cajón; los marcianos, en la estantería y los coches…, ¿dónde
pongo los coches…? Bueno, los coches se pueden quedar en el rincón por
si viene Javi y quiere que juguemos a las carreras. ¡Plas!
¡Plas! ¡Plas!, bajó las escaleras. —Ya
está —dijo abriendo mucho los brazos para que su madre se diera cuenta
de que lo había recogido todo. —Muy
bien. Ahora puedes ir a por tu tren —aceptó la madre, y le revolvió un
poco el flequillo. Pelayo se guardó las monedas en los bolsillos del
pantalón, atrapó su gorra y se fue. —¿Adónde
vas? —le preguntó Gloria, la hermana pequeña
de Pelayo, al ver que atravesaba el jardín con tanta prisa. —Donde
a ti no te importa —contestó
él, sin querer darle explicaciones. —Bueno…
—dijo Gloria mientras hacía caminitos para las hormigas.
Pelayo entró en la juguetería, colocó todas las monedas en el
mostrador y le dijo al hombre: —Aquí
tiene, vengo a por el tren. Al
escuchar que un niño quería comprarlo, el tren se puso muy contento.
Incluso dejó caer una lagrimilla de felicidad. El
hombre colocó el tren sobre el mostrador: —
Cuídalo mucho. Es un tren muy especial. —Claro
—dijo Pelayo—. No pienso dejar que nadie lo toque. Pelayo
no quiso que el hombre le envolviera el tren ni se lo metiera en ninguna
bolsa. Se lo llevó así, en las manos, para que todo el mundo lo viera;
pero solo mirar, sin tocarlo, que era suyo. Por el camino, de lo contento
que estaba se puso a silbar. Los pájaros, subidos en las ramas de los árboles,
lo miraban cuchicheando: “Pelayo ha comprado un tren, qué bien”. “Sí,
a ver si nos da un paseito”. “¡Qué bonito!”. Y
así, silbando y con su tren, que parecía una serpiente de colores,
Pelayo llegó a casa.
Gloria,
que andaba recogiendo caracoles en una cesta, corrió con sus
coletas rubias y su camiseta de margaritas para ver lo que traía
su hermano.
—Quita, quita— dijo él, empujando a la hermana—. No te acerques a
mi tren que lo puedes estropear—. Y Gloria se quedó muy seria mirando
como Pelayo entraba en casa sin dejar que se acercara. Vaya.
Pues los juguetes son para divertirse, pensó Gloria retorciendo el hocico de enfado —los caracoles
aprovechaban el momento y se le salían de la cesta—. Bueno, ya lo
veré, se dijo. Y se fue corriendo detrás de una mariposa con
antifaz. —¡Espere!
Señora mariposa. Que mis caracoles quieren ir a la fiesta, ja ja.
Pasaron dos días y Gloria no volvió a saber nada del tren que
trajo Pelayo de la juguetería. Ella confiaba que en algún momento lo
sacara al jardín. Sin embargo, Pelayo guardó el tren en su cuarto y
nadie más lo vio. Una
noche, cuando toda la casa estaba oscura y silenciosa, Gloria
escuchó un llanto. Bajó despacito de la cama, metió los pies en
las zapatillas y se acercó de puntillas al cuarto de Pelayo, que dormía
como un tronco. Allí, desde el baúl que había debajo de la ventana, salía
una vocecilla triste que decía: —Quiero
salir, quiero salir... Entonces Gloria, con mucho cuidado para no despertar a su hermano, abrió el baúl y descubrió el tren. —Oh,
qué bonito eres. ¡Chsssssssss! —le advirtió—, vas a despertar a
Pelayo. Mañana te sacaré de ahí, trenecito, y podrás pasear por el
jardín. No llores, que lo vamos a pasar muy bien, ya verás. Cerró el baúl
con cuidado y se fue a su cuarto sin hacer ruido. Vaya.
