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El hacedor de Miércoles Clara García Baños
Se
había enterado de que existían otros países y que, en algunos, era
diferente. Estaba harto de la uniformidad. Veinte duendes por fábrica.
Todos funcionando como un reloj, coordinados como las patas de un milpiés. Fabricar,
ensamblar, descansar, no pensar. Fue
por eso que Duendelirio se marchó. Buscando un cambio. Un ambiente en el
que poder desarrollarse de verdad. Era
un duende nórdico. El primer destino que le fue asignado al llegar a la
mayoría de edad, allá en su Noruega natal, fue en Semanadag, la fábrica
de semanas. Le hizo mucha ilusión. De pequeño, le encantaba bajar a las
vías del tiempo y disfrutar de la velocidad con que se sucedían los días
y las semanas, con ese ruido ensordecedor e imparable de maquinaria
ferroviaria que tanto le impresionaba. Cuando llegó, le asignaron la
fabricación del tercer día, Onsdag. Comenzó haciendo un boceto en su
cuaderno. Unas cuantas líneas de delimitación, luego un bosquejo global
y básico, después fue afinando formas y concretando detalles. Estaba
poniendo mucha pasión en su Onsdag. Pensó hacer algunas variantes, no
fueran a ser todos los días iguales. Y cuando más absorto estaba
poniendo colores a su boceto, fue llamado al despacho del Coordinador. Duendelirio
se emocionó un poco. Pensó que su idea de Onsdag debía de ser tan
fenomenal que había transcendido a sus jefes y que iba a ser felicitado
por ello. En lugar de eso, el Coordinador le advirtió con su voz nasal: ¾Tu trabajo se limita a producir dos letras: On. En la sala contigua,
algunos de tus compañeros trabajan tallando sdag. Cuando tengas tus On
terminados, se los entregarás al duende ensamblador. No te llevará mucho
tiempo. Después, podrás hacer lo que te venga en gana, hasta tu próximo
turno. El
coordinador lo llevó al taller. Una fila de enanos tallaban letras en
madera. Al otro lado de la máquina ensambladora, una ristra de Mandag,
Tirsdag, Onsdag, Torsdag, Fredag, Lordag y Sondag, todas iguales en forma,
tamaño y color, era seguida por otra ristra de Mandag, Tirsdag, Onsdag,
Torsdag, Fredag, Lordag y Sondag, y luego por otra, otra y otra. Duendelirio
estaba un poco desconcertado. Le hubiera gustado al menos que le
permitieran tres letras. Ons era, al menos, algo más sonoro que un simple
On. Y después de todo, estaba todo ese trabajo absurdo de serrar una S y
pulir el corte para acoplar bien la pieza a la mitad de los días de la
semana. Se
atrevió a contar su idea a un par de compañeros y fue llamado de nuevo
al despacho del coordinador. ¾Tu trabajo se limita a producir dos letras: On. ¿Qué es lo que no
logras entender? ¾Pero si... ¾Nuestro equipo funciona como un reloj. No trates de mejorar nada. Ya
estamos en la cresta de la ola. Quedaba
todo claro. Era un duende, pero no le permitirían nunca desarrollar al máximo
sus facultades. Agachó las orejas, tragó saliva y se puso a trabajar. ¿Qué
otra alternativa le quedaba? Pasaron
unos años. Duendelirio procuraba obedecer las indicaciones de la Fábrica
de Semanas. Sobre todo, en lo concerniente a no pensar. Porque cuando lo
hacía, un tremendo malestar se apoderaba de sus vísceras. Hasta que no
pudo más. Estaba asqueado de que los duendes Sdag remataran su trabajo.
Se sentía constreñido. Pensó en marcharse. Después de todo, Semanadag
no sería la única fábrica de semanas del mundo, se dijo. Hizo
averiguaciones y sí: se enteró de que existían otros países
y que en algunos, era diferente. Contactó con un viejo duende
jubilado que le dijo que con su currículum bien podía colocarse en una fábrica
de semanas en afrikaans o incluso holandés, donde el equipo de remate se
limitaba a un seco Dag. O, también, en la próspera Alemania, donde con
una ligera variación de su técnica, podría fabricar Tag. Al Duendelirio
no le pareció muy significativo el cambio . Indagó en otras culturas. En
Japón podía dedicarse a la construcción de Yobis, o Päev estonios, o
Feiras portuguesas. Claro que si lo que quería era un cambio de verdad,
podría pasar a esas fábricas exóticas, donde la desinencia se situaba
al principio: juma en swahili, il en maltés o Po en hawaiiano. A
Duendelirio aún no le pareció suficiente. Buscaba culturas más caóticas,
donde cada día de la semana fuera único y no un compuesto prefabricado
tipo prefijo-sufijo. ¡Necesitaba libertad creativa! Y, decididamente, no
quería depender de nadie que le ensamblara sufijos, que decidiera cómo
acababa su día. Al
fin, en un anuario de Productos de la Competencia, encontró el idioma de
sus sueños: Ante sus ojos apareció una ristra de Lunes, Martes, Miércoles...
