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El as de corazones Relato original de Rafael Borrás Aviñó adaptado a guión radiofónico.
1.-
LA MITAD DE CINCO PESETAS -¡Reparen
ustedes en la perfecta construcción de este torso! ¡En su armonía! ¡Espectacular!.
¡Una maravilla! El profesor Don
José Antonio García-Llombart, catedrático de Teoría del Dibujo de la
Real Facultad de Bellas Artes “San Carlos” de Valencia, amanerado
hasta casi la obscenidad con su traje de lino color manteca, su pajarita y
su melena cana de violinista, elevó la mano derecha con el índice a la
altura de los pectorales de un desnudo femenino integral que estaba a sus
espaldas: la escultura en escayola de una opulenta meretriz romana a tamaño
natural. Al girarse sobre sus talones y quedar de espaldas a nosotros señalando
las credenciales de la meretriz, no tuvo ningún empacho en aprovechar el
momento para meter su mano libre en el fondo del bolsillo del pantalón y
arreglarse discretamente el paquete. Maniobró agitando la pernera, como
si le costara mucho acomodar el abundante contenido de la bragueta. Un
tejemaneje que quedaba de lo más vistoso, dada su ubicación en lo alto de una tarima de
madera, y que provocó un alborozado murmullo entre la treintena larga de
atentos alumnos de ambos sexos que nos encontrábamos allí. Tras un
buen rato discurseando sin parar de organizarse las piezas íntimas, García-Llombart
se volvió de cara al auditorio y continuó impertérrito con sus
consideraciones estéticas. Vera, a mi lado, blandió a la altura de sus
ojos el bolígrafo, cerró el ojo izquierdo y apuntó con el derecho al
bajo vientre del profesor, sacó la punta de la lengua curvándola
ligeramente y, como en otras ocasiones, calculó a mano alzada la magnitud
del miembro viril del profesor García-Llombart tras tanto manoseo. - Esta
vez no se le ha puesto dura – me cuchicheó muy seria. - ¡No sé
qué manía le has tomado! –condescendí, sintiéndome aludido como varón. - Míralo
bien. Es un salido y un guarro. Tú es que no te enteras porque eres un
pardillo –sentenció ella sin levantar la vista. Y siguió
tomando notas, pero ahora con una mueca burlona bailándole bajo la nariz. Vera y yo
congeniamos ya en la ventanilla de secretaría al acudir a matricularnos
de primer curso en la facultad de Bellas Artes, media hora después de
estrenar nuestra etapa de estudiantes universitarios. Tras un pequeño
malentendido, simpaticé enseguida con aquella chica pizpireta y
larguirucha. Sola, en mitad de la fila, semejaba el único animal
asilvestrado en mitad de un grupo de jóvenes asustados y torpes, en el
vestíbulo de un edificio urbano tan austero como era la vetusta facultad
de San Carlos, en el mismo corazón del barrio del Carmen. Bronceada, frágil
y coqueta, pero tímida y algo ausente, como si no entrara en sus planes
interesarse por el impacto que causaba en los demás, sobre todo en los
chicos. Después,
y durante cinco largos y felices años, vino lo de aprender el oficio de
artistas plásticos, que coincidió con el declive y la liquidación por
derribo de la dictadura franquista; años
desmesurados y movedizos en una España de cenizas. Y,
naturalmente, también nos vinieron, y cumplimos disciplinadamente con ese
compromiso, unas diez mil quinientas horas de clase, tres mil doscientas
de talleres y tres o cuatrocientas horas sentados como indios por aceras y
jardines para componer dibujos a lápiz de las estatuas, fachadas, puentes
o caserones que amalgamaban las señas de identidad de nuestra ciudad. Muchas mañanas,
al finalizar las clases, nos reuníamos en los jardines del Paseo de
Valencia al Mar bajo el sol de mediodía grupos de compañeros a charlar
y, de paso, a arreglar el país. Vera siempre fue pasional militante de
izquierdas, pacifista irrecuperable y republicana. Hablaba con fervor de
la podredumbre de la dictadura y de su cercano término. Reconocía que,
de entre todo su auditorio, yo era su más fiel “escuchador”. Conservo
todavía nítido el recuerdo de su aparente fragilidad surgiendo de entre