¿Por qué habrá metido Pelayo al tren en el baúl? Pobrecillo,
pensaba Gloria. Y cerró los ojos muy fuerte para que llegara pronto la mañana
y rescatar al tren. Aquel
domingo, el sol se coló temprano por las ventanas y Gloria se despertó: —Huy,
ya es de día —dijo restregándose los ojos. Y bajó a la cocina a
desayunar. Mientras se tomaba la leche con cereales, Gloria miraba de
reojo a su hermano, hasta que éste le preguntó: —¿Por
qué me miras tanto? Y
ella contestó: —Por nada. Por nada. Pelayo
dejó el tazón vacío en el fregadero y le dijo a su madre que se iba a
casa de Javi a jugar. Y Gloria, al escuchar esto, se puso muy contenta,
porque así podría sacar del baúl al pobre tren y pasearlo un ratito. Cuando
vio a Pelayo atravesar la verja de casa con sus patines, Gloria subió
corriendo las escaleras y entró en el cuarto de su hermano: —Ay,
quiero salir. Está muy oscuro —se
lamentaba el tren. —Ya
voy, ya voy —contestaba Gloria. Abrió el baúl y lo sacó. —Vamos,
vamos, trenecito. Y
el tren miró a la derecha…, luego a la izquierda…, y levantó la máquina
de tirar de los vagones para sonreír a Gloria. —Venga,
vamos a dar un paseo —dijo Gloria sujetando la cuerda de tirar del tren.
El trenecito, entonces, estiró las ruedas, que se le habían dormido de
no usarlas, sacudió los vagones para despertarlos y se puso en marcha. —Chú-chú, chaca-chaca. Chú-chú,
chaca-chaca —canturreaba
mientras daba vueltas por la habitación.
En ese momento, volvió Pelayo a por su gorra, que se le había
olvidado, y cuando vio a su hermana con el tren, se lo quitó enseguida,
muy enfadado. —Deja
eso y vete con tus muñecas. Las niñas no juegan con trenes. —¿Por
qué no? —preguntó Gloria extrañada. —Simplemente,
porque no —contestó él. Y volvió a meter el tren en el baúl para que
nadie lo tocara. El tren, al
verse otra vez a oscuras comenzó a llorar: Y
lloraba… Y
lloraba… Y
lloraba muchas lágrimas. Sin
embargo, Pelayo no le hizo ningún caso. Cogió su gorra y se fue.
Gloria pensó que no era justo que su hermano hubiera comprado
un tren para encerrarlo allí; así es que, aunque el juguete no fuera
suyo y no estuviera bien tocar las cosas de los demás, ella era la única
que podía
ayudar
al pobre tren. Se sentó en
los escalones, miró al techo y pensó: ¿qué
puedo hacer…?
—¡Eso es! —dijo, al fin. Fabricaré un tren igual que el de
Pelayo, pero de mentira. Lo meteré en el baúl y me llevaré el trenecito
de madera para que él no se dé cuenta de nada. —Papá, ¿me ayudas a construir un
tren? —le preguntó al padre, que andaba limpiando el sótano—. Verás,
quiero que los vagones sean así de grandes (y le mostró la medida con
las manos). También quiero que tenga unos ojitos redondos, una sonrisa y
le pongas una nariz de payaso. Ah, y que tenga ruedas y una cuerda para
pasearlo. El
padre buscó en el cubo de reciclado unas cajas de leche vacías para los
vagones y unos tapones de refresco para las ruedas; los botones de una
camisa vieja sirvieron para los ojos, un globito rojo para la nariz, y la
boca la pintó con rotulador. Y, así, Gloria y su padre terminaron el
tren de cartón utilizando cajas de leche vacías y otras cosas usadas que
se pueden reciclar. —Jo,
qué bien ha quedado —exclamó la pequeña—. Muchas gracias, papá.
