«««      El desván de la memoria

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   El as de corazones

               Relato original de Rafael Borrás Aviñó           adaptado a guión radiofónico.

                                

                           1.- LA MITAD DE CINCO PESETAS

-¡Reparen ustedes en la perfecta construcción de este torso! ¡En su armonía! ¡Espectacular!. ¡Una maravilla!

El profesor Don José Antonio García-Llombart, catedrático de Teoría del Dibujo de la Real Facultad de Bellas Artes “San Carlos” de Valencia, amanerado hasta casi la obscenidad con su traje de lino color manteca, su pajarita y su melena cana de violinista, elevó la mano derecha con el índice a la altura de los pectorales de un desnudo femenino integral que estaba a sus espaldas: la escultura en escayola de una opulenta meretriz romana a tamaño natural. Al girarse sobre sus talones y quedar de espaldas a nosotros señalando las credenciales de la meretriz, no tuvo ningún empacho en aprovechar el momento para meter su mano libre en el fondo del bolsillo del pantalón y arreglarse discretamente el paquete. Maniobró agitando la pernera, como si le costara mucho acomodar el abundante contenido de la bragueta. Un tejemaneje que quedaba de lo más  vistoso, dada su ubicación en lo alto de una tarima de madera, y que provocó un alborozado murmullo entre la treintena larga de atentos alumnos de ambos sexos que nos encontrábamos allí.

Tras un buen rato discurseando sin parar de organizarse las piezas íntimas, García-Llombart se volvió de cara al auditorio y continuó impertérrito con sus consideraciones estéticas. Vera, a mi lado, blandió a la altura de sus ojos el bolígrafo, cerró el ojo izquierdo y apuntó con el derecho al bajo vientre del profesor, sacó la punta de la lengua curvándola ligeramente y, como en otras ocasiones, calculó a mano alzada la magnitud del miembro viril del profesor García-Llombart tras tanto manoseo.

- Esta vez no se le ha puesto dura – me cuchicheó muy seria.

- ¡No sé qué manía le has tomado! –condescendí, sintiéndome aludido como varón.

- Míralo bien. Es un salido y un guarro. Tú es que no te enteras porque eres un pardillo –sentenció ella sin levantar la vista.

Y siguió tomando notas, pero ahora con una mueca burlona bailándole bajo la nariz.

Vera y yo congeniamos ya en la ventanilla de secretaría al acudir a matricularnos de primer curso en la facultad de Bellas Artes, media hora después de estrenar nuestra etapa de estudiantes universitarios. Tras un pequeño malentendido, simpaticé enseguida con aquella chica pizpireta y larguirucha. Sola, en mitad de la fila, semejaba el único animal asilvestrado en mitad de un grupo de jóvenes asustados y torpes, en el vestíbulo de un edificio urbano tan austero como era la vetusta facultad de San Carlos, en el mismo corazón del barrio del Carmen. Bronceada, frágil y coqueta, pero tímida y algo ausente, como si no entrara en sus planes interesarse por el impacto que causaba en los demás, sobre todo en los chicos.

Después, y durante cinco largos y felices años, vino lo de aprender el oficio de artistas plásticos, que coincidió con el declive y la liquidación por derribo de la dictadura franquista; años  desmesurados y movedizos en una España de cenizas. Y, naturalmente, también nos vinieron, y cumplimos disciplinadamente con ese compromiso, unas diez mil quinientas horas de clase, tres mil doscientas de talleres y tres o cuatrocientas horas sentados como indios por aceras y jardines para componer dibujos a lápiz de las estatuas, fachadas, puentes o caserones que amalgamaban las señas de identidad de nuestra ciudad.

Muchas mañanas, al finalizar las clases, nos reuníamos en los jardines del Paseo de Valencia al Mar bajo el sol de mediodía grupos de compañeros a charlar y, de paso, a arreglar el país. Vera siempre fue pasional militante de izquierdas, pacifista irrecuperable y republicana. Hablaba con fervor de la podredumbre de la dictadura y de su cercano término. Reconocía que, de entre todo su auditorio, yo era su más fiel “escuchador”.

Conservo todavía nítido el recuerdo de su aparente fragilidad surgiendo de entre los gases lacrimógenos y los botes de humo, corriendo delante de la policía franquista a caballo. Entonces llevaba el pelo cortado a la francesa y vestía una trenca color azafrán, en cuyos forros cabía lo mismo un paquete de octavillas que un puñado de manifiestos a favor de la clase obrera pisoteada. Entre los compañeros de facultad alcanzó el cenit de su popularidad cuando fue capaz, durante uno de los mayores fregados que se organizaron en el campus frente a la policía, de descalabrar y descabalgar al sargento comandante del pelotón acertándole con una tapa de inodoro desde una ventana del tercer piso del edificio. Nadie le discutió desde ese día el título de jefe de la oposición local.

En lo personal acumuló durante sus cinco años de estudios superiores un variado surtido de enamoramientos mensuales que, al acabar, le dejaban atrancada hasta, aproximadamente, el primer fin de semana del mes siguiente. En el viaje de fin de carrera se ennovió por fin en serio con un muchachote de Albacete que se llamaba León.

Durante nuestra estancia en la facultad de Bellas Artes de Valencia, Vera y yo llegamos a convertirnos en una especie de espíritus gemelos, compañeros inseparables de tardes de biblioteca y talleres de dibujo y escultura, de vino tinto con cacahuetes, de discusiones peregrinas interminables, y de amaneceres en el malecón del puerto comiendo pollo asado con las manos, junto con Boro, Marian, Germán, Adela, Chelo y Javier, nuestro grupo de cantinas, empolladas y canciones. Vera era la especialista en brindis con mensajes secretos y sorpresa final.

Recuerdo especialmente algunos momentos clave de nuestra convivencia universitaria. Uno de ellos se produjo una mañana en la que, al terminar una práctica de técnica de dibujo, se nos propuso la de la semana siguiente y el profesor nos explicó que debíamos analizar la evolución del rostro en las personas de rasgos occidentales durante las sucesivas fases de la vida, y plasmarlo en bocetos a carboncillo. Como material de trabajo nos repartió cuatro fotografías del escritor italiano Alberto Moravia, empezando por una de su lozana juventud, siguiendo con la temprana madurez, la cincuentena y, finalmente, el presente, cuando ya bordeaba los setenta años y parecía una uva pasa de puro decrépito.

Observé que Vera miraba fijamente las fotos, muy impresionada.

Aquel día tuvimos una más de las cenas con pollo y vino sentados en la escollera del puerto. Cuando volvíamos caminando hasta la Glorieta para tomar el bus, Vera, que marchaba a mi lado, sacó la cartera de su inseparable bolso ibicenco, extrajo un billete de cinco pesetas, lo rasgó en dos mitades y me dio una.