los gases lacrimógenos y los botes de humo, corriendo delante de la policía
franquista a caballo. Entonces llevaba el pelo cortado a la francesa y
vestía una trenca color azafrán, en cuyos forros cabía lo mismo un
paquete de octavillas que un puñado de manifiestos a favor de la clase
obrera pisoteada. Entre los compañeros de facultad alcanzó el cenit de
su popularidad cuando fue capaz, durante uno de los mayores fregados que
se organizaron en el campus frente a la policía, de descalabrar y
descabalgar al sargento comandante del pelotón acertándole con una tapa
de inodoro desde una ventana del tercer piso del edificio. Nadie le
discutió desde ese día el título de jefe de la oposición local. En lo
personal acumuló durante sus cinco años de estudios superiores un
variado surtido de enamoramientos mensuales que, al acabar, le dejaban
atrancada hasta, aproximadamente, el primer fin de semana del mes
siguiente. En el viaje de fin de carrera se ennovió por fin en serio con
un muchachote de Albacete que se llamaba León. Durante
nuestra estancia en la facultad de Bellas Artes de Valencia, Vera y yo
llegamos a convertirnos en una especie de espíritus gemelos, compañeros
inseparables de tardes de biblioteca y talleres de dibujo y escultura, de
vino tinto con cacahuetes, de discusiones peregrinas interminables, y de
amaneceres en el malecón del puerto comiendo pollo asado con las manos,
junto con Boro, Marian, Germán, Adela, Chelo y Javier, nuestro grupo de
cantinas, empolladas y canciones. Vera era la especialista en brindis con
mensajes secretos y sorpresa final. Recuerdo
especialmente algunos momentos clave de nuestra convivencia universitaria.
Uno de ellos se produjo una mañana en la que, al terminar una práctica
de técnica de dibujo, se nos propuso la de la semana siguiente y el
profesor nos explicó que debíamos analizar la evolución del rostro en
las personas de rasgos occidentales durante las sucesivas fases de la
vida, y plasmarlo en bocetos a carboncillo. Como material de trabajo nos
repartió cuatro fotografías del escritor italiano Alberto Moravia,
empezando por una de su lozana juventud, siguiendo con la temprana
madurez, la cincuentena y, finalmente, el presente, cuando ya bordeaba los
setenta años y parecía una uva pasa de puro decrépito. Observé
que Vera miraba fijamente las fotos, muy impresionada. Aquel día
tuvimos una más de las cenas con pollo y vino sentados en la escollera
del puerto. Cuando volvíamos caminando hasta la Glorieta para tomar el
bus, Vera, que marchaba a mi lado, sacó la cartera de su inseparable
bolso ibicenco, extrajo un billete de cinco pesetas, lo rasgó en dos
mitades y me dio una. -
Quiero que lo conserves siempre, Gus – me recomendó con suma
gravedad - si por desgracia envejecemos como el tipo ese, Moravia, me temo
que puede darse el caso de que quizá no nos reconozcamos por la cara. He
meditado varias alternativas y he pensado que éste podría ser nuestro método
más fiable de identificación: entre todos los pedazos de billetes del
mundo, solamente tu medio billete encaja en el mío, y viceversa. No estoy
dispuesta a confundirte con ningún otro vejestorio cuando nos hagamos
mayores, dentro de veinte o treinta años. ¡Menudo chasco me llevaría!
¡Y eso sin contar el ridículo! Francamente,
a mí aquello me pareció una más de las disquisiciones filosóficas de
Vera. Pero no me oponía a ninguna de sus originalidades, al contrario, me
resultó divertido tomar tan pronto medidas preventivas por si, a causa de
ese temido desmoronamiento físico de la vejez, pudiéramos cambiar tanto
que no nos llegáramos a reconocer por la calle o en cualquier bar. Por lo
tanto no rechisté y me guardé en el bolsillo su medio billete de cinco
pesetas. Estábamos en esa edad en que temes no poder pervivir eternamente
dentro de ti a las personas que quieres. Nunca
fuimos novios ni nada parecido. Pero tampoco jamás llegamos a enfadarnos
en serio, tal vez porque nos sentíamos demasiado diferentes y nos
convencimos desde muy pronto de que no cabía en absoluto que nos enamoráramos.