—Y se fue corriendo. —Tranquilo,
trenecito, que ya llego —decía mientras subía la escalera hasta el
cuarto de Pelayo. Abrió el baúl, sacó al pobre tren y colocó dentro el
de mentira, para que su hermano no se diera cuenta si volvía. Luego se
llevó el tren de madera a su cuarto, lo guardó debajo de la cama y le
prometió que todos los días lo llevaría a pasear. El
tren estaba feliz y aquella noche le contó a Gloria muchas historias de
viajes y ella lo escuchó, también muy contenta. Hasta que se durmieron; los
dos con una gran sonrisa en los labios. Al día siguiente, por la tarde, después
de hacer los deberes, Gloria llevó al tren al parquecito que había junto
a su casa. Allí no había peligro de que su hermano lo encontrara.
Además, cuando abriera el baúl y viera el tren de mentira pensaría
que era el suyo. —¿Quieres
pasear en tren? —preguntó Gloria a un caracol que andaba comiendo
hojas. Y
allá que lo subió en el primer vagón. —¿Quieres
pasear en tren? —preguntó a un escarabajo que trepaba por un montículo.
Y
lo montó en el segundo vagón. —¿Quieres
pasear en tren? —preguntó a una rana que no encontraba su charca. Y
la subió en el vagón de cola. —Pí-pí,
chucu-chucu, pí-pí —cantaba el tren, contento de llevar unos viajeros
tan simpáticos como el caracol, el escarabajo y la rana.
Jugar en el parque era divertido. Incluso había un puestecillo
donde vendían algodones de azúcar y piruletas gigantes. Aunque, ese día,
los niños del vecindario se olvidaron de comprar chucherías. Todos se
quedaron con la boca abierta viendo aquel tren de colores que parecía de
verdad. De
pronto, apareció Pelayo. Venía dando zancadas con el tren de cartón en
la mano y traía la nariz arrugada de enfado. Gloria, al verlo, se llevó
tal susto que agarró el tren y lo cubrió con sus brazos.
—¿Qué
significa esto? —dijo Pelayo mostrándole el tren de mentira que Gloria
fabricó con las cajas de leche—. ¿Por qué has metido este tren de
cartón en mi baúl? Dame
ahora mismo mi tren de madera. –Y se lo quitó a Gloria de un manotazo.
Al hacerlo, se cayeron al suelo el caracol, el escarabajo y la rana.
—Huy, huy, huy, qué daño —decía el escarabajo. —Huy,
huy, huy, qué susto —se quejó el caracol. —Ay,
ay, ay, qué golpe —protestó la rana echando chispas.
Entonces, Pelayo lanzó el tren de madera contra un árbol.
El trenecito se quedó allí, tendido en la hierba, con los vagones
rotos y sin ruedas. —¿Por
qué has hecho eso? —preguntó Gloria con lágrimas en los ojos. —Porque
el tren es mío y hago con él lo que quiero. Además, ya te dije que las
niñas no juegan con trenes
—contestó Pelayo. Se dio la vuelta y se fue. Gloria
recogió al pobre tren del suelo y se lo llevó a un banco del parque. El
tren tenía los ojos cerrados y las ruedas y los vagones destrozados. —Pobrecito,
pobrecito. Con lo bien que lo estábamos pasando… —dijo Gloria, y se
puso a llorar. Y
lloró… Y
lloró… Y
lloró muchas lágrimas. En
esto que apareció Moss, el gato de pelo blanco, bigote blanco y gafas,
que siempre andaba por ahí, recorriendo el barrio. —¿Qué
te ocurre, Gloria? ¿Por qué lloras? Y
ésta le explicó que su hermano había destrozado el tren. Y entonces se
lo mostró. El
gato lo olfateó con mucho cuidado, lo miró por todas partes y dijo: —Huy,
huy, huy, parece que está muy mal. Sin embargo, conozco a un carpintero
que podría repararlo. —¿De
veras, Moss? —dijo Gloria abriendo mucho los ojos—, pues dime dónde
puedo encontrarlo. —No,
no —contestó el gato—. Ni los niños ni las niñas deben hablar con
desconocidos. Yo iré por un carrito y le llevaré el tren al carpintero.
Además, me quedaré con él hasta que esté listo.
