| ««« | El desván de la memoria |
Mar de arena Clara García Baños
De pronto se abrió la
puerta. Un vómito de sol inundó la recepción del hotel y el viejo
Molina, movido por un resorte, llevó la mano al rostro para protegerse
del resplandor. Un cliente, pensó con cierto fastidio; no esperaba a
Huatac hasta el anochecer. El
viajero se detuvo sin cerrar la puerta, tratando de acomodar sus ojos a la
penumbra interior. Al fin distinguió al viejo en camiseta, acodado sobre
el mostrador de madera haciéndose sombra sobre los ojos abotargados. Tenía
los dedos hinchados por la mala circulación y la piel seca como un
lagarto. ―Entra o lárgate,
pero cierra la maldita puerta. Si quiso ser brusco, lo consiguió sólo a medias: su garganta
acusaba la sequedad de muchas horas sin articular palabra. La puerta, al
retornar, improvisó un fugaz espejismo de brisa. Adentro se restableció
una oscuridad de cuarenta y tres grados. El viajero se quitó las gafas
oscuras. Molina advirtió que llevaba dos pares superpuestos y supuso que se trataba de un veterano del desierto. Le
observó a sus anchas, mientras las plegaba y las guardaba en la mochila
que acababa de dejar en el suelo con tintineo de hebillas y cremalleras. Aún
no había dicho ni una palabra. Molina desentrelazó las gruesas piernas
del taburete alto que ocupaba y desapareció por la puerta trasera de la
recepción. Volvió al cabo de un rato, con un vaso de cristal a medio
llenar con agua lechosa que depositó sobre el mostrador de madera
renegrida. Los ojos del viajero brillaron. Tomó el vaso con una leve
inclinación de cabeza en señal de agradecimiento. Después lo elevó,
como en alguna suerte de ofrenda religiosa y por fin lo llevó a la boca.
Le había reventado la piel de los labios en varias grietas y aún tenía
pequeños restos de sangre seca en algunos puntos. Bebió con delectación,
consagrando el momento, sin
importarle la falta de transparencia. Aún permaneció unos segundos con
la nuca hacia atrás cuando hubo terminado el líquido. Después, depositó
el vaso sobre la madera con un golpe de punto y final y se quitó el
sombrero de pajillas requemadas. Pidió una habitación sin preguntar el
precio. Molina observó sus ropas polvorientas. Sin dejar de mirar al
viajero, sacó el libro del registro del hotel, un libro gordo y apaisado
con remaches dorados y tapas de cuero sobre las que se leían,
entrelazadas las iniciales del hotel, H M, Hotel Molina, lujoso
establecimiento que en otro tiempo le hizo de oro y ahora era su único
lazo con la vida.
―Tendré una habitación si tu tienes con qué pagarla. Acostumbraba a tutear a
todos, como si estuviera por encima de los demás o como si no le
importara que sus clientes se quedaran o se marcharan. El viajero le
contempló sin expresión.
―¿Es usted el dueño?―remarcó sus palabras para
mantener la distancia. Aún conservaba la fe en sí mismo. El viejo apenas inicio un
asentimiento. Un palillo muy viejo le colgaba del labio reseco. Tomo el
documento que le tendía el viajero y lo leyó con parsimonia por ambos
lados. Garrapateó sin ganas el nombre del viajero sobre la primera línea
vacía del registro. Luego se levanto con la pesadez de un elefante y se
acercó a los casilleros de madera que cubrían toda la pared del fondo.
Escogió una llave y se la ofreció al viajero. ―La escalera está al
fondo. ―¿No hay ascensor? ―Hay―. Señalo
con el pulgar hacia una esquina de la estancia. El viajero levantó su
mochila y dio unos pasos en la dirección indicada. Echo una ojeada al
interior de la cabina. Un espejo con caries le devolvió la imagen
deslavazada de su rostro sin afeitar. Luego tanteó la plataforma con el
pie. En las esquinas se acumulaba arena y suciedad de muchas semanas. ―¿Es seguro? ―No―dijo una
voz suave―. El fluido se corta cada poco. Utilice la escalera. El viajero giró la cabeza
y su mirada tropezó con la de la mujer. Estaba sentada en una silla, con
las piernas abiertas y extendidas. Era muy flaca y llevaba el pelo
recogido en un moño de varios días. Se abanicaba sin fe con un pedazo de
cartulina gris. ―Me llamo Edna―dijo
buscando con los ojos su mirada. No quería dejar escapar su oportunidad
de unas cuantas frases con alguien que no fuera el viejo Molina. ―Hugo de
Sao-Cruz―Su voz sonaba a extranjero. La penumbra comenzaba ya a
relajarle los ojos. Un
abanico de rayas blancas delataba el guiño continuado al que había
sometido su rostro en el exterior.― Pasé por aquí hace dos días.
Camino al puerto.―Aún tenía la garganta seca y le costaba hablar
seguido.― Me extravié. Y... decidí volver. La mujer movió la cabeza
con resignación. ―No se extravió.