-             Quiero que lo conserves siempre, Gus – me recomendó con suma gravedad - si por desgracia envejecemos como el tipo ese, Moravia, me temo que puede darse el caso de que quizá no nos reconozcamos por la cara. He meditado varias alternativas y he pensado que éste podría ser nuestro método más fiable de identificación: entre todos los pedazos de billetes del mundo, solamente tu medio billete encaja en el mío, y viceversa. No estoy dispuesta a confundirte con ningún otro vejestorio cuando nos hagamos mayores, dentro de veinte o treinta años. ¡Menudo chasco me llevaría! ¡Y eso sin contar el ridículo!

Francamente, a mí aquello me pareció una más de las disquisiciones filosóficas de Vera. Pero no me oponía a ninguna de sus originalidades, al contrario, me resultó divertido tomar tan pronto medidas preventivas por si, a causa de ese temido desmoronamiento físico de la vejez, pudiéramos cambiar tanto que no nos llegáramos a reconocer por la calle o en cualquier bar. Por lo tanto no rechisté y me guardé en el bolsillo su medio billete de cinco pesetas. Estábamos en esa edad en que temes no poder pervivir eternamente dentro de ti a las personas que quieres.

Nunca fuimos novios ni nada parecido. Pero tampoco jamás llegamos a enfadarnos en serio, tal vez porque nos sentíamos demasiado diferentes y nos convencimos desde muy pronto de que no cabía en absoluto que nos enamoráramos. Y muchísimo menos mezclar el puro sexo con lo nuestro.

De siempre nuestros contrastes fueron más descubrimiento que inconveniente. Yo había leído muchas fábulas de pequeño, y le decía a Vera que nosotros éramos como los duendes de una de ellas, que podían vivir sin problemas cierto tiempo cada uno por su lado, pero que necesitan reunirse cada luna llena en un claro del bosque para bailar, riendo o llorando, sobre las lágrimas derramadas. Éramos, sí, duendes del mundo real, capaces de cruzar la ciudad caminando, no importaba si con un frío polar o bajo un sol abrasador, para ir a charlar si el otro necesitaba que se le mostrara la seducción de los fracasos. Aunque casi siempre era yo el que escuchaba, porque ella decía que yo no necesitaba decir nada; que lo sabía todo de mí según cómo me quitaba la chaqueta y me sentaba frente a ella. Eso le bastaba.

Al paso de los años fui comprendiendo que nuestra amistad, o amor, por qué no calificarlo así, era una comunión afectiva de sentimientos complementarios. Yo reconocía tanto su olor como su estado de ánimo y sus pensamientos. Después de pasar las vacaciones de verano en el apartamento de la playa con sus padres, al comienzo del curso nos reencontrábamos, y su mirada me contaba en un segundo más detalles de lo vivido en ese tiempo que docenas de llamadas telefónicas.

Sabía sorprenderme con cada nueva frase disparada sin pensar sobre temas mil veces discutidos. Me divertían su generosidad innata, la forma en que ladeaba la cadera, su franqueza tallada de una pieza, su elegante desaliño y su absoluta y desbordada curiosidad por casi todo lo que le contaba. Siempre me escuchaba mirándome muy seria, abriendo un poco más de la cuenta los ojos, en un gesto de asombro contenido, y con la ensimismada concentración de un astrónomo carolingio. Asentía con la cabeza, más que como signo de aprobación, como si así consiguiera reubicar sus componentes cerebrales y hacerles un hueco a mis razonamientos.

Tampoco nos importaron los idilios de que disfrutara el otro. Decíamos que nosotros funcionábamos con la misma fidelidad y perseverancia que una pareja de la Guardia Civil, que de toda la vida han sobrevivido a disparos de cualquier clase.

Vera padeció una temprana y aciaga vida amorosa; y una salud quebradiza: vino al mundo con una malformación cardiaca congénita que le limitaba esfuerzos y le provocaba fatigas intermitentes, lo cual le martirizó prácticamente desde que tuvo la primera regla.

Yo fui más tardío en casi todo.

Nuestra confortable vida de estudiantes terminó perdiéndose en el horizonte hasta ser engullida por la línea del tiempo. Del mismo modo que hay un momento en la juventud en que se comienza a perder la juventud; y se pierde de manera irreversible y acelerada.

Supe por conocidos comunes que Vera se convirtió muy joven en toda una intelectual de la izquierda liberal, brillante profesora de Artes Plásticas Aplicadas en una Universidad británica. Dominaba tres o cuatro idiomas y vivía en Londres con un vikingo rubio. Por lo que me contó años después, lo de León no resistió la madurez personal de ambos.

Inmersos en las vidas de adultos nuestros encuentros fueron nulos en los siguientes quince años, época que yo empleé en trasladarme a Barcelona e intentar acuñarme un nombre en el mundo de la pintura, lo que conseguí al final de la primera década, tras múltiples sacrificios y un punto de fortuna.

Fue precisamente mi profesión, con la complicidad de la mala salud de Vera, lo que nos hizo encontrarnos quince años después de terminar la carrera.

 

 

2.- BARCELONA-NUEVA YORK

 

A finales de los ochenta tuve que trasladarme a Nueva York con motivo de una exposición de mi obra pictórica. Como tenía plazo más que suficiente y no me causaba ningún placer volar, sino todo lo contrario, dejé de lado las premuras y me regalé con tiempo por delante una travesía marítima de Barcelona a Nueva York. Quería pergeñar algunos apuntes para unos cuadros que me habían encargado y supuse que nada mejor que la luz que regala el sol en medio de un océano y la tranquilidad de un viaje en soledad para adelantar trabajo en condiciones óptimas. Así que saqué un billete de ida y vuelta nada menos que en el Queen Mary, y una clara madrugada de mayo me embarqué junto a unas dos mil personas más rumbo a Nueva York. Reconozco que me reconcomía, además, un problema personal; acababa de separarme de mi mujer y un viaje de nueve días y de esas peculiaridades se me antojaba idóneo para comenzar a disolver algunos grumos espesos de frustración y culpabilidad.

Hubo que esperar a la penúltima jornada de navegación para que se nos presentara la oportunidad de un encuentro fortuito.

Esa mañana me levanté muy temprano y me aposté en la cubierta de popa, como cada día, en una silla de lona armado con mis lápices y láminas, dispuesto a seguir trabajando en los bocetos y apuntes. Ante mí la masa verde-azulada de un mar sosegado que me regalaba una liviana brisa perfecta de sal y, sobrevolándola, un enjambre de gaviotas escandalosas picoteando restos de alimentos que arrojaban desde las cocinas del barco.