Cuando el gato volvió, Gloria le entregó el tren y él se lo
llevó cantado:
Trenecito,
trenecito, nuevecito
lucirás, para
viajar por el mundo con
tus vagones detrás. Tralariro-rí;
tralariro-rá. Gloria
recogió del suelo el tren de mentira y se lo llevó a casa (después de
todo, también era un bonito juguete).
Al día siguiente, Gloria volvió al parque:
—Oiga, señor conejo, ¿ha visto por aquí al
gato con un tren de madera? —¿Que
si he visto una nevera? —preguntó el conejo, que era un poco sordo. —No,
no. Una nevera no. Un gato con un tren de madera —le aclaró Gloria
alzando un poco la voz. —¿Un
saco de arena? No, no. No he visto ningún saco de arena.
Vaya,
sí que está loco este conejo,
pensó Gloria. A ver, le preguntaré
al pavo real. —Señor
pavo real, ¿sabe si ha venido Moss, un gato con el pelo blanco y un tren
de madera? —Oiga
—dijo el pavo real—, no me interrumpa. ¿No ve que estoy ocupado
abriendo mi abanico de plumas?
Vaya, sí que es presumido este pavo real, pensó Gloria. Entonces
decidió preguntar a los árboles. Alzó la cabeza y gritó: —¿Alguno de ustedes ha visto a Moss? —¡SSsssssssss!
—protestó la gallina, que acababa de dormir a sus polluelos debajo de
unos matorrales—. ¿Por qué gritas tanto, niña? Me he pasado dos horas
durmiendo a mis hijitos y los vas a despertar. —Ay,
señora gallina. Es que el gato se llevó el tren de madera que destrozó
mi hermano para que lo arreglara el carpintero y no ha vuelto —explicó
Gloria mientras le caían lagrimitas sobre las manos. —¿Cómo
es eso? ¿Un tren de madera que se ha llevado a un gato? —No,
no. El tren no se llevó al gato. Fue el gato quien se llevó el tren
—le aclaró Gloria a la gallina. —Pues
yo pensaba que los trenes transportaban viajeros. Huy, qué lío —se
inquietaba la gallina dando vueltas.
En esto, los polluelos se habían despertado y al oír la
conversación sobre el tren, empezaron a salir uno detrás de otro,
diciendo: —Pío-pío,
yo quiero montar en tren. —Pío-pío,
y yo también. —Pío-pío,
yo primero. —Pío-pío,
desde luego. Gloria,
al ver a los pollitos tan entusiasmados pensó que podría pasearlos en el
tren de cartón que fabricó con las cajas de leche mientras esperaba a que
volviera Moss. Así es que entró en casa,
lo cogió y regresó al parquecito de la urbanización. —Vamos, vamos a dar un paseo en tren. Y
los polluelos se subieron en las cajas mientras la mamá gallina vigilaba
para que no se hicieran daño. Así, Gloria arrastró los vagones y los
pollos se lo pasaron en grande. De pronto, aparecieron las palomas, que
también querían pasear en tren. Y los conejos, que empezaron a salir de
todas partes. Todos querían subir al tren de cartón que había fabricado
Gloria. Claro que eran muchos y allí no cabían todos. —Un
momento, un momento —organizó Gloria—. Primero los pequeñines y
luego los demás. —Chucu-chucu,
pí-pí. Chucu-chucu, pí-pí —canturreaba el tren de cartón.
—¡Vaya! —se sorprendió Gloria—, pero si este tren también
es divertido. Y el tren de cartón volvió la cabeza y le guiñó un ojo,
como diciendo: desde luego, desde
luego. Tan
bien se lo estaba pasando Gloria que no vio que su hermano Pelayo andaba
por allí, con la gorra torcida y las manos aburridas en los bolsillos,
observando como se divertía ella con su tren de cajas de leche vacías.
