«««      El desván de la memoria

   Gloria, Pelayo y su tren...

                Ilustraciones y relato:

                José Manzanares, Mercedes Martín Alfaya, Ramón Alcaraz

           

 Había una vez un tren de madera que vivía en el escaparate de una juguetería

El tren estaba formado por la locomotora y tres vagones: uno azul, otro rojo y el tercero verde. Los vagones no tenían techo, pero la máquina que tiraba de ellos sí. Ésta era de color naranja, con ojitos redondos, una boquita de luna y una nariz de payaso muy chula. Todos los días, cuando el dueño de la tienda levantaba las persianas, el tren soñaba que alguna niña o algún niño entraba en la tienda y se lo llevaba a su casa. Pero no, allí lo que más se vendía eran patines, bicicletas y balones de fútbol. Qué pena, pensaba el tren, conmigo se lo pasarían estupendamente tirando de la cuerda y paseando a los viajeros. Y el tren se quedaba muy triste detrás del cristal, mientras imaginaba cómo sería el mundo ahí fuera y la de amigos a los que podría llevar de viaje en sus vagones.

Un día, Pelayo, que ya tenía siete años y volvía solo del colegio, siempre caminando por la acera y atento a las luces de los semáforos, al pasar  delante de la tienda se quedó prendado del tren. 

—¡Qué chulo! —dijo pegando la nariz al cristal—. Parece una serpiente de colores. Y entró a preguntar el precio, antes de que nadie se lo quitara. El dependiente tomó el tren del escaparate y se lo mostró a Pelayo. Le explicó que había sido fabricado y pintado a mano, y que la madera era muy resistente. Pero como el tren llevaba mucho tiempo en la juguetería, se lo dejaba a mitad de precio.

 Pelayo le dio las gracias y se fue corriendo a casa para contar el dinero que tenía en su hucha.

—¡Mamá! —dijo al entrar—. He visto un tren en la juguetería, a ver si puedo comprarlo—Y subió corriendo las escaleras hasta su cuarto. Al momento, bajó con su lata llena de monedas y se la entregó a su madre para que la abriera.

—Oye, hijo, ¿para qué quieres tú un tren con todos los juguetes que tienes? —preguntó la madre.

—Porque sí. Además, nadie tendrá un tren como el mío.

—No, no —protestó la madre—. No quiero ver más juguetes tirados por el suelo.

—Que sí... Que yo quiero el tren... ¡Muaaaaaaa!... —comenzó a llorar Pelayo.

—Irás cuando dejes tu cuarto ordenado —contestó la madre, sin hacer caso a la llantina.

 

Pelayo volvió a subir las escaleras para hacer lo que le dijo su madre: el balón, debajo de la cama; los patines, en el baúl; la maquinita de juegos, en el cajón; los marcianos, en la estantería y los coches…, ¿dónde pongo los coches…? Bueno, los coches se pueden quedar en el rincón por si viene Javi y quiere que juguemos a las carreras.

¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!, bajó las escaleras.

—Ya está —dijo abriendo mucho los brazos para que su madre se diera cuenta de que lo había recogido todo.

—Muy bien. Ahora puedes ir a por tu tren —aceptó la madre, y le revolvió un poco el flequillo. Pelayo se guardó las monedas en los bolsillos del pantalón, atrapó su gorra y se fue.

—¿Adónde vas? —le preguntó Gloria, la hermana pequeña de Pelayo, al ver que atravesaba el jardín con tanta prisa.

—Donde a ti no te importa  —contestó él, sin querer darle explicaciones.

—Bueno… —dijo Gloria mientras hacía caminitos para las hormigas.

      Pelayo entró en la juguetería, colocó todas las monedas en el mostrador y le dijo al hombre:

—Aquí tiene, vengo a por el tren.

 

Al escuchar que un niño quería comprarlo, el tren se puso muy contento. Incluso dejó caer una lagrimilla de felicidad.

El hombre colocó el tren sobre el mostrador:

— Cuídalo mucho. Es un tren muy especial.

—Claro  —dijo Pelayo—. No pienso dejar que nadie lo toque.

 

Pelayo no quiso que el hombre le envolviera el tren ni se lo metiera en ninguna bolsa. Se lo llevó así, en las manos, para que todo el mundo lo viera; pero solo mirar, sin tocarlo, que era suyo. Por el camino, de lo contento que estaba se puso a silbar. Los pájaros, subidos en las ramas de los árboles, lo miraban cuchicheando: “Pelayo ha comprado un tren, qué bien”. “Sí, a ver si nos da un paseito”. “¡Qué bonito!”.