Cuando había pasado poco más de una hora noté que el sol desaparecía sobre mí; y no porque hubiera ninguna nube, sino porque algo se interpuso entre el sol y mi silla, algo demasiado grande para ser una gaviota.

Me bastó con verla erguida rozando la barandilla con la yema de los dedos, con su casi imperceptible pero inconfundible empaque, apoyando su cuerpo sobre la pierna derecha, para saber inmediatamente que sólo podía ser ella.

- Perdón, ¿es usted Gustavo Sanchis? – me preguntó en tono hospitalario.

Yo asentí incorporándome torpemente.

- Soy Vera Garrigós. ¿No te acuerdas de mí?

- ¡Pero, Dios mío! ¿Te has perdido?

- No, Gus, voy de viaje a los Estados Unidos. Como tú. Me figuro, vaya. Porque, que yo recuerde, nunca me dijiste que estudiaras por las noches para marino mercante –rió a gusto. Vera, como siempre, supo reaccionar manteniendo un aplomo espontáneo que a mi me fallaba estrepitosamente en casos como ése.

La tomé de los hombros y estiré los brazos exagerando mi asombro – ¡A ver, a ver, esa cara, esa figura! - . Vera sonreía mientras se daba la vuelta para que la viera por delante y por detrás. Se lo estaba pasando en grande.

La encontré muy desmejorada.

- Estás espléndida – mentí, sin rebajar mi sonrisa de afecto.

Conservaba las facciones armoniosas, suaves y bonitas de siempre, pero le faltaba color y alegría en el gesto, y presentaba un enflaquecimiento algo desabrido, improcedente en una mujer en su sana madurez. Llevaba un conjunto ligero con una rebeca ceñida de algodón y una falda de amplio vuelo con grandes flores que danzaba empujada por rachas de viento cambiantes, botines de medio tacón, un fular de seda alrededor del cuello y una gorra de fieltro a juego calada hasta las orejas. Se había dejado crecer el pelo y una larga cola de caballo le recorría la espalda gorra abajo.

La miré y la tanteé, y después la remiré una y otra vez sin ninguna reserva. Me creía con todo el derecho; había conservado su recuerdo guardado y aletargado en mi cofre secreto, sin contaminarlo ni contárselo a nadie, y de súbito y en un recóndito lugar del océano descubría que seguía tan vivo como hacia quince años.

Ella también me estudiaba, con esa manera tan suya de mirarme de cerca y de incluirme en su mirada. Su cabeza se recortaba sobre el fondo oceánico; y entonces reparé en que la ondulada superficie del mar trataba de conseguir sin éxito todos los matices azulados que danzaban como ángeles en el iris de sus ojos.

- ¡Esto es increíble, Vera, es lo más emocionante que me ha ocurrido desde que dejamos la facultad!.

- ¿Y el señor artista qué cuenta? ¿Cómo se puede sobrevivir cargando sobre los hombros la servidumbre de ser todo el día un afamadísimo pintor de brocha fina?- bromeó.

Me preguntó por mi vida, y en dos palabras y con evidente desgana se la resumí sin muchos detalles. En lo profesional la verdad es que no me podía quejar; de mi vida privada no podía decir lo mismo.

Una voz tras ella la reclamaba. Vera se volvió provocando el vuelo de su coleta. Estiró una mano hacia la voz y me tendió la otra.

- Ven, Gustavo, quiero presentarte a Edward, mi marido. Es escocés... como el whisky. -Yy me guiñó un ojo de compinche.

Un hombre corpulento y rubicundo, perfiles montañosos y casi dos metros de alzada surgió de detrás de una balsa de salvamento.

- “He aquí el vikingo rubio” -pensé.

- Edward, éste es Gustavo, un antiguo amigo de estudios –dijo Vera iluminándosele unos ojos deslumbrados por el sol.

Edward me estrechó acaloradamente una mano fornida y me miró con simpática curiosidad.

Un ángel pasó y nos dejó un silencio de varios segundos. Pero enseguida nos repusimos e intercambiamos algunas impresiones sobre naderías varias del viaje, sus comodidades, deficiencias e intendencia. Al cabo de poco, el marido de Vera señaló su reloj. – Nos están aguardando, querida – dijo, en tono impaciente y fallando claramente en las erres.

- Tenemos que irnos, Gus – suspiró Vera -espero que tengamos la oportunidad de vernos al menos otra vez antes de la llegada.

Mi amiga se dejó arrastrar sin resistencia colgada del espectacular antebrazo de Edward. Parecía su hija. Y yo me quedé lamentando lo miserable que puede llegar a ser un viaje de placer y la recóndita amargura de la vida en general. Una punzada de desmoralización me invadió con el aguijón despiadado del recuerdo. Nada me hubiera hecho más feliz que Vera se quedara dejándome trasformarme por arte de magia, y al menos por un rato, en su querido e inmortal duende del bosque. ¡Cómo puede cambiar tanto nuestro alrededor en cinco minutos! La sola idea de que aquel mastodonte fuera el dueño de Vera me helaba el sudor de las manos. La cubierta del barco, antes placentera, me parecía ahora un fondo oscuro de espacio anestesiado bajo un cielo plúmbeo de color gris rata. ¡Qué invisible línea separa la suerte de la desgracia, la alegría del dolor!

Me senté sin ningún ánimo para seguir dibujando. Extraje mi billetera del bolsillo de la chaqueta y saqué un pedazo de billete planchado. El viejo medio billete de un duro.

Escuché pasos apresurados y levanté la cabeza.

Se acercaba otra vez, corriendo. Llevaba algo en la mano. Se paró ante mí, se arrodilló, se echó sobre mi cuello y sin decirme nada me dio un abrazo, apretándome la mejilla contra sus labios, como si estuviera refugiándose en mí. Sentí la tibieza de Vera en su cuerpo dúctil y su inconfundible olor; un aroma fresco a lima y retama, a escollera lavada por el mar, un aroma que aspiré gozosamente hasta el fondo de mi alma. Luego, al separarse, me abrió la mano, me puso su otro medio billete y me la cerró con fuerza.

- Gus, quiero que esta noche me lo traigas sin falta al comedor junto con tu otra mitad. No te olvides, por favor, porque sin ti y el billete no pienso cenar, y me hace mucha falta comer.

Y al marcharse apostilló, mirándome con media sonrisa de chica traviesa y una tristeza indescifrable:

– Antes no me tuve necesidad de sacar el billete. ¡Estás muy guapo!

Y se marchó en busca de su vikingo escocés.