Pelayo, entonces, echó de menos a su tren de madera y pensó que ahora él
también se divertiría si no lo hubiera roto. —Oye,
Gloria, ¿me dejas jugar contigo? —preguntó Pelayo arrepentido de haber
destrozado su tren. —Claro
que sí —dijo Gloria—, tú puedes ir subiendo a los animalitos por
orden y yo les doy un paseo. Entonces
Pelayo se puso los dedos índice y corazón en la boca y dio un silbido: —¡A
ver, todos en fila! La
gallina, que era muy espabilada, se colocó la primera con todos sus
polluelos. Detrás de ella había una pareja de palomas, que andaban dándose
besitos. Luego
estaba el conejo gris, que ya se había colocado su aparato en el oído
para escuchar bien. Detrás
del conejo había tres patas rellenitas que no paraban de protestar: —Oiga,
señor pavo real, deje de empujar, que mis hermanas y yo andamos mal de la
espalda —decía una de las patas.
Detrás del pavo real estaban las
tortugas y los saltamontes. Más atrás los caracoles y, al final de la
cola, las ranas y los escarabajos, que querían pasear en el mismo vagón.
Pelayo
montaba a los animalitos por turno y Gloria los paseaba en el tren hasta
el estanque y volvía. Qué
bien lo pasaron esa tarde. Cuando
entraron en casa, Pelayo le contó a Gloria que estaba muy arrepentido de
lo que hizo con su tren y que lo echaba de menos. Entonces Gloria le dijo
que no se preocupara, que pronto jugaría con él. —¿Jugar
con él? —preguntó Pelayo extrañado—, pero si lo rompí contra el árbol.
Seguro que se lo llevaron los barrenderos y lo han tirado a la
basura. —No,
no —le dijo Gloria, moviendo el dedo índice de un lado a otro—, tu
tren se lo ha llevado Moss para que lo arregle un carpintero. —¿De
veras? —preguntó Pelayo con los ojos muy abiertos. Y
Gloria le contó que había que esperar todos los días en el parque hasta
que volviera. Entonces, Pelayo se levantó y dijo muy serio: —Yo
te acompañaré. Y
así lo hicieron. Y así, después de pasear a los animalitos en el tren de cartón, Gloria y Pelayo se sentaban sobre la hierba y miraban cómo se escondía el sol en la montaña, dejando un rastro dorado que teñía las nubes.
—¿Tú
crees que volverá? —preguntaba Pelayo muy triste. Y Gloria le cogía la
mano como diciendo: claro que sí,
claro que sí. Y luego se marchaban a casa muy despacio, con el tren
de cartón en las manos.
Hasta que una tarde, mientras Gloria y Pelayo paseaban a los
animalitos como cada día, apareció Moss, el gato de pelo blanco, bigote
blanco y gafas, con el tren de madera. Venían muy despacito, por el
camino de árboles en flor. Los vagones relucían mucho y salía un
humillo blanco de la chimenea. Los pájaros avisaron a todos los animales
del parque y los conejos enseguida salieron de los setos para ver pasar el
tren. —¡Vaya!
—dijo Pelayo contento. —¡Piauuuuuuuuuu!
—dijo la gallina. —¡Croauuuuuuuuu!
—dijo el sapo. —¡Cua-cuauuuuuuu!
—exclamaron los patos. —¿Qué
es eso? —preguntó el conejo despistado. —¡Pío-pío-píiiiiiiiiiio!
—dijeron los polluelos. —¡Es
el tren! —gritó Gloria. —¡A
sus puestos! —ordenó el caracol, y escondió la cabeza. —¡Glub!
—hizo la tortuga y se perdió bajo el agua. —Bueno,
aquí está el tren —dijo el gato Moss—.El carpintero hizo un buen
trabajo, ahora tendréis que cuidar la pintura de los vagones y engrasar
las ruedas de vez en cuando. Gloria
y Pelayo se habían quedado mudos de contentos. —Pí-pí, chaca-chaca, pí-pí
—canturreaba el tren echando humo por la chimenea, deseoso de tener
viajeros a los que pasear.