Y así, silbando y con su tren, que parecía una serpiente de colores, Pelayo llegó a casa.

 

Gloria, que andaba recogiendo caracoles en una cesta, corrió con sus  coletas rubias y su camiseta de margaritas para ver lo que traía su hermano. 

        —Quita, quita— dijo él, empujando a la hermana—. No te acerques a mi tren que lo puedes estropear—. Y Gloria se quedó muy seria mirando como Pelayo entraba en casa sin dejar que se acercara.

 

Vaya. Pues los juguetes son para divertirse,  pensó Gloria retorciendo el hocico de enfado —los caracoles aprovechaban el momento y se le salían de la cesta—. Bueno, ya lo veré, se dijo. Y se fue corriendo detrás de una mariposa con antifaz.

—¡Espere! Señora mariposa. Que mis caracoles quieren ir a la fiesta, ja ja.

       Pasaron dos días y Gloria no volvió a saber nada del tren que trajo Pelayo de la juguetería. Ella confiaba que en algún momento lo sacara al jardín. Sin embargo, Pelayo guardó el tren en su cuarto y nadie más lo vio.

Una noche, cuando toda la casa estaba oscura y silenciosa, Gloria  escuchó un llanto. Bajó despacito de la cama, metió los pies en las zapatillas y se acercó de puntillas al cuarto de Pelayo, que dormía como un tronco. Allí, desde el baúl que había debajo de la ventana, salía una vocecilla triste que decía:

—Quiero salir, quiero salir...

       Entonces Gloria, con mucho cuidado para no despertar a su hermano, abrió el baúl y descubrió el tren.

—Oh, qué bonito eres. ¡Chsssssssss! —le advirtió—, vas a despertar a Pelayo. Mañana te sacaré de ahí, trenecito, y podrás pasear por el jardín. No llores, que lo vamos a pasar muy bien, ya verás. Cerró el baúl con cuidado y se fue a su cuarto sin hacer ruido.

Vaya. ¿Por qué habrá metido Pelayo al tren en el baúl? Pobrecillo, pensaba Gloria. Y cerró los ojos muy fuerte para que llegara pronto la mañana y rescatar al tren.

Aquel domingo, el sol se coló temprano por las ventanas y Gloria se despertó:

—Huy, ya es de día —dijo restregándose los ojos. Y bajó a la cocina a desayunar. Mientras se tomaba la leche con cereales, Gloria miraba de reojo a su hermano, hasta que éste le preguntó:

—¿Por qué me miras tanto?

Y ella contestó: —Por nada. Por nada.

Pelayo dejó el tazón vacío en el fregadero y le dijo a su madre que se iba a casa de Javi a jugar. Y Gloria, al escuchar esto, se puso muy contenta, porque así podría sacar del baúl al pobre tren y pasearlo un ratito.

Cuando vio a Pelayo atravesar la verja de casa con sus patines, Gloria subió corriendo las escaleras y entró en el cuarto de su hermano:

—Ay, quiero salir. Está muy oscuro  —se lamentaba el tren.

—Ya voy, ya voy —contestaba Gloria. Abrió el baúl y lo sacó.

—Vamos, vamos, trenecito. 

Y el tren miró a la derecha…, luego a la izquierda…, y levantó la máquina de tirar de los vagones para sonreír a Gloria.

—Venga, vamos a dar un paseo —dijo Gloria sujetando la cuerda de tirar del tren. El trenecito, entonces, estiró las ruedas, que se le habían dormido de no usarlas, sacudió los vagones para despertarlos y se puso en marcha.

—Chú-chú, chaca-chaca. Chú-chú, chaca-chaca —canturreaba mientras daba vueltas por la habitación.

       En ese momento, volvió Pelayo a por su gorra, que se le había olvidado, y cuando vio a su hermana con el tren, se lo quitó enseguida, muy enfadado.

—Deja eso y vete con tus muñecas. Las niñas no juegan con trenes.

—¿Por qué no? —preguntó Gloria extrañada.

—Simplemente, porque no —contestó él. Y volvió a meter el tren en el baúl para que nadie lo tocara.  El tren, al verse otra vez a oscuras comenzó a llorar:

Y lloraba…

Y lloraba…

Y lloraba muchas lágrimas.