La cena en el barco era a las diez, pero yo me duché y arreglé cuidadosamente y estuve listo más de una hora antes. Mientras me anudaba la corbata al cuello y me ponía una gardenia en el ojal, recordé a la que fue mi amiga, y la vi dibujando en los talleres el universo entero sobre láminas de papel, cantando con las piernas colgando en el malecón en medio de nuestra tribu, como en un campamento gitano, tomando conmigo vino, habas secas y cacahuetes en tascas infectas y arengando a sus compañeros en las asambleas antifranquistas.

Deambulé por las tres plataformas del trasatlántico a proa; la noche se avecinaba movida, la bóveda estrellada aparecía oculta por masas oscuras de nubarrones y el océano se mostraba dispuesto en presentarnos batalla. Mientras caminaba de un lado a otro, medité sobre de qué podría conversar con Vera delante de su marido.

El viento soplaba cada vez más fuerte y el oleaje, que se encabritaba por minutos, golpeaba el trasatlántico de ciento cincuenta mil toneladas haciéndolo bailar como si fuera un vetusto galeón indefenso. El balanceo del casco representaba un desafío para mi verticalidad; era necesario caminar sujetándose a las barandillas. Los fanales aquí y allá reflejaban sus luces tintineantes en las tiras de madera del suelo bruñido y húmedo de las terrazas descubiertas.

A las diez en punto entré en el comedor medio vacío. En un lateral estaba el bar y me senté en el mostrador a esperar.

- ¿Qué estás pensando tan serio? – Vera se había acercado por detrás sin que me enterara, la tenía junto a mí y, al levantarme y mirarla, vi cómo sonreía.

- Te sorprenderías. – acerté a contestar - ¿Y Edward? – añadí ilusionándome por momentos.

- No se encuentra bien; ya ves la noche que se nos presenta. Se marea con facilidad y ha preferido acostarse y pasar el mal rato con los ojos cerrados y la cabeza tapada. El médico le ha visto y le ha recomendado reposo y tranquilidad.

Se había puesto un vestido oscuro, llevaba el pelo recogido y maquillados y perfilados ojos y labios, pero tan levemente que apenas se le notaba. Al besarla constaté que, a pesar del maquillaje, tenía la piel de las mejillas muy fresca, como si acabara de salir del agua.

- Y tú, ¿te mareas también? –le pregunté.

- No. Es más, ¿sabes una cosa?, me apetece mucho beber champaña esta noche. ¡Cuantos lujos! ¡Aprovechémonos!

Ocho horas hablando, insomnes durante aquella inolvidable velada. ¿Cuántas palabras nos dijimos? Infinitas. La mayoría de ellas no se referían más que a simples acontecimientos. Repasamos y comparamos la información sobre amigos y conocidos comunes y, con detenimiento, sobre los del resto de la tribu, qué había sido de ellos y de qué vivían. Marian y Germán se habían casado en Madrid y trabajaban en los talleres de El Prado como restauradores. Boro también se casó, pero ya se había divorciado y vivía de su galería de Arte en Benidorm. Adela y Chelo se quedaron como profesoras en la facultad y Javier vagabundeaba por Europa a la caza de la ganga por quincallerías y derribos. Recompusimos con sumo placer, en definitiva, la crónica de nuestras vidas tantos años separadas y ahora vueltas a reunir. Durante aquella larga noche tormentosa volví sobre todo a escuchar lo que Vera quiso contarme, como si me transfiriera para su custodia aquello que suponía importante de su pasado.

Mientras conversábamos sosegadamente los pasajeros iban abandonando en desbandada el restaurante camino de sus camarotes con el último bocado sin engullir, algunos sujetándose el estómago.

Así que nos fuimos quedando solos y, durante la cena, y a medida que el salón se vaciaba, me fue hablando de los años posteriores a la Universidad; de su divorcio de León al año de nacer su hijo, un hijo que ella no quiso tener, pero que León se empeñó en que alumbrara a pesar de los riesgos que conllevaba para ella; de su escapada casi secreta, arrebatada, que le llevó hasta Londres; de sus dificultades para lograr sobrevivir en un país extraño; de la muerte de su madre; de cuándo y porqué entró en su vida Edward y ella en la de él; de su rutina como profesora y su incipiente renombre como traductora, y de sus esporádicos viajes para ver a su padre en Valencia. Ella también había vivido momentos muy ingratos.

Y me lo contó todo como si hojease pausadamente un libro de cuentos.

Finalmente nos incorporamos de la mesa y al primer bandazo nos tambaleamos y tuvimos que apoyarnos el uno en el otro. Tres o cuatro camareros recogían cubiertos y manteles, apartaban sillas e iban apagando luces. Nos garantizaron que mañana cambiaría el viento y habría orquesta y música para cenar. Salvo ellos, ya no quedaba nadie en el restaurante. La tempestad había arreciado, nos hallábamos completamente a merced de la furia de la Naturaleza y aquella noche parecía que iba a ser la más agitada de toda la travesía. Habían sujetado las puertas del salón atándolas con cabos, pero de nada sirvió porque a cada bandazo de la mar gruesa chocaban contra el dintel con el estrépito de un martillazo.

Aunque el baile del barco persistía, Vera me condujo resuelta pasillos arriba, zarandeados de una pared a otra, hasta la cubierta de botes. Se colgó de mi brazo, metió la otra mano en el mismo bolsillo del gabán en que yo tenía la mía, y entrelazamos nuestros dedos en un juego mutuo que a mí me hizo rozar el paraíso sensorial.

La cubierta de proa estaba desierta y mojada. Al avanzar dificultosamente huyendo del humo de las chimeneas del barco fuimos empujados contra la borda. Yo me aferraba al pasador y Vera se agarraba a mí, uniéndonos y desuniéndonos sucesivamente, huérfanos de una tormenta en alta mar que agitó y exprimió nuestras mentes y les hizo soltar lastre: retazos de recuerdos amargos que conseguimos sumergir en las olas oscuras, del mismo modo que la oscuridad de aquella noche se perdía en el océano.

Terminamos sentados uno junto al otro en dos hamacas, envueltos en mantas, frente a un mirador cubierto de estribor y bajo una penumbra entornada. Poco antes de amanecer el viento pareció calmarse, y entonces Vera decidió relatarme ampliamente su confortable vida actual junto a Edward.

- ¿Le quieres? –me atreví a preguntar cuando hubo terminado.

- Edward siempre ha sido un buen marido.

El barco crujía, subía y bajaba. Ella terminó hablando en voz muy baja recostada sobre mi hombro.

- Y tú, ¿estabas enamorado de tu mujer? -me susurró como si estuviera medio dormida, mirando al frente, al perfil rectilíneo del horizonte. Apuntaban las primeras luces del alba.