Pelayo se acercó al tren y le pidió perdón por lo que hizo y
prometió que nunca más lo metería en el baúl. Cuando Gloria y Pelayo se volvieron para
dar las gracias al gato, este
había desaparecido. —Pero
bueno ¿dónde se ha metido? —preguntó Gloria mirando a un lado y a
otro del parque. —Se
fue por allí —dijo un niño señalando al Norte. —No,
no. Se subió al tejado del kiosco—comentó otro con el dedo apuntando
hacia arriba. —Qué
va. Trepó a ese árbol. Yo lo vi —añadió una niña de ojitos de
almendra y ricitos negros —Pues,
vaya, tendremos que darle las gracias otro día —comentó Pelayo.
Los
animales ya se habían colocado en fila para montar en aquel tren tan fantástico,
entonces un pájaro les advirtió desde lo alto de un árbol: —¡Un
momento! ¡Un momento! ¿De quién es ese tren que hay tirado en el césped?
Si alguien no lo recoge y lo lleva a la papelera, tendré que avisar a los
responsables del parque para que les pongan una multa por ensuciar los
jardines. —¡Ay! —dijo Gloria, colocándose las manos en la cara—. Pobre tren de mentira. Con lo bien que se ha portado y nos habíamos olvidado de él.
Entonces, Pelayo enseguida fue
por él y le dijo a su hermana que se le había ocurrido una idea. —Oye,
Gloria. Yo creo que no hay trenes de mentira. Los trenes, tooodos son de
verdad. Claro que los hay de madera, de cartón, de hierro. Unos cuestan
dinero y otros se hacen con cartones, pero todos son trenes. Así es que
vamos a dejar de llamar a éste “el tren de mentira”, ¿qué te
parece? —Pues
me parece muy bien-dijo Gloria. —Además,
si unimos sus vagones con los del tren de madera, tendremos un tren lo
suficientemente largo como para que los animalitos no tengan que esperar
cola —añadió Pelayo muy contento.
Y así lo hicieron. Ahora sí que el tren era chulo y muy laaargo
para jugar. —Habrá
que ponerle un nombre —dijo,
Pelayo. —Eso.
Se llamará “queso” —sugirió un ratón que acababa de asomar por
allí. —No,
no. Se llamará “Tren”, porque es un tren. Si fuera un coche, se
llamaría “Coche” y si fuera una pelota, se llamaría “Pelota”
—dijo Gloria, que ya tenía
cuatro años y se sabía el nombre de muchas cosas. —Muy
bien —dijo Pelayo, porque le pareció que lo que dijo su hermana era muy
acertado. Y
así fue como el trenecito de madera y el de cartón se unieron formando
un tren largo y divertido. Pelayo
sacó todas las monedas de su hucha y compró sombreros para que los
animalitos no pasaran calor. Y con lo que le sobró compró dos gorras de
maquinista de tren, una para su hermana y otra para él. En
una decía: Pelayo, jefe maquinista. En
la otra decía: Gloria, jefa maquinista.
—Oiga, señora tortuga, póngase el sombrero —decía
Pelayo antes de tirar del tren. —Aquí
tiene, señora
gallina, sombreritos
para los
polluelos —ofrecía Gloria.
Y luego Gloria y Pelayo tiraban de la cuerda juntos poniendo en
marcha el tren de madera y el de cartón, que ahora eran uno y se llamaba
“Tren”.
—Oye, Gloria –decía Pelayo risueño — es más divertido
compartir los juegos y formar equipo, además conduces muy bien el tren , jajajja. Y
todos los animalitos disfrutaban del viaje cantando la canción de los
trenes de juguete: Trenecito,
trenecito, nuevecito
lucirás, para
viajar por el mundo con
tus vagones detrás. Tralariro-rí;
tralariro-rá. Subido en uno de los árboles, el gato Moss vigilaba para que nadie metiera las narices en el agujero donde guardaba sus herramientas de carpintero. Porque, fue él quién arregló el tren para sus amigos; claro que si hubiera dicho que andaba haciendo un curso de carpintería, nadie le habrían creído, como era un gato…
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