Sin embargo, Pelayo no le hizo ningún caso. Cogió su gorra y se fue.

     Gloria pensó que no era justo que su hermano hubiera comprado un tren para encerrarlo allí; así es que, aunque el juguete no fuera suyo y no estuviera bien tocar las cosas de los demás, ella era la única que podía ayudar al pobre tren.  Se sentó en los escalones, miró al techo y pensó: ¿qué puedo hacer…?

        —¡Eso es! —dijo, al fin. Fabricaré un tren igual que el de Pelayo, pero de mentira. Lo meteré en el baúl y me llevaré el trenecito de madera para que él no se dé cuenta de nada.

—Papá, ¿me ayudas a construir un tren? —le preguntó al padre, que andaba limpiando el sótano—. Verás, quiero que los vagones sean así de grandes (y le mostró la medida con las manos). También quiero que tenga unos ojitos redondos, una sonrisa y le pongas una nariz de payaso. Ah, y que tenga ruedas y una cuerda para pasearlo.

El padre buscó en el cubo de reciclado unas cajas de leche vacías para los vagones y unos tapones de refresco para las ruedas; los botones de una camisa vieja sirvieron para los ojos, un globito rojo para la nariz, y la boca la pintó con rotulador. Y, así, Gloria y su padre terminaron el tren de cartón utilizando cajas de leche vacías y otras cosas usadas que se pueden reciclar.

—Jo, qué bien ha quedado —exclamó la pequeña—. Muchas gracias, papá. —Y se fue corriendo.

—Tranquilo, trenecito, que ya llego —decía mientras subía la escalera hasta el cuarto de Pelayo. Abrió el baúl, sacó al pobre tren y colocó dentro el de mentira, para que su hermano no se diera cuenta si volvía. Luego se llevó el tren de madera a su cuarto, lo guardó debajo de la cama y le prometió que todos los días lo llevaría a pasear.

 

El tren estaba feliz y aquella noche le contó a Gloria muchas historias de viajes y ella lo escuchó, también muy contenta. Hasta que se durmieron; los dos con una gran sonrisa en los labios.

Al día siguiente, por la tarde, después de hacer los deberes, Gloria llevó al tren al parquecito que había junto a su casa. Allí no había peligro de que su hermano lo encontrara.

           Además, cuando abriera el baúl y viera el tren de mentira pensaría que era el suyo.

—¿Quieres pasear en tren? —preguntó Gloria a un caracol que andaba comiendo hojas.

Y allá que lo subió en el primer vagón.

—¿Quieres pasear en tren? —preguntó a un escarabajo que trepaba por un montículo.

Y lo montó en el segundo vagón.

—¿Quieres pasear en tren? —preguntó a una rana que no encontraba su charca.

Y la subió en el vagón de cola.

—Pí-pí, chucu-chucu, pí-pí —cantaba el tren, contento de llevar unos viajeros tan simpáticos como el caracol, el escarabajo y la rana.

        Jugar en el parque era divertido. Incluso había un puestecillo donde vendían algodones de azúcar y piruletas gigantes. Aunque, ese día, los niños del vecindario se olvidaron de comprar chucherías. Todos se quedaron con la boca abierta viendo aquel tren de colores que parecía de verdad.

De pronto, apareció Pelayo. Venía dando zancadas con el tren de cartón en la mano y traía la nariz arrugada de enfado. Gloria, al verlo, se llevó tal susto que agarró el tren y lo cubrió con sus brazos.

        —¿Qué significa esto? —dijo Pelayo mostrándole el tren de mentira que Gloria fabricó con las cajas de leche—. ¿Por qué has metido este tren de cartón en mi baúl?  Dame ahora mismo mi tren de madera. –Y se lo quitó a Gloria de un manotazo. Al hacerlo, se cayeron al suelo el caracol, el escarabajo y la rana.

          —Huy, huy, huy, qué daño —decía el escarabajo.

—Huy, huy, huy, qué susto —se quejó el caracol.

—Ay, ay, ay, qué golpe —protestó la rana echando chispas.

      Entonces, Pelayo lanzó el tren de madera contra un árbol. 

     El trenecito se quedó allí, tendido en la hierba, con los vagones rotos y sin ruedas.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Gloria con lágrimas en los ojos.

—Porque el tren es mío y hago con él lo que quiero. Además, ya te dije que las niñas no juegan con  trenes —contestó Pelayo. Se dio la vuelta y se fue.