- Creo que nunca la quise de verdad. Pero preferiría morir de inanición antes que volver a confesarle esto a nadie que no fueras tú.

- Gracias, Gus. – se irguió y se recompuso la manta alrededor del cuello - Confesión por confesión, ahora me toca a mí – me dijo. Y encendió el primer cigarrillo de toda la charla.

- Fíjate, comienza a amanecer, es la hora de los duendes y de las confidencias, – observé – anda, lánzate.

- Voy a tener otro hijo – y exhaló una larga bocanada que me nubló todavía más la sangre. Pero a esas alturas no podía desactivarme; y me repuse, aunque algo me debió temblar en una voz que me costaba dominar.

- Enhorabuena. Y dásela también a Edward de mi parte en cuanto despierte.

Vera me miró como a esos sioux a los que el malo de la película les enseña el funcionamiento de un rifle.

- Gus, el niño que llevo dentro no es hijo de Edward.

Tragué saliva. - ¿Lo sabe él?

- Sí. Se lo dije a la media hora de encontrarnos contigo esta tarde. Después de verte y de que me lanzaras una de esas miradas tuyas que robustecen mi autoestima, me invadió un ataque agudo de sinceridad. En realidad Edward no se ha extrañado en exceso; hace tiempo que llevamos vidas separadas y, por lo que respecta a las emociones, los británicos son parientes cercanos de los finlandeses. Es la eterna historia de fidelidades imposibles y de efímeras trasgresiones de las reglas pactadas, en que el matrimonio adquiere ese aire final de inevitable catástrofe.

- ¿Y qué hace él aquí?-. Le interrogué. Cada vez entendía menos.

- Quiso acompañarme en parte por las apariencias y sobre todo porque este viaje es crucial para mí y me consta que él sí que me quiere. Aunque parezca un campesino Edward es casi lord. Quiero que sepas que no voy a Nueva York por gusto, sino a someterme a una operación de corazón a vida o muerte. Era necesario dejar transcurrir unos días para hacer desaparecer de mi organismo cualquier residuo de los múltiples fármacos que debo tomar a diario para no morirme como un pajarito; y, una vez tomada la decisión, qué mejor que pasarlos en un navío lleno de gente para mirar hacia otro lado y no angustiarme. Así lo convinimos y así lo hemos cumplido.- me explicó ella como si entreabriera su cajón más íntimo.

No hablamos nada más. Poco después cruzamos, camino ya de nuestras camas, pasillos cuyos cristales daban a uno de los comedores cuando ya los camareros preparaban los desayunos. Los dos llevábamos los zapatos en la mano, y la superficie del mar, más allá de los ventanales, era una bandeja brillante y dorada. El camarote de Edward y Vera estaba situado en una piso por debajo del mío.

Nos despedimos en la puerta del suyo. Vera se aupó sobre las puntas de sus pies desnudos y me besó ligeramente los labios; luego me deslizó los nudillos de la mano rozándome suavemente la mejilla. Fue un gesto sutil y nimio, pero la noche había sido tan intensa y todo estaba tan inmóvil y solitario a nuestro alrededor que aquello me pareció un acto inmortal.

Por un ojo de buey se le coló a Vera la pregunta que le faltaba, acompañada de una última sonrisa, la más blanca del mundo.

- Dime, Gustavo Sanchis, ¿por qué nunca nos enamoramos tú y yo?

- En realidad, Vera Garrigós, creo que mis múltiples e importantes responsabilidades no me han dejado libre ni un momento para pensarlo serenamente. ¡Bueno sí, ahora que caigo!, una vez en el mes de octubre de hace once años; pero ya no me acuerdo de la conclusión. Alguien tendría que apiadarse de los desmemoriados, ¿no crees?

- Eres un auténtico farsante, Gus.- y se rió con esa vitalidad a prueba de desvelos.

- Y tú la hechicera más malévola desde que se jubiló la madrastra de Blancanieves.

Metió el llavín en el cerrojo, se encaró conmigo y me pidió, muy en su papel de notaria de nuestra amistad, que le diera el viejo billete de cinco pesetas; separó su mitad, la metió en el bolso y luego me dio la mía. Antes de entrar me tomó la gardenia del ojal y se la enredó en el pelo, luego se llevó la yema del índice a los labios y, según penetraba por el quicio entreabierto de la puerta, alargó su mano y me tocó la nariz con la punta del dedo, hasta que lentamente fue desapareciendo en la oscuridad.

- No se te ocurra perder tu parte del billete –le escuché musitar–. Adiós, Gustavo.

Vera cerró la puerta de su camarote, y a la vez un capítulo entero de mi vida.

 

 

3.- UNA CÓMODA ISABELINA

 

Tuvo que transcurrir otra década para que nuestras vidas volvieran a cruzarse seriamente. Al principio existieron, eso sí, algunas llamadas telefónicas y correos por los que supe que su operación en Estados Unidos había sido un éxito, aunque le costó un aborto y perder a su segundo hijo. Pero poco o nada más; yo vivía en Barcelona y ella en Valencia. También conocí de primera mano que al final se había divorciado amistosamente del vikingo y cambiado radicalmente de vida; dejó la enseñanza, se instaló definitivamente en España y, una vez que la hija que tuvo con León creció y tomó su propio camino, aplicó toda su extensa sabiduría artística en ayudar a su padre a sacar adelante una tienda de antigüedades. Al poco de mudarse, le visité un par de veces en su casa valenciana, visitas rápidas con motivo casi siempre de consultas profesionales sobre tal o cual cuadro, pero en las que al menos pude constatar con satisfacción su progresivo mejoramiento físico.

Después un mutismo de más de diez años.

A comienzos de 2001, y para mi sorpresa, Vera me llamó para felicitarme por el nuevo milenio y por mi cumpleaños. Me contó que acababa de regresar de pasarse un año sabático en Nueva York aprovisionándose de objetos artísticos desechados para su tienda de antigüedades, que adquirió husmeando sin tregua por rastros y empresas de derribo. Allí viajaba regularmente cada año durante una semana para someterse a sus controles médicos, pero en esta ocasión necesitó demorarse para encontrar material con el que rellenar su almacén.

Charlamos, convinimos en que ya tocaba vernos de nuevo con calma y le prometí que pasaría a visitarla; promesa que cumplí en la primera ocasión en que viajé a Valencia.

La tarde de viernes en que fui a encontrarme con Vera las nubes parecían invadir todo el cielo, y las calles detrás de la catedral se tornaron un auténtico santuario de neblinas. Las luces amarillentas de las farolas dibujaban retazos de resplandores apagados sobre los artesonados de las cornisas. Una túnica de hojarasca revoloteaba a ras del suelo.