Y muchísimo menos mezclar el puro sexo con lo nuestro. De
siempre nuestros contrastes fueron más descubrimiento que inconveniente.
Yo había leído muchas fábulas de pequeño, y le decía a Vera que
nosotros éramos como los duendes de una de ellas, que podían vivir sin
problemas cierto tiempo cada uno por su lado, pero que necesitan reunirse
cada luna llena en un claro del bosque para bailar, riendo o llorando,
sobre las lágrimas derramadas. Éramos, sí, duendes del mundo real,
capaces de cruzar la ciudad caminando, no importaba si con un frío polar
o bajo un sol abrasador, para ir a charlar si el otro necesitaba que se le
mostrara la seducción de los fracasos. Aunque casi siempre era yo el que
escuchaba, porque ella decía que yo no necesitaba decir nada; que lo sabía
todo de mí según cómo me quitaba la chaqueta y me sentaba frente a
ella. Eso le bastaba. Al paso
de los años fui comprendiendo que nuestra amistad, o amor, por qué no
calificarlo así, era una comunión afectiva de sentimientos
complementarios. Yo reconocía tanto su olor como su estado de ánimo y
sus pensamientos. Después de pasar las vacaciones de verano en el
apartamento de la playa con sus padres, al comienzo del curso nos
reencontrábamos, y su mirada me contaba en un segundo más detalles de lo
vivido en ese tiempo que docenas de llamadas telefónicas. Sabía
sorprenderme con cada nueva frase disparada sin pensar sobre temas mil
veces discutidos. Me divertían su generosidad innata, la forma en que
ladeaba la cadera, su franqueza tallada de una pieza, su elegante desaliño
y su absoluta y desbordada curiosidad por casi todo lo que le contaba.
Siempre me escuchaba mirándome muy seria, abriendo un poco más de la
cuenta los ojos, en un gesto de asombro contenido, y con la ensimismada
concentración de un astrónomo carolingio. Asentía con la cabeza, más
que como signo de aprobación, como si así consiguiera reubicar sus
componentes cerebrales y hacerles un hueco a mis razonamientos. Tampoco
nos importaron los idilios de que disfrutara el otro. Decíamos que
nosotros funcionábamos con la misma fidelidad y perseverancia que una
pareja de la Guardia Civil, que de toda la vida han sobrevivido a disparos
de cualquier clase. Vera
padeció una temprana y aciaga vida amorosa; y una salud quebradiza: vino
al mundo con una malformación cardiaca congénita que le limitaba
esfuerzos y le provocaba fatigas intermitentes, lo cual le martirizó prácticamente
desde que tuvo la primera regla. Yo fui más
tardío en casi todo. Nuestra
confortable vida de estudiantes terminó perdiéndose en el horizonte
hasta ser engullida por la línea del tiempo. Del mismo modo que hay un
momento en la juventud en que se comienza a perder la juventud; y se
pierde de manera irreversible y acelerada. Supe por
conocidos comunes que Vera se convirtió muy joven en toda una intelectual
de la izquierda liberal, brillante profesora de Artes Plásticas Aplicadas
en una Universidad británica. Dominaba tres o cuatro idiomas y vivía en
Londres con un vikingo rubio. Por lo que me contó años después, lo de
León no resistió la madurez personal de ambos. Inmersos
en las vidas de adultos nuestros encuentros fueron nulos en los siguientes
quince años, época que yo empleé en trasladarme a Barcelona e intentar
acuñarme un nombre en el mundo de la pintura, lo que conseguí al final
de la primera década, tras múltiples sacrificios y un punto de fortuna. Fue
precisamente mi profesión, con la complicidad de la mala salud de Vera,
lo que nos hizo encontrarnos quince años después de terminar la carrera.