Miércoles le dejó prendado. Era incombustible, luminoso y sonoro. Tan
entusiasmado estaba que no pudo mantener más tiempo callado su proyecto.
La noticia corrió y sus compañeros le hicieron el vacío enseguida. ¿Quién
se cree el imbécil éste que es para crear su propio día de la semana?
¡Y sin ayuda de nadie! ¡Fantasma! Miércoles.
¡Sí! No
lo pensó más. Presentó su solicitud de traslado y el funcionario de
turno le dio curso. El Coordinador montó en cólera. ¡Ya era el segundo
desacato! ¡Un mequetrefe que se resistía a sus órdenes! ¡Que no
respiraba al ritmo unánime de la fábrica! ¡Un tipo con ideas propias!
¡Eso no podía ser! Le concedieron el traslado de inmediato. Sin
mirar hacia atrás, emprendió viaje al sur y llegó a Semanario. Le
recibieron bien. Aquí solo vienen los mejores, le dijeron. Aceptaron su
solicitud de hacedor de Miércoles y le dieron libertad total. Solo tenía
una restricción. Tenían que ser Miércoles, pero Miércoles auténticos,
inequívocos Miércoles, que no se pensara que cualquier cosa valía para
salir del paso. Duendelirio se aplicó en su cuaderno: Los diseñó de látex
que inflaría como globos con forma de salchicha; de cristal espejado; con
virutas metálicas entrelazadas; en forma de rompecabezas de cubos de cartón;
con flores de jardín; se le ocurrió que también podría hacerlos con
sonidos musicales o incluso con sabores, pero siempre, siempre, serían
amarillos. Como auténticos Miércoles. El coordinador le felicitó, le
condujo al taller y le mostró su banco de trabajo, la panoplia donde se
colgaban las herramientas, la zona de descanso, los alrededores de la fábrica...
Luego señaló la típica luz rosa del viernes que, a modo de crepúsculo,
comenzaba a iluminar el horizonte y le pidió que se diera prisa. ¾No nos quedan Miércoles en stock. ¿Ni
uno sólo? ¿Cómo era posible? En Noruega trabajaban con más margen,
desde luego. Duendelirio se imaginó el desastre, el caos, el apocalipsis
que provocaría si, amaneciendo el Martes, no había un Miércoles ya
preparado. Y, desde luego, no quería ser el culpable de un parón en el
tiempo y que el mismísimo Saturno bajara a pedirle cuentas. Se le
erizaron los pelos solo de pensarlo. Duendelirio
se remangó. Quería iniciarse con un buen Miércoles, un Miércoles que
diera que hablar, que nunca se olvidara. Le pareció buena idea hacerlo en
piedra. Salió al monte a buscar una del tamaño adecuado. Arrastrarla
hasta el taller supuso un buen esfuerzo. ¡Uf! Quizá no había medido
bien sus fuerzas, pensó cuando un crepúsculo rojo anunció el comienzo
del nuevo Domingo. Pero ya tenía su proyecto en marcha y no iba a
volverse atrás. Cuando
consiguió colocarla sobre su banco de trabajo, Duendelirio estaba
agotado. Pero no le importó. No quería que la inspiración se marchase,
así que puso manos a la obra. Con la gubia cortó los picos que le
estorbaban y dio la forma deseada, una especie de almendra gigante. Se
detuvo unos minutos para secarse el sudor y beber agua, pues tenía la
garganta reseca del polvillo. Después, continuó tallando, primero el
contorno general, y luego, poco a poco fue descendiendo hasta los detalles
más precisos. A veces se alejaba unos pasos para ver la obra en su
conjunto y aprovechaba para recuperar el resuello. O giraba alrededor para
comprobar que el estilo era homogéneo y, de paso, se masajeaba las manos
y los dedos para evitar los calambres por la carga muscular del trabajo.
Por fin, dio dos manos de lija a la obra, para eliminar cualquier aspereza
al tacto y, muy satisfecho, colocó su primer Miércoles en la plataforma
de entrega. ¡Había terminado! Estaba cansadísimo; no sabía exactamente cuánto tiempo llevaba trabajando sin parar, pero estaba feliz y eufórico así que no quiso irse a dormir con tanto desorden. Recogió el utillaje, tiró al bote los restos de piedra que salpicaban el suelo del taller, afiló las gubias, barrió el suelo, abrió un poco la ventana para ventilar y fue en ese momento cuando, con gran desesperación, vio surgir en el horizonte la luz crepuscular naranja oscuro que anunciaba el comienzo de un nuevo sábado, señal de que debía ponerse, en ese mismo momento y sin que diera tiempo a nada más, a fabricar un nuevo Miércoles para la próxima semana.
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