―Le pareció menos cruel que decir que no existía el puerto. Una chispa de sobresalto se
encendió en los ojos del hombre. Enseguida se repuso. Volteó la espalda
a la mujer, como único conjuro de las malas noticias. ―Más tarde le subiré
la cena―. El viajero apenas siseó un mustio gracias y se dirigió a
la escalera. La mujer observó la camisa empapada pegada a la espalda del
viajero. A salvo de su mirada, se enjugó el sudor de debajo de los senos
con el propio vestido floreado. Minutos más tarde, escuchó el lamento de
las cañerías y se le antojó que temblaban
como los huesos de un esqueleto atormentado. Joder, escuchó imprecar al
viajero, desde su habitación, ante la falta de suministro. Joder, pensó
también ella y se levantó arrastrando los pies, consciente de su deber
de subirle un balde de agua. Salió al traspatio
y se aplicó en la tarea de sacar agua del pozo, a la manera de su
bisabuela, con un cubo y una cuerda. Cuando hubo llenado dos cubetas, tomó
cada una en una mano y subió cargada como una mula. El viejo no se había
movido de su sitio, ni había cambiado su expresión indiferente. Cuando
estaba a dos pasos de la puerta, sonó un disparo irrectificable en la
habitación del viajero.
―¡¡Jesús!!― se sobresaltó la mujer. Soltó los
cubos, derramando parte del liquido en el suelo. Golpeó la puerta con la
palma, con una urgencia innecesaria. ―¡Señor
Sao-Cruz! ¡Señor Sao-Cruz! ¿Ocurre algo, señor? ¡¡Abra, por Dios!! El viejo Molina subía con otra llave. El contoneo que imprimían
los pasos cortos y apurados a su cuerpo desacostumbrado a las prisas, le
daban un ambiguo aire de marica. Al abrir la puerta, lo primero que vieron
fueron los sesos desparramados del viajero. Estaba acostado en la cama,
como si su última voluntad de sentenciado hubiera sido conceder una
tregua a su cuerpo maltrecho. De su mano derecha colgaba el arma, una
beretta del nueve extraplana. El viejo Molina le destrabó sin ningún
pudor los dedos inermes y se apropió de ella. Después, abrió la mochila
y la volteó para registrar su contenido: un par de botas antiguas, unos
pantalones de algodón oscuro, tres o cuatro camisas arrugadas, dos pares
de gafas negras, una linterna y una navaja multiusos. La fetidez de las
ropas sudadas se dejó sentir. Con la punta de la bota separó un poco las
prendas, buscando lo que consideró que podía venderse. De pronto pareció
recordar algo muy importante. Le tanteó los bolsillos de la camisa y
extrajo una cartera muy gastada. Después, dobló con dificultad su
barriga voluminosa para recoger del suelo el despojo y lo lanzó sin
ceremonias sobre el cuerpo del viajero. La mujer lo miraba sin atreverse a
intervenir, apoyada en el quicio de la puerta. A través de las rejillas
de la persiana penetró una vaharada de aire caliente y el olor se hizo más
espeso. Cuando hubo terminado de registrar la cartera, Molina hizo un
gesto para que se acercara. ―Toma de aquí―le
ordenó, mientras le tendía dos puntas de la colcha. Entre ambos
envolvieron el cuerpo pero era evidente que pesaba demasiado. Después de
dos intentos fallidos de moverlo, la mujer puso palabras al pensamiento de
ambos. ―Habrá que esperar a
que regrese Huatac para que nos ayude a bajarlo. Huatac llegó, como
siempre, con la noche. Edna lo estaba esperando, despatarrada sobre el
escalón de la puerta trasera. ―Hoy llegó un
viajero. Se disparó porque no había agua― resumió con la voz
rota. El indio subió, guiado por
su instinto, sin preguntar en qué habitación lo habían alojado.
Lo cargó sobre su hombro y lo bajó sin esfuerzo aparente.
Salieron al traspatio. Al dejar el bulto en el suelo reparó en que había
ido perdiendo parte de la carga: la mujer recogía las ropas que habían
quedado por el suelo, como camisas de serpiente recién mudada. Después
comenzó a cavar. Sólo la mujer lo acompañaba. Molina hacía horas que
dormía. ―¿Por qué vendría
a morir aquí, Huatac?
Él no contestó y siguió cavando. Después de un rato, dijo:
―El calor lo volvió
loco. Un perro aulló en alguna
parte. ―Nosotros
también nos volveremos locos― sentenció la mujer. Y, luego, con la
voz amarga, explicó: ―¡Ese hombre, Huatac! Vino del sur, buscaba
el puerto. ¿Te lo imaginas, Huatac, allí, sobre los restos del
entarimado de madera, y, en lugar de agua, encontrar más arena? ¡Yo
estuve una vez allí! Los barcos encallados, aún sujetos al puerto por
los amarres, como si se hubieran ahorcado todos a una. ¡Y ese olor,
Huatac! El horrible olor a pescado muerto corrompiendo el aire.. No tuve
valor ni palabras para decirle que el mar se había retirado... Y él...
él se mató porque no había agua...―Su voz se hizo un sollozo
ininteligible. Él soltó la azada y la tomó por los hombros. ―En algún momento
tendrá que llover... ― susurró sin convencimiento. Ambos sabían
que no había escapatoria: pertenecían a una especie animal voraz que no
había tenido ningún respeto por el planeta. Y ahora la Naturaleza les
devolvía, multiplicado, el azote recibido. Si no fuera porque con el
calor extremo los cuerpos se hinchan como cactos y retienen el poco agua
que les queda, llorarían. Pero ni siquiera podían contar con ese desahogo. Era demasiado tarde para llorar.
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