2.-
BARCELONA-NUEVA YORK A finales
de los ochenta tuve que trasladarme a Nueva York con motivo de una
exposición de mi obra pictórica. Como tenía plazo más que suficiente y
no me causaba ningún placer volar, sino todo lo contrario, dejé de lado
las premuras y me regalé con tiempo por delante una travesía marítima
de Barcelona a Nueva York. Quería pergeñar algunos apuntes para unos
cuadros que me habían encargado y supuse que nada mejor que la luz que
regala el sol en medio de un océano y la tranquilidad de un viaje en
soledad para adelantar trabajo en condiciones óptimas. Así que saqué un
billete de ida y vuelta nada menos que en el Queen Mary, y una clara
madrugada de mayo me embarqué junto a unas dos mil personas más rumbo a
Nueva York. Reconozco que me reconcomía, además, un problema personal;
acababa de separarme de mi mujer y un viaje de nueve días y de esas
peculiaridades se me antojaba idóneo para comenzar a disolver algunos
grumos espesos de frustración y culpabilidad. Hubo que
esperar a la penúltima jornada de navegación para que se nos presentara
la oportunidad de un encuentro fortuito. Esa mañana
me levanté muy temprano y me aposté en la cubierta de popa, como cada día,
en una silla de lona armado con mis lápices y láminas, dispuesto a
seguir trabajando en los bocetos y apuntes. Ante mí la masa verde-azulada
de un mar sosegado que me regalaba una liviana brisa perfecta de sal y,
sobrevolándola, un enjambre de gaviotas escandalosas picoteando restos de
alimentos que arrojaban desde las cocinas del barco. Cuando
había pasado poco más de una hora noté que el sol desaparecía sobre mí;
y no porque hubiera ninguna nube, sino porque algo se interpuso entre el
sol y mi silla, algo demasiado grande para ser una gaviota. Me bastó
con verla erguida rozando la barandilla con la yema de los dedos, con su
casi imperceptible pero inconfundible empaque, apoyando su cuerpo sobre la
pierna derecha, para saber inmediatamente que sólo podía ser ella. - Perdón,
¿es usted Gustavo Sanchis? – me preguntó en tono hospitalario. Yo asentí
incorporándome torpemente. - Soy
Vera Garrigós. ¿No te acuerdas de mí? - ¡Pero,
Dios mío! ¿Te has perdido? - No, Gus,
voy de viaje a los Estados Unidos. Como tú. Me figuro, vaya. Porque, que
yo recuerde, nunca me dijiste que estudiaras por las noches para marino
mercante –rió a gusto. Vera, como siempre, supo reaccionar manteniendo
un aplomo espontáneo que a mi me fallaba estrepitosamente en casos como
ése. La tomé
de los hombros y estiré los brazos exagerando mi asombro – ¡A ver, a
ver, esa cara, esa figura! - . Vera sonreía mientras se daba la vuelta
para que la viera por delante y por detrás. Se lo estaba pasando en
grande. La
encontré muy desmejorada. - Estás
espléndida – mentí, sin rebajar mi sonrisa de afecto. Conservaba
las facciones armoniosas, suaves y bonitas de siempre, pero le faltaba
color y alegría en el gesto, y presentaba un enflaquecimiento algo
desabrido, improcedente en una mujer en su sana madurez. Llevaba un
conjunto ligero con una rebeca ceñida de algodón y una falda de amplio
vuelo con grandes flores que danzaba empujada por rachas de viento
cambiantes, botines de medio tacón, un fular de seda alrededor del cuello
y una gorra de fieltro a juego calada hasta las orejas. Se había dejado
crecer el pelo y una larga cola de caballo le recorría la espalda gorra
abajo. La miré
y la tanteé, y después la remiré una y otra vez sin ninguna reserva. Me
creía con todo el derecho; había conservado su recuerdo guardado y
aletargado en mi cofre secreto, sin contaminarlo ni contárselo a nadie, y
de súbito y en un recóndito lugar del océano descubría que seguía tan
vivo como hacia quince años. Ella
también me estudiaba, con esa manera tan suya de mirarme de cerca y de
incluirme en su mirada. Su cabeza se recortaba sobre el fondo oceánico; y
entonces reparé en que la ondulada superficie del mar trataba de
conseguir sin éxito todos los matices azulados que danzaban como ángeles
en el iris de sus ojos. - ¡Esto
es increíble, Vera, es lo más emocionante que me ha ocurrido desde que
dejamos la facultad!. - ¿Y el
señor artista qué cuenta? ¿Cómo se puede sobrevivir cargando sobre los
hombros la servidumbre de ser todo el día un afamadísimo pintor de
brocha fina?- bromeó. Me
preguntó por mi vida, y en dos palabras y con evidente desgana se la
resumí sin muchos detalles. En lo profesional la verdad es que no me podía
quejar; de mi vida privada no podía decir lo mismo. Una voz
tras ella la reclamaba. Vera se volvió provocando el vuelo de su coleta.