 

Gloria recogió al pobre tren del suelo y se lo llevó a un banco del parque. El tren tenía los ojos cerrados y las ruedas y los vagones destrozados.

—Pobrecito, pobrecito. Con lo bien que lo estábamos pasando… —dijo Gloria, y se puso a llorar.

Y lloró…

Y lloró…

Y lloró muchas lágrimas.

En esto que apareció Moss, el gato de pelo blanco, bigote blanco y gafas, que siempre andaba por ahí, recorriendo el barrio.

—¿Qué te ocurre, Gloria? ¿Por qué lloras?

Y ésta le explicó que su hermano había destrozado el tren. Y entonces se lo mostró.

El gato lo olfateó con mucho cuidado, lo miró por todas partes y dijo:

—Huy, huy, huy, parece que está muy mal. Sin embargo, conozco a un carpintero que podría repararlo.

—¿De veras, Moss? —dijo Gloria abriendo mucho los ojos—, pues dime dónde puedo encontrarlo.

—No, no —contestó el gato—. Ni los niños ni las niñas deben hablar con desconocidos. Yo iré por un carrito y le llevaré el tren al carpintero. Además, me quedaré con él hasta que esté listo.

           Cuando el gato volvió, Gloria le entregó el tren y él se lo llevó cantado:

 

Trenecito, trenecito,

nuevecito lucirás,

para viajar por el mundo

con tus vagones detrás.

Tralariro-rí; tralariro-rá.

 

 Gloria recogió del suelo el tren de mentira y se lo llevó a casa (después de todo, también era un bonito juguete).

         Al día siguiente, Gloria volvió al parque:

         —Oiga, señor conejo, ¿ha visto por aquí al  gato con un tren de madera?

—¿Que si he visto una nevera? —preguntó el conejo, que era un poco sordo.

—No, no. Una nevera no. Un gato con un tren de madera —le aclaró Gloria alzando un poco la voz.

—¿Un saco de arena? No, no. No he visto ningún saco de arena.

     

         Vaya, sí que está loco este conejo, pensó Gloria. A ver, le preguntaré  al pavo real.

—Señor pavo real, ¿sabe si ha venido Moss, un gato con el pelo blanco y un tren de madera?

—Oiga —dijo el pavo real—, no me interrumpa. ¿No ve que estoy ocupado abriendo mi abanico de plumas?

        Vaya, sí que es presumido este pavo real, pensó Gloria.

Entonces decidió preguntar a los árboles. Alzó la cabeza y gritó:

—¿Alguno de ustedes ha visto a Moss?

—¡SSsssssssss! —protestó la gallina, que acababa de dormir a sus polluelos debajo de unos matorrales—. ¿Por qué gritas tanto, niña? Me he pasado dos horas durmiendo a mis hijitos y los vas a despertar.

—Ay, señora gallina. Es que el gato se llevó el tren de madera que destrozó mi hermano para que lo arreglara el carpintero y no ha vuelto —explicó Gloria mientras le caían lagrimitas sobre las manos.

—¿Cómo es eso? ¿Un tren de madera que se ha llevado a un gato?

—No, no. El tren no se llevó al gato. Fue el gato quien se llevó el tren —le aclaró Gloria a la gallina.

—Pues yo pensaba que los trenes transportaban viajeros. Huy, qué lío —se inquietaba la gallina dando vueltas.

        En esto, los polluelos se habían despertado y al oír la conversación sobre el tren, empezaron a salir uno detrás de otro, diciendo:

—Pío-pío, yo quiero montar en tren.

—Pío-pío, y yo también.

—Pío-pío, yo primero.

—Pío-pío, desde luego.

Gloria, al ver a los pollitos tan entusiasmados pensó que podría pasearlos en el tren de cartón que fabricó con las cajas de leche mientras esperaba a  que volviera Moss. Así es que entró en casa,  lo cogió y regresó al parquecito de la urbanización.

—Vamos, vamos a dar un paseo en tren.

Y los polluelos se subieron en las cajas mientras la mamá gallina vigilaba para que no se hicieran daño. Así, Gloria arrastró los vagones y los pollos se lo pasaron en grande. De pronto, aparecieron las palomas, que también querían pasear en tren. Y los conejos, que empezaron a salir de todas partes. Todos querían subir al tren de cartón que había fabricado Gloria. Claro que eran muchos y allí no cabían todos.

