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Superviviente
María Teresa Cameselle
Es una
pesadilla recurrente que me asalta noche tras noche. Voy subiendo unas escaleras
imposibles, con tramos cortados, escalones de distintas alturas, giros infinitos... En lo
alto escucho voces, sé que voy a una fiesta, puedo oír la música y los pasos de mucha
gente. A veces algunos caminan a mi lado en las escaleras, luego desaparecen.
Sin saber cómo, me encuentro en una gran sala, entre un bullicio de invitados que van y
vienen, cubiertos con máscaras siniestras, ropas amplias y largas capas que ocultan sus
formas.
Alguien choca conmigo, me sujeta por un brazo para que no pierda el equilibrio y veo que
su mano no tiene carne, sólo largos y afilados huesos que brillan mortecinos bajo la luz
de las velas. Horrorizado busco su rostro, le arranco la careta y retrocedo ante la
sonrisa de la calavera; doy otros dos pasos hacia atrás, dedos esqueléticos tocan mis
brazos.
Me deshago de ellos y corro en busca de la salida, a mi paso todos se quitan las
máscaras. Sonrisas difuntas me persiguen, me aturden. Caigo al suelo y al intentar
ponerme en pie veo mis manos, mis huesos, y entonces intento gritar, mi boca sin labios se
abre en una mueca eterna. No sale ningún sonido.
Cuando despierto aún es casi de noche; sudado, angustiado, me giro buscando algo, pero el
otro lado de la cama está vacío, helado.
Entonces vuelve la consciencia, y comienza el ritual de todas las mañanas, el beso a la
almohada, la mano que acaricia la sábana buscando el recuerdo del calor de su piel.
Al levantarme avanzo con pasos cansados hacia la habitación del fondo, me siento en la
cama diminuta, cojo un oso de peluche y lo observo mientras se va mojando con mis
lágrimas.
También íbamos a una fiesta, era tarde. No había escaleras imposibles, sino una
carretera sinuosa y la lluvia, la lluvia envolviéndonos en su gris sudario.
Los médicos me dijeron que había sido el único superviviente. Todos los días me
pregunto si es cierto.
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