Estiró una mano hacia la voz y me tendió la otra. - Ven,
Gustavo, quiero presentarte a Edward, mi marido. Es escocés... como el
whisky. -Yy me guiñó un ojo de compinche. Un hombre
corpulento y rubicundo, perfiles montañosos y casi dos metros de alzada
surgió de detrás de una balsa de salvamento. - “He
aquí el vikingo rubio” -pensé. - Edward,
éste es Gustavo, un antiguo amigo de estudios –dijo Vera iluminándosele
unos ojos deslumbrados por el sol. Edward me
estrechó acaloradamente una mano fornida y me miró con simpática
curiosidad. Un ángel
pasó y nos dejó un silencio de varios segundos. Pero enseguida nos
repusimos e intercambiamos algunas impresiones sobre naderías varias del
viaje, sus comodidades, deficiencias e intendencia. Al cabo de poco, el
marido de Vera señaló su reloj. – Nos están aguardando, querida –
dijo, en tono impaciente y fallando claramente en las erres. - Tenemos
que irnos, Gus – suspiró Vera -espero que tengamos la oportunidad de
vernos al menos otra vez antes de la llegada. Mi amiga
se dejó arrastrar sin resistencia colgada del espectacular antebrazo de
Edward. Parecía su hija. Y yo me quedé lamentando lo miserable que puede
llegar a ser un viaje de placer y la recóndita amargura de la vida en
general. Una punzada de desmoralización me invadió con el aguijón
despiadado del recuerdo. Nada me hubiera hecho más feliz que Vera se
quedara dejándome trasformarme por arte de magia, y al menos por un rato,
en su querido e inmortal duende del bosque. ¡Cómo puede cambiar tanto
nuestro alrededor en cinco minutos! La sola idea de que aquel mastodonte
fuera el dueño de Vera me helaba el sudor de las manos. La cubierta del
barco, antes placentera, me parecía ahora un fondo oscuro de espacio
anestesiado bajo un cielo plúmbeo de color gris rata. ¡Qué invisible línea
separa la suerte de la desgracia, la alegría del dolor! Me senté
sin ningún ánimo para seguir dibujando. Extraje mi billetera del
bolsillo de la chaqueta y saqué un pedazo de billete planchado. El viejo
medio billete de un duro. Escuché
pasos apresurados y levanté la cabeza. Se
acercaba otra vez, corriendo. Llevaba algo en la mano. Se paró ante mí,
se arrodilló, se echó sobre mi cuello y sin decirme nada me dio un
abrazo, apretándome la mejilla contra sus labios, como si estuviera
refugiándose en mí. Sentí la tibieza de Vera en su cuerpo dúctil y su
inconfundible olor; un aroma fresco a lima y retama, a escollera lavada
por el mar, un aroma que aspiré gozosamente hasta el fondo de mi alma.
