| ««« | El desván de la memoria |
Veronika Francisco Piquer Vento Era ella, sin duda. Hacía siglos que no la veía y aquel era el último lugar en que hubiese imaginado encontrármela. Mi amigo Leonardo, crítico de una desconocida revista de arte, nos había invitado a Flor y a mí a la inauguración de la exposición de una prometedora artista en un maloliente local de Malasaña. El invierno estaba siendo duro y aquella gélida noche de febrero no invitaba, precisamente, a abandonar el calor confortable de nuestro pequeño apartamento. Pero le debía una a Leonardo. Así que, después de mentirle la horrible jaqueca de mi mujer, había acudido solo. Y allí estaba, aguardando a que mi amigo terminase su trabajo, con una estúpida copa de vino blanco en la mano, soportando los acosos de diligentes camareros portadores del tópico canapé de los vernisages y escuchando, casi sin querer, conversaciones perdidas de desconocidos que se arremolinaban, admirando, criticando, o, simplemente ignorando, aquellas obras expresivamente sanguinolentas, duras e incomprensibles. La reconocí enseguida. Tan delgada y pecosa como siempre. Y, como siempre, rodeada de personas que reían sus gracias, hipnotizadas por su mirada azul. Aunque siempre sola. Ausente pese a todo. Como cuando la conocí. Estuve
tentado de acercarme a ella de inmediato y transmitirle la misma sorpresa
que me había causado a mí su descubrimiento impensado. Pero preferí
observarla desde el anonimato de una distancia prudente. El tiempo parecía
haber respetado su belleza extraña. Su eterno aire de niña rebelde que
me enamoró en el instituto, cuando las miradas eran tan importantes que,
de haber podido trazarse en el espacio, se habría dibujado una sutil tela
de araña en el ambiente tenso de las aulas aquel primer día de clase.
Las nuestras se cruzaron entonces, apenas un instante breve e intenso,
donde todo o casi todo se dijo, en el silencio de los deseos incipientes.
Ahora había aparecido de nuevo, su misterioso y próximo pasado interrogándome
aún antes de que se percatase de mi presencia. Y yo la amé de nuevo en
este instante mágico, olvidando mi presente y mi futuro, olvidando el
dolor de nuestra separación de hace ya tantos años. Sin motivo. Diciéndome
en el adiós que me querría siempre. Algunas cartas, escasas llamadas,
hasta que la niebla del olvido ocultó nuestros destinos. Y la vida siguió,
y apareció Flor y mi trabajo en Madrid y nuestro apartamento y el hijo
que esperábamos. Y desde aquel aire frío que cortaba en la calle aparecía
ahora ella, para turbar mi paz. La velada se me hubiese hecho eterna de no
haber sido por aquel fantasma que había surgido del olvido. La observé
desde todos los ángulos, en una contemplación clandestina que me produjo
un extraño efecto. Ella se movía de un lado al otro de la sala,
provocando miradas de admiración. Sin duda su obra estaba siendo
apreciada por los entendidos. Siempre le gustó ser el centro de todo. Y,
sin embargo, me entregó a mi solo lo mejor de su adolescencia. Quizás se
valió de mi inexperiencia como amante para ensayar, con mi cuerpo y con
mi corazón, sensaciones que le habrían de servir después, cuando se
marcho del pueblo. Cuando desapareció para siempre de mi vida, para
buscar la suya. Leonardo me preguntó si nos íbamos. – Esto no hay
quien lo aguante – me dijo, profesional, tajante en su apreciación. Le
respondí que iba a quedarme un rato más. Que quería saludar a una
persona. Se marchó un tanto extrañado, preguntándose a quien podría
conocer yo en aquel ambiente tan distinto de mis querencias habituales. Me
tomé otra copa. Y otra. Animado por el alcohol, me acerqué a ella, hasta
límites en que mi presencia podía verse descubierta en cualquier
momento. Por un instante pensé en Flor, imaginándola, ajena a mis
maquinaciones, dormida ya seguramente, con la luz de su mesilla encendida
y un libro abierto a su lado y sentí que la estaba traicionando. ¿Qué
extraño magnetismo me retenía en aquel lugar? Algunos de los invitados
habían comenzado a marcharse, mientras yo continuaba con mi particular
juego del escondite. De repente, ella se volvió hacia mí y, preso de un
pánico incomprensible, me moví por instinto, dándole la espalda, centrándome
en la contemplación de un cuadro que parecía la represtación plástica
de mi confusión. Cuando me volví de nuevo hacia el centro de la sala,
ella había desaparecido. La busqué con la mirada entre el escaso público
que permanecía aún en la galería. Se que si la hubiese encontrado la
habría abordado. Con naturalidad. Como dos viejos amigos que se saludasen
después de mucho tiempo sin verse. Pero ella ya no estaba. Regresé a
casa caminando. Dando puntapiés de impotencia al agua sucia de los
charcos en las aceras solitarias. Hacía un frío infernal. Parecía que
iba a nevar. El perfil de los edificios se recortaba en la altura, acompañándome
en mi soledad aterida. Antes de acostarme, cerré el libro que Flor había
estado leyendo, procurando no despertarla. Apagué la luz. Ella se acurrucó
instintivamente contra mí en cuanto sintió mi cuerpo en la cama, la
confianza en su gesto de abandono. Tardé mucho en dormirme. A través de
la ventana, contemplé como la nieve comenzaba a caer mansamente. Estaba
siendo un invierno muy duro. |