La catedral, por detrás, calle del Palau hasta la plaza del Arzobispo y, torciendo a la derecha, la calle Avellanas. La tienda permanecía abierta todavía. Vera me contó en una ocasión que su padre, don Guillermo, pasó una semana entera dedicado en exclusiva a decidir el nombre con que rebautizaría la tienda de antigüedades que había comprado. El elegido fue finalmente “Antigüedades Gulliver”. Creía que surtiría un efecto inquietante y magnético. Impulsaría a los compradores a suponer que allí encontrarían rarezas valiosas traídas de los más recónditos confines del planeta.

Una opacidad blancuzca cada vez más presente cubría la fachada cuando la divisé cerca de la esquina de la calle. El edificio, estrecho, recuerda en su planta relamida algunos caserones de estética galante de fines del XIX, aunque data de mucho antes. Fue restaurado tres décadas atrás en su parte exterior por don Guillermo cuando ya bordeaba el derrumbe técnico. La planta baja, más profunda que ancha, la ocupa la tienda de antigüedades. La primera planta es el almacén, y la segunda la vivienda de Vera y de su padre. La buhardilla, con dos grandes ventanales a la calle y otros dos en el tejado, es un taller de restauración muy luminoso en el que trabaja Vera.

- Buenas tardes, caballero –anuncié. Don Guillermo dormitaba sumergido en un sillón de orejas. Levantó la mirada sobre sus gafas de media luna y me miró, blandiendo erecto con los dientes un caliqueño apagado.

El padre de Vera es uno de los últimos románticos del arte. Soporta pérdidas crónicas en su negocio que, según él, enjuaga con la herencia de un lejano pariente mariposón que se enamoró platónicamente de un Guillermo maduro pero espléndido, y que luego le legó a título póstumo una fortuna jugosísima. Don Guillermo rebasa los ochenta años, aunque aparenta por lo menos veinte más. Ama el arte medieval con pasión y practicaría el sabotaje filibustero con tal de conseguir un viejo buró de cualquier noble de las Cortes de Castilla. Sus ojos, color azul agua, y sus dedos, sarmentosos, siguen siendo la mirada y el tacto de un pianista experto que sabe detectar y valorar la música sorda e hipnótica de cualquier objeto que haya sido fabricado entre el Diluvio Universal y el desembarco del hombre a la luna.

- ¿Vera está arriba? – No esperaba que se levantara. Parecía mucho más reseco que la última vez que lo vi.

Hubo un corto silencio. Me miró sin verme. Desvió la vista y señaló con el índice una escalera a sus espaldas.

- Buenas tardes, Gus. Sube, allí la encontrarás – saludó en voz baja. Me sorprendió que en su estado me recordara sin titubear; o es que ya todo le daba lo mismo.

La escalera de caracol ascendía hasta las plantas superiores. Un montacargas hidráulico permitía subir y bajar muebles y objetos grandes del almacén a la planta baja. Primer piso, el segundo, y luego el estudio. Llamé al timbre de la puerta, a la izquierda del rellano.

No escuché pasos ni movimientos adentro. Cuando ya creí que don Guillermo chocheaba o se había burlado de mí, escuché el cerrojo y la puerta se abrió.

- ¡Gustavo, qué alegría! –me soltó Vera.

Mi vieja y querida amiga se limpiaba las manos en la pechera de un mono de tela vaquera dos tallas mayor de lo necesario. Sus ojos mantenían el color aguamarina; con el mismo azul que los de su padre, sí, pero más amistosos y pícaros. Me sonrieron comprimiendo las arrugas contra la sien. Se quitó los guantes y se alzó hasta su amplia frente las gafas protectoras recogiéndose coquetamente al tiempo las mechas rebeldes. Se adelantó con agilidad gatuna, me tomó los hombros tanteándolos cariñosamente y, poniéndose de puntillas, me besó en ambas mejillas apretando durante un segundo las suyas en las mías. Luego se puso a mi lado rozándome con su hombro y se mantuvo erguida cruzando los brazos a la espalda sin dejar de sonreírme.

- Has crecido desde la última vez, bandolero –exclamó arqueando una ceja– o será que ahora no llevo tacones.

Se apartó y me repasó sin disimulo de la cabeza a los pies. Luego levantó los ojos hacia mí. Un reflejo delicioso y frágil le brilló casi imperceptiblemente en el fondo de su mirada. Me tiró levemente de la corbata.

- Sigues hecho un figurín. Enhorabuena. Tienes todo el color de la primavera, talmente parece que acabes de llegar del campo de devorar tu ración de moras.

- Anda, anda, no seas aduladora... –respondí, agradeciendo el cumplido – los que ni siquiera de jóvenes fuimos macizos o guapos nos conformamos con ir adquiriendo cierta solera con los años si nos portamos bien. Con eso nos damos con un canto en los dientes... y aún corriendo el peligro de enranciarnos sin remedio, como los vinos baratos.

Vestía, además del mono, una camisa descolorida de tela beige con las mangas arremangadas, dejando ver unos antebrazos morenos, y zapatillas de tenis blancas llenas de manchas. El pelo sano y abundante quedaba recogido en la nuca por dos coletas gemelas. Vista de arriba abajo, y salvo por algunos cabellos canosos, Vera hubiera pasado por una muchacha. Casi una veinteañera que, si los cálculos no me fallaban, rebasaba ya los cincuenta. El aire que salió con ella de la estancia olía a ceras y aguarrás, a madera y resinas. Desde algún lateral inespecífico del interior sonaba nítido un adagio barroco para cuarteto de cuerda.

- ¿Cómo estás tú? -Sé que ahí estuve plano, pero después de tanto tiempo no se me ocurrió mejor pregunta.

Vera se volvió y suspiró con aire resignado.

- Bien. Continúan habiendo cientos de obras de arte en madera que necesitan una enfermera que las cure. Ya sabes, Gus. Nadie mueve un dedo por esas joyas cuando están maltrechas y feas. Yo las acicalo para que se enamoren de ellas a primera vista, y entonces tal vez sea más fácil que las manos se muevan para sacar la cartera y pujar por ellas.  -lo dijo en tono paciente, elevando sus manos expresivas, como si disculpara la obtusa inteligencia de la sociedad de la era digital.