Luego, al separarse, me abrió la mano, me puso su otro medio billete y me
la cerró con fuerza. - Gus,
quiero que esta noche me lo traigas sin falta al comedor junto con tu otra
mitad. No te olvides, por favor, porque sin ti y el billete no pienso
cenar, y me hace mucha falta comer. Y al
marcharse apostilló, mirándome con media sonrisa de chica traviesa y una
tristeza indescifrable: – Antes
no me tuve necesidad de sacar el billete. ¡Estás muy guapo! Y se
marchó en busca de su vikingo escocés. La cena
en el barco era a las diez, pero yo me duché y arreglé cuidadosamente y
estuve listo más de una hora antes. Mientras me anudaba la corbata al
cuello y me ponía una gardenia en el ojal, recordé a la que fue mi
amiga, y la vi dibujando en los talleres el universo entero sobre láminas
de papel, cantando con las piernas colgando en el malecón en medio de
nuestra tribu, como en un campamento gitano, tomando conmigo vino, habas
secas y cacahuetes en tascas infectas y arengando a sus compañeros en las
asambleas antifranquistas. Deambulé
por las tres plataformas del trasatlántico a proa; la noche se avecinaba
movida, la bóveda estrellada aparecía oculta por masas oscuras de
nubarrones y el océano se mostraba dispuesto en presentarnos batalla.
Mientras caminaba de un lado a otro, medité sobre de qué podría
conversar con Vera delante de su marido. El viento
soplaba cada vez más fuerte y el oleaje, que se encabritaba por minutos,
golpeaba el trasatlántico de ciento cincuenta mil toneladas haciéndolo
bailar como si fuera un vetusto galeón indefenso. El balanceo del casco
representaba un desafío para mi verticalidad; era necesario caminar sujetándose
a las barandillas. Los fanales aquí y allá reflejaban sus luces
tintineantes en las tiras de madera del suelo bruñido y húmedo de las
terrazas descubiertas. A las
diez en punto entré en el comedor medio vacío. En un lateral estaba el
bar y me senté en el mostrador a esperar. - ¿Qué
estás pensando tan serio? – Vera se había acercado por detrás sin que
me enterara, la tenía junto a mí y, al levantarme y mirarla, vi cómo
sonreía. - Te
sorprenderías. – acerté a contestar - ¿Y Edward? – añadí ilusionándome
por momentos. - No se
encuentra bien; ya ves la noche que se nos presenta. Se marea con
facilidad y ha preferido acostarse y pasar el mal rato con los ojos
cerrados y la cabeza tapada. El médico le ha visto y le ha recomendado
reposo y tranquilidad. Se había
puesto un vestido oscuro, llevaba el pelo recogido y maquillados y
perfilados ojos y labios, pero tan levemente que apenas se le notaba. Al
besarla constaté que, a pesar del maquillaje, tenía la piel de las
mejillas muy fresca, como si acabara de salir del agua. - Y tú,
¿te mareas también? –le pregunté. - No. Es
más, ¿sabes una cosa?, me apetece mucho beber champaña esta noche. ¡Cuantos
lujos! ¡Aprovechémonos! Ocho
horas hablando, insomnes durante aquella inolvidable velada. ¿Cuántas
palabras nos dijimos? Infinitas. La mayoría de ellas no se referían más
que a simples acontecimientos. Repasamos y comparamos la información
sobre amigos y conocidos comunes y, con detenimiento, sobre los del resto
de la tribu, qué había sido de ellos y de qué vivían. Marian y Germán
se habían casado en Madrid y trabajaban en los talleres de El Prado como
restauradores. Boro también se casó, pero ya se había divorciado y vivía
de su galería de Arte en Benidorm. Adela y Chelo se quedaron como
profesoras en la facultad y Javier vagabundeaba por Europa a la caza de la
ganga por quincallerías y derribos. Recompusimos con sumo placer, en
definitiva, la crónica de nuestras vidas tantos años separadas y ahora
vueltas a reunir. Durante aquella larga noche tormentosa volví sobre todo
a escuchar lo que Vera quiso contarme, como si me transfiriera para su
custodia aquello que suponía importante de su pasado. Mientras
conversábamos sosegadamente los pasajeros iban abandonando en desbandada
el restaurante camino de sus camarotes con el último bocado sin engullir,
algunos sujetándose el estómago. Así que
nos fuimos quedando solos y, durante la cena, y a medida que el salón se
vaciaba, me fue hablando de los años posteriores a la Universidad; de su
divorcio de León al año de nacer su hijo, un hijo que ella no quiso
tener, pero que León se empeñó en que alumbrara a pesar de los riesgos
que conllevaba para ella; de su escapada casi secreta, arrebatada, que le