—Un momento, un momento —organizó Gloria—. Primero los pequeñines y luego los demás.

—Chucu-chucu, pí-pí. Chucu-chucu, pí-pí —canturreaba el tren de cartón.

   —¡Vaya! —se sorprendió Gloria—, pero si este tren también es divertido. Y el tren de cartón volvió la cabeza y le guiñó un ojo, como diciendo: desde luego, desde luego.

 

Tan bien se lo estaba pasando Gloria que no vio que su hermano Pelayo andaba por allí, con la gorra torcida y las manos aburridas en los bolsillos, observando como se divertía ella con su tren de cajas de leche vacías. Pelayo, entonces, echó de menos a su tren de madera y pensó que ahora él también se divertiría si no lo hubiera roto.

 —Oye, Gloria, ¿me dejas jugar contigo? —preguntó Pelayo arrepentido de haber destrozado su tren.

—Claro que sí —dijo Gloria—, tú puedes ir subiendo a los animalitos por orden y yo les doy un paseo.

Entonces Pelayo se puso los dedos índice y corazón en la boca y dio un silbido:

—¡A ver, todos en fila!

La gallina, que era muy espabilada, se colocó la primera con todos sus polluelos. Detrás de ella había una pareja de palomas, que andaban dándose besitos.

Luego estaba el conejo gris, que ya se había colocado su aparato en el oído para escuchar bien.

Detrás del conejo había tres patas rellenitas que no paraban de protestar:

—Oiga, señor pavo real, deje de empujar, que mis hermanas y yo andamos mal de la espalda —decía una de las patas.

      

Detrás del pavo real estaban las tortugas y los saltamontes. Más atrás los caracoles y, al final de la cola, las ranas y los escarabajos, que querían pasear en el mismo vagón.

Pelayo montaba a los animalitos por turno y Gloria los paseaba en el tren hasta el estanque y volvía.  Qué bien lo pasaron esa tarde.

 

Cuando entraron en casa, Pelayo le contó a Gloria que estaba muy arrepentido de lo que hizo con su tren y que lo echaba de menos. Entonces Gloria le dijo que no se preocupara, que pronto jugaría con él.

—¿Jugar con él? —preguntó Pelayo extrañado—, pero si lo rompí contra el árbol.  Seguro que se lo llevaron los barrenderos y lo han tirado a la basura.

—No, no —le dijo Gloria, moviendo el dedo índice de un lado a otro—, tu tren se lo ha llevado Moss para que lo arregle un carpintero.

—¿De veras? —preguntó Pelayo con los ojos muy abiertos.

Y Gloria le contó que había que esperar todos los días en el parque hasta que volviera. Entonces, Pelayo se levantó y dijo muy serio:

—Yo te acompañaré.

Y así lo hicieron.

         Y así, después de pasear a los animalitos en el tren de cartón, Gloria y Pelayo se sentaban sobre la hierba y miraban cómo se escondía el sol en la montaña, dejando un rastro dorado que teñía las nubes.

 

—¿Tú crees que volverá? —preguntaba Pelayo muy triste. Y Gloria le cogía la mano como diciendo: claro que sí, claro que sí. Y luego se marchaban a casa muy despacio, con el tren de cartón en las manos.

        Hasta que una tarde, mientras Gloria y Pelayo paseaban a los animalitos como cada día, apareció Moss, el gato de pelo blanco, bigote blanco y gafas, con el tren de madera. Venían muy despacito, por el camino de árboles en flor. Los vagones relucían mucho y salía un humillo blanco de la chimenea. Los pájaros avisaron a todos los animales del parque y los conejos enseguida salieron de los setos para ver pasar el tren.

—¡Vaya! —dijo Pelayo contento.

—¡Piauuuuuuuuuu! —dijo la gallina.

—¡Croauuuuuuuuu! —dijo el sapo.

—¡Cua-cuauuuuuuu!  —exclamaron los patos.

—¿Qué es eso? —preguntó el conejo despistado.

—¡Pío-pío-píiiiiiiiiiio! —dijeron los polluelos.

—¡Es el  tren!  —gritó Gloria.

—¡A sus puestos! —ordenó el caracol, y escondió la cabeza.

—¡Glub! —hizo la tortuga y se perdió bajo el agua.

—Bueno, aquí está el tren —dijo el gato Moss—.El carpintero hizo un buen trabajo, ahora tendréis que cuidar la pintura de los vagones y engrasar las ruedas de vez en cuando.

Gloria y Pelayo se habían quedado mudos de contentos.

—Pí-pí, chaca-chaca, pí-pí —canturreaba el tren echando humo por la chimenea, deseoso de tener viajeros a los que pasear.

        Pelayo se acercó al tren y le pidió perdón por lo que hizo y prometió que nunca más lo metería en el baúl.

Cuando Gloria y Pelayo se volvieron para dar  las gracias al gato, este había desaparecido.

—Pero bueno ¿dónde se ha metido? —preguntó Gloria mirando a un lado y a otro del parque.

—Se fue por allí —dijo un niño señalando al Norte.

—No, no. Se subió al tejado del kiosco—comentó otro con el dedo apuntando hacia arriba.

—Qué va. Trepó a ese árbol. Yo lo vi —añadió una niña de ojitos de almendra y ricitos negros.

—Pues, vaya, tendremos que darle las gracias otro día —comentó Pelayo.

 

Los animales ya se habían colocado en fila para montar en aquel tren tan fantástico, entonces un pájaro les advirtió desde lo alto de un árbol:

—¡Un momento! ¡Un momento! ¿De quién es ese tren que hay tirado en el césped? Si alguien no lo recoge y lo lleva a la papelera, tendré que avisar a los responsables del parque para que les pongan una multa por ensuciar los jardines.

—¡Ay! —dijo Gloria, colocándose las manos en la cara—. Pobre tren de mentira. Con lo bien que se ha portado y nos habíamos olvidado de él.

           Entonces, Pelayo enseguida fue por él y le dijo a su hermana que se le había ocurrido una idea.

—Oye, Gloria. Yo creo que no hay trenes de mentira. Los trenes, tooodos son de verdad. Claro que los hay de madera, de cartón, de hierro. Unos cuestan dinero y otros se hacen con cartones, pero todos son trenes. Así es que vamos a dejar de llamar a éste “el tren de mentira”, ¿qué te parece?

—Pues me parece muy bien-dijo Gloria.

—Además, si unimos sus vagones con los del tren de madera, tendremos un tren lo suficientemente largo como para que los animalitos no tengan que esperar cola —añadió Pelayo muy contento.

         Y así lo hicieron. Ahora sí que el tren era chulo y muy laaargo para jugar.

—Habrá que ponerle un nombre  —dijo, Pelayo.

—Eso. Se llamará “queso” —sugirió un ratón que acababa de asomar por allí.

—No, no. Se llamará “Tren”, porque es un tren. Si fuera un coche, se llamaría “Coche” y si fuera una pelota, se llamaría “Pelota” —dijo Gloria, que ya  tenía cuatro años y se sabía el nombre de muchas cosas.

—Muy bien —dijo Pelayo, porque le pareció que lo que dijo su hermana era muy acertado.

 

Y así fue como el trenecito de madera y el de cartón se unieron formando un tren largo y divertido.

Pelayo sacó todas las monedas de su hucha y compró sombreros para que los animalitos no pasaran calor. Y con lo que le sobró compró dos gorras de maquinista de tren, una para su hermana y otra para él.

En una decía: Pelayo, jefe maquinista.

En la otra decía: Gloria, jefa maquinista.

        —Oiga, señora tortuga, póngase el sombrero —decía Pelayo antes de tirar del tren.

—Aquí  tiene,  señora gallina,   sombreritos  para  los  polluelos —ofrecía Gloria.

    Y luego Gloria y Pelayo tiraban de la cuerda juntos poniendo en marcha el tren de madera y el de cartón, que ahora eran uno y se llamaba “Tren”.

     —Oye, Gloria –decía Pelayo risueño — es más divertido compartir los juegos y formar equipo,  además conduces muy bien el tren , jajajja.

Y todos los animalitos disfrutaban del viaje cantando la canción de los trenes de juguete:

Trenecito, trenecito,

nuevecito lucirás,

para viajar por el mundo

con tus vagones detrás.

Tralariro-rí; tralariro-rá.

 Subido en uno de los árboles, el gato Moss vigilaba para que nadie metiera las narices en el agujero donde guardaba sus herramientas de carpintero. Porque, fue él quién arregló el tren para sus amigos; claro que si hubiera dicho que andaba haciendo un curso de carpintería, nadie le habrían creído, como era un gato…

 

    Volver a la sala de lectura