Me invitó a sentarme frente a ella flanqueando la mesa de la pequeña cocina que albergaba su taller. Su estudio seguía como lo recordaba desde siempre: ambiente confortable, tibio y suave como plumón de pato; y limpio y organizado como un convento de monjas. El ligero tufillo a esmaltes y betunes, los múltiples tonos de las maderas nobles, el orden impecable de las herramientas, lijas y cepillos colgados en un tablero, las vitrinas con recipientes alineados y minuciosamente etiquetados. Vera abrió una botella de Borgoña y sacó dos copas de la alacena. Las llenó por la mitad. Apoyó los codos en la mesa, tomó su copa, la levantó y, mirándome como siempre me miraba cuando quería que le escuchara algo solemne, soltó uno de sus famosos brindis crípticos:

-¡Por el As de Corazones!

Dejó la copa de vino y carraspeó.

- Y bien, ¿has traído tu medio billete ... ?. No consiento intrusos en mi casa.

Nuestro amuleto de identidad parecía ya un relicario de papel cebolla. Pero cumplí el ritual y se lo entregué. Vera lo tomó y lo cotejó ceremoniosamente con el suyo.

- ¿Me lo prestas? –me solicitó.

- Usted manda, señora mía - y apunté una reverencia - recuerde que era su billete.

- Gracias – y fue a guardarlo en un cajoncito de su escritorio de palosanto.

Volvió a acomodarse en la silla. Alzó los ojos hacia mí con misteriosa lentitud y clavó sus pupilas en las mías.

- Me he enamorado – me lanzó a bocajarro, con un ápice añadido de amistosa ironía.

- No me lo creo – negué, relamiéndome el labio y recostándome en el silloncito.

- ¿Crees que se me ha pasado la edad de gustar? -. Vera me imprecaba encantadoramente ofendida.

Estudié la mejor manera de salvar mi comentario.

- En absoluto. Cualquier hombre mataría por ti – y ahí rió abiertamente -. Pero las maduras lúcidas no se enamoran en sentido estricto. O pierden por completo el norte y quedan en ridículo, o, mucho más probable, se acuestan sin más con el primero que les apetece y luego les piden el teléfono para usarlos en el próximo recalentón.

Ahora ella sonrió como quien no ha podido engañar a un niño pequeño con una mentira. Metió la mano bajo la pechera del mono y sacó una foto.

- Gustavo, me he enamorado de esta cómoda isabelina. Un párroco rural de Cabourg ha subastado en internet una pieza única del Renacimiento francés que adorna la sacristía de su iglesia. No es el sarcófago de Tutankhamon, desde luego, ni creo que contenga el tesoro de los piratas oculto en uno de sus cajones, pero creo que me quedan pocos caprichos que permitirme, así que la he comprado y quiero regalársela a mi padre.

No sé si con algún otro fin incierto, Vera se levantó de la silla y se acercó a un estante para coger unas pastas. Había metido los guantes en un bolsillo trasero del mono y, a pesar de lo holgado de éste, el cimbreo acompasado de sus antebrazos y sus andares de leopardo provocaban fluctuaciones rítmicas de los dedos de los guantes que asomaban por el bolsillo. Su cintura era todavía flexible como un tallo de gramínea. Al volver a sentarse, me ofreció una pasta y luego, elevando los brazos, se rehizo una de las coletas con la misma armonía gestual con la que Von Karajan dirigía la Filarmónica de Berlin. Mientras, yo me iba deslizando por el interior del Borgoña.

- El lunes cojo la furgoneta y me voy a Francia a por la cómoda. Son dos días de viaje de ida, uno allí, y dos más de vuelta. Para el siguiente fin de semana en casa otra vez.

- ¿Y? – interrogué con la boca llena de hojaldre.

- Quiero que me acompañes. No me gusta conducir. Y no me fío de nadie. Pero de ti sí.

Levanté la mano pidiendo tiempo hasta que me tragara el hojaldre. Quise protestar. Pero me convencí al segundo, por la determinación de sus ojos, que mi antiguo espíritu gemelo sabía cómo cogerme por el asa y tenía la partida ganada antes de empezar porque, si no, nunca me lo hubiera propuesto. Tampoco protesté porque he aprendido con la edad que ser mujer es infinitamente más serio y grave que ser un hombre - que bien mirado es bien poco - por lo que siempre habrá una razón crucial y secreta en sus decisiones que a los varones se nos escapa. Así que no perdí ni un segundo de tiempo en apuestas perdidas de antemano y, sin más batalla, el barco de mi débil oposición se fue a pique con todas las velas desplegadas.

Tres días después conducía una furgoneta en una zona muy peligrosa de una vía secundaria del Midi francés. El viento impulsaba fuertemente la voluminosa caja del vehículo, de modo que resultaba tarea mayúscula mantener la trayectoria recta. Al fondo aparecieron los luminosos de un hotel. Era una locura seguir con aquel vendaval. Miré a Vera, que dormía profundamente apoyando la cabeza en su chaquetón, como si fuera la almohada sobre el cristal, y respirando con el mismo compás que las alas de un águila. Parecía una adolescente, con su mechón de pelo bailándole sobre una mejilla.

Aparcamos en la puerta del hotel y Vera abrió los ojos cuando paré el motor. Le expliqué que íbamos a dormir en ese punto porque eran ya más de las diez de la noche. No me dijo nada. Cruzó las manos tras la nuca cerrando los ojos un par de segundos y arqueando los riñones, y luego me dedicó una sonrisa de esas que traslucen recuerdos, amores pasados y peligros tan melancólicos como el sudario de un fantasma. Y también la intuición del propio destino.

Bajamos de la furgoneta.

La noche era ventosa pero clara; la luna llena se dibujaba en el cielo difuminado como un disco perfecto. Las sombras proyectadas ofrecían una perspectiva irreal de claroscuros con relumbres de barniz fresco.

Cumplimos los trámites y tomamos una habitación. Dejé una bolsa de viaje en cada cama y me senté en la mía. Vera me pidió que, si no me importaba, entrara yo primero en el cuarto de baño y me preparara para dormir. Entré, a los pocos minutos salí, le di las buenas noches a Vera y me metí en la cama. Ella entonces cogió su bolsa y fue a ponerse el pijama.

Mi cuerpo no daba para más y me dormí inmediatamente.

Soñé con muebles isabelinos lanzados desde las ventanas de la facultad, con gnomos embusteros que corrían por la calle, con viejas brujas desdentadas cabalgando sobre jamelgos. Sentí frío y miedo. Pero, de pronto, el sueño cambió. Soñé con un amanecer de junio en el espigón del puerto de Valencia, con unas botellas de vino, con risas a mi lado y con unas manos pringadas de aceite del pollo. Con el germen loco de la vida. Salía el sol por la superficie del mar con una luz muy dorada. Y yo seguía allí. Comencé a notar calor, pero no se trataba de un calor molesto, sino dulce, deleitoso y perturbador. Me di la vuelta en la cama, sentí más de ese calor a la vez que me invadió una fragancia original e inolvidable.

Me abracé a ese olor.

- No temas, As de Corazones, lo que menos me interesa de ti es tu teléfono – me susurró Vera al oído.

Y yo noté en mi cuerpo el soplo de la más íntima de las nostalgias.

A la mañana siguiente reanudamos el viaje y, tal y como calculó Vera, el sábado a media tarde estábamos descargando la cómoda a brazo desnudo frente a la puerta de Antigüedades “Gulliver”.

El lunes tomé de nuevo la autopista Valencia-Barcelona y retorné a mi casa y al trabajo en mi estudio de pintura.

No volví a ver a Vera viva. Después del viaje a Francia no nos llamamos ni nos mandamos ningún correo electrónico, ni llegamos a coincidir casualmente en ningún viaje. Por mi parte, traté de mantener a raya mis recuerdos y no dejarme arrastrar por ellos, aunque seguía pensando en ella a todas horas. Me enfrasqué en la rutina de mis pinceles, mis exposiciones y mi soledad; y en esperar que la rueda dentada del tiempo fuera erosionando la nostalgia y realizando la tarea de limpieza de los residuos. Un destino prosaico que, después de cómo me había ido en compañía, no me parecía en absoluto desdeñable.

 

Un par de años después sonó mi móvil cuando conducía por una carretera cercana a mi domicilio catalán. Era Adela, mi compañera de facultad, para comunicarme que al día siguiente por la tarde iban a enterrar a Vera. No había sido su corazón, como en un primer momento le pregunté; un accidente de automóvil terminó abrupta y absurdamente con su vida cuando conducía sola por una carretera de la costa. Paradojas del destino, un camión mató a una mujer a la que nunca le había gustado conducir.

Aparqué en la cuneta precipitadamente y permanecí callado y mirando al infinito un lapso de tiempo que no sabría medir.

Veinticuatro horas después Boro, Marian, Germán, Adela, Chelo, Javier y yo soportábamos malamente la lluvia fría frente a la lápida que, desde hacia diez minutos, sellaba la fosa que contenía el féretro con los restos mortales de Vera. Movíamos los labios rezando cada uno lo que sabía y las gotas de agua se derramaban por nuestros rostros mezclándose con las lágrimas.

Al terminar el responso don Guillermo se me acercó renqueando. Cuando me abracé a su esqueleto y le di el pésame, el viejo marchante me separó del grupo. Sin mediar más palabras que las justas y precisas, me agradeció la condolencia; luego sacó un sobre de debajo de su impermeable y me lo metió en el bolsillo.

- Es para ti – me dijo escuetamente. Me apretó el brazo muy fuerte y luego se alejó con su caminar desvencijado.

Me despedí de mis amigos y me dirigí a mi coche. Una vez dentro rasgué el sobre, que estaba a mi nombre y escrito con la cuidada letra redondilla de Vera. Contenía un folio escrito por una cara. Al desplegarlo cayó sobre mis rodillas un viejo y raído billete de color verdoso con la efigie de Alfonso X el Sabio en el anverso y la Biblioteca Nacional en el reverso; un billete de cinco pesetas, ya sólo válido para coleccionistas. Mejor dicho, contenía dos mitades, unidas meticulosamente con papel de celofán, de un billete de cinco pesetas, de un duro. También extraje del interior del sobre un juego de llaves.

 

 

“Mi queridísimo Gus,

 

Sé que cuando leas esta carta no podré estar cerca de ti para verte, y no sabes lo que siento perdérmelo, porque mirarte ha sido la actividad que más placer me ha proporcionado desde que, hace más de treinta años, intentaste colarte para obtener la hoja de matrícula en la secretaria de la facultad; y mi sentido de la justicia no te lo permitió, por mucho que no me afectara porque yo estaba detrás de ti. ¿Te acuerdas?

Acabo de llegar de un viaje inolvidable contigo y con una cómoda por todo botín. Pero muy por encima de conseguir un cachivache mostoso, en esta semana contigo he cerrado el ciclo más maravilloso de mi vida; ése que comenzó un día de septiembre en una cola de inquietos estudiantes. Porque durante estos días he llegado al convencimiento de algo que ya me barruntaba: que esa vida solamente ha tenido sentido mientras te he mantenido presente en mi cabeza y en mis entrañas por muy lejos que estuvieras físicamente, y que te he querido con todo mi cuerpo y toda mi alma desde que te sorprendí tratando de colarte como un bellaco.

No creas, Gustavo, no es ningún mérito por mi parte; tú no lo sabrás jamás, pero siempre has sido el ser humano más encantador, sincero, paciente, bueno, divertido, cariñoso, simpático, fiel, ocurrente, ... y un millón de adjetivos más que no pararía de anotar hasta que se me acabara la tinta del bolígrafo. Me lo has demostrado sin pretenderlo por tierra y mar, y sé que también lo demostrarías hasta en un globo. Te seguiría donde tú quisieras que huyéramos, aunque nunca me tocaras, porque lo he deseado siempre de manera intuitiva, irracional y somática; como lo habrían deseado aquellos duendes del bosque de tus fábulas, hasta conseguir construir siquiera un nido en la copa de un árbol y quedarme allí contigo para los restos.

Me consta que voy a morir muy pronto; los últimos chequeos así lo pronostican y me temo que no suelen fallar. Mi cuerpo se está desmoronando a escape. Pero ya no me importa lo más mínimo; he vivido la vida que he querido, dejo una hija sana tras de mí, y he disfrutado de la compañía y la amistad del hombre por el que toda mujer lucharía para pasar con él el resto de su existencia, tanto si se tratara de una hora como de medio siglo. Del hombre que ha sido capaz de hacerme sentir profundamente feliz y estar agradecida a Dios por haber nacido mujer.

Gracias, amado duende.

PD.- Guarda nuestro billete, te lo pediré para entrar en el cielo.

Hasta entonces utiliza si quieres el juego de llaves que te adjunto. Son de mi buhardilla; he dejado todo arreglado para que sea tuya. Ocúpala cuando vengas a Valencia o bien, ojalá, por si te interesara en un futuro trasladarte e instalar tu estudio de pintura allí. Tiene mucha luz.

Quiero que te esmeres; que sepas que no dormiré tranquila sin estar segura de que sigues siendo el mejor pintor de brocha fina que existe sobre la faz de la Tierra. Te estaré vigilando, así que no me defraudes.

Se me olvidaba; te dejo en la despensa unas cuantas cajas de vino de Borgoña para que brindes por los sueños infinitos. Por mi parte, yo brindaré allá donde esté por el único As de Corazones que en el mundo ha sido.

V.”

 

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