llevó hasta Londres; de sus dificultades para lograr sobrevivir en un país
extraño; de la muerte de su madre; de cuándo y porqué entró en su vida
Edward y ella en la de él; de su rutina como profesora y su incipiente
renombre como traductora, y de sus esporádicos viajes para ver a su padre
en Valencia. Ella también había vivido momentos muy ingratos. Y me lo
contó todo como si hojease pausadamente un libro de cuentos. Finalmente
nos incorporamos de la mesa y al primer bandazo nos tambaleamos y tuvimos
que apoyarnos el uno en el otro. Tres o cuatro camareros recogían
cubiertos y manteles, apartaban sillas e iban apagando luces. Nos
garantizaron que mañana cambiaría el viento y habría orquesta y música
para cenar. Salvo ellos, ya no quedaba nadie en el restaurante. La
tempestad había arreciado, nos hallábamos completamente a merced de la
furia de la Naturaleza y aquella noche parecía que iba a ser la más
agitada de toda la travesía. Habían sujetado las puertas del salón atándolas
con cabos, pero de nada sirvió porque a cada bandazo de la mar gruesa
chocaban contra el dintel con el estrépito de un martillazo. Aunque el
baile del barco persistía, Vera me condujo resuelta pasillos arriba,
zarandeados de una pared a otra, hasta la cubierta de botes. Se colgó de
mi brazo, metió la otra mano en el mismo bolsillo del gabán en que yo
tenía la mía, y entrelazamos nuestros dedos en un juego mutuo que a mí
me hizo rozar el paraíso sensorial. La
cubierta de proa estaba desierta y mojada. Al avanzar dificultosamente
huyendo del humo de las chimeneas del barco fuimos empujados contra la
borda. Yo me aferraba al pasador y Vera se agarraba a mí, uniéndonos y
desuniéndonos sucesivamente, huérfanos de una tormenta en alta mar que
agitó y exprimió nuestras mentes y les hizo soltar lastre: retazos de
recuerdos amargos que conseguimos sumergir en las olas oscuras, del mismo
modo que la oscuridad de aquella noche se perdía en el océano. Terminamos
sentados uno junto al otro en dos hamacas, envueltos en mantas, frente a
un mirador cubierto de estribor y bajo una penumbra entornada. Poco antes
de amanecer el viento pareció calmarse, y entonces Vera decidió
relatarme ampliamente su confortable vida actual junto a Edward. - ¿Le
quieres? –me atreví a preguntar cuando hubo terminado. - Edward
siempre ha sido un buen marido. El barco
crujía, subía y bajaba. Ella terminó hablando en voz muy baja recostada
sobre mi hombro. - Y tú,
¿estabas enamorado de tu mujer? -me susurró como si estuviera medio
dormida, mirando al frente, al perfil rectilíneo del horizonte. Apuntaban
las primeras luces del alba. - Creo
que nunca la quise de verdad. Pero preferiría morir de inanición antes
que volver a confesarle esto a nadie que no fueras tú. -
Gracias, Gus. – se irguió y se recompuso la manta alrededor del cuello
- Confesión por confesión, ahora me toca a mí – me dijo. Y encendió
el primer cigarrillo de toda la charla. - Fíjate,
comienza a amanecer, es la hora de los duendes y de las confidencias, –
observé – anda, lánzate. - Voy a
tener otro hijo – y exhaló una larga bocanada que me nubló todavía más
la sangre. Pero a esas alturas no podía desactivarme; y me repuse, aunque
algo me debió temblar en una voz que me costaba dominar. -
Enhorabuena. Y dásela también a Edward de mi parte en cuanto despierte. Vera me
miró como a esos sioux a los que el malo de la película les enseña el
funcionamiento de un rifle. - Gus, el
niño que llevo dentro no es hijo de Edward. Tragué
saliva. - ¿Lo sabe él? - Sí. Se
lo dije a la media hora de encontrarnos contigo esta tarde. Después de
verte y de que me lanzaras una de esas miradas tuyas que robustecen mi
autoestima, me invadió un ataque agudo de sinceridad. En realidad Edward
no se ha extrañado en exceso; hace tiempo que llevamos vidas separadas y,
por lo que respecta a las emociones, los británicos son parientes
cercanos de los finlandeses. Es la eterna historia de fidelidades
imposibles y de efímeras trasgresiones de las reglas pactadas, en que el
matrimonio adquiere ese aire final de inevitable catástrofe. - ¿Y qué
hace él aquí?-. Le interrogué. Cada vez entendía menos. - Quiso
acompañarme en parte por las apariencias y sobre todo porque este viaje
es crucial para mí y me consta que él sí que me quiere. Aunque parezca
un campesino Edward es casi lord. Quiero que sepas que no voy a Nueva York
por gusto, sino a someterme a una operación de corazón a vida o muerte.
Era necesario dejar transcurrir unos días para hacer desaparecer de mi
organismo cualquier residuo de los múltiples fármacos que debo tomar a
diario para no morirme como un pajarito; y, una vez tomada la decisión,
qué mejor que pasarlos en un navío lleno de gente para mirar hacia otro
lado y no angustiarme. Así lo convinimos y así lo hemos cumplido.- me
explicó ella como si entreabriera su cajón más íntimo. No
hablamos nada más. Poco después cruzamos, camino ya de nuestras camas,
pasillos cuyos cristales daban a uno de los comedores cuando ya los
camareros preparaban los desayunos. Los dos llevábamos los zapatos en la
mano, y la superficie del mar, más allá de los ventanales, era una
bandeja brillante y dorada. El camarote de Edward y Vera estaba situado en
una piso por debajo del mío. Nos
despedimos en la puerta del suyo. Vera se aupó sobre las puntas de sus
pies desnudos y me besó ligeramente los labios; luego me deslizó los
nudillos de la mano rozándome suavemente la mejilla. Fue un gesto sutil y
nimio, pero la noche había sido tan intensa y todo estaba tan inmóvil y
solitario a nuestro alrededor que aquello me pareció un acto inmortal. Por un
ojo de buey se le coló a Vera la pregunta que le faltaba, acompañada de
una última sonrisa, la más blanca del mundo. - Dime,
Gustavo Sanchis, ¿por qué nunca nos enamoramos tú y yo? - En
realidad, Vera Garrigós, creo que mis múltiples e importantes
responsabilidades no me han dejado libre ni un momento para pensarlo
serenamente. ¡Bueno sí, ahora que caigo!, una vez en el mes de octubre
de hace once años; pero ya no me acuerdo de la conclusión. Alguien tendría
que apiadarse de los desmemoriados, ¿no crees? - Eres un
auténtico farsante, Gus.- y se rió con esa vitalidad a prueba de
desvelos. - Y tú
la hechicera más malévola desde que se jubiló la madrastra de
Blancanieves. Metió el
llavín en el cerrojo, se encaró conmigo y me pidió, muy en su papel de
notaria de nuestra amistad, que le diera el viejo billete de cinco
pesetas; separó su mitad, la metió en el bolso y luego me dio la mía.
Antes de entrar me tomó la gardenia del ojal y se la enredó en el pelo,
luego se llevó la yema del índice a los labios y, según penetraba por
el quicio entreabierto de la puerta, alargó su mano y me tocó la nariz
con la punta del dedo, hasta que lentamente fue desapareciendo en la
oscuridad. - No se
te ocurra perder tu parte del billete –le escuché musitar–. Adiós,
Gustavo. Vera cerró
la puerta de su camarote, y a la vez un capítulo entero de mi vida.
3.- UNA CÓMODA
ISABELINA Tuvo que
transcurrir otra década para que nuestras vidas volvieran a cruzarse
seriamente. Al principio existieron, eso sí, algunas llamadas telefónicas
y correos por los que supe que su operación en Estados Unidos había sido
un éxito, aunque le costó un aborto y perder a su segundo hijo. Pero
poco o nada más; yo vivía en Barcelona y ella en Valencia. También
conocí de primera mano que al final se había divorciado amistosamente
del vikingo y cambiado radicalmente de vida; dejó la enseñanza, se
instaló definitivamente en España y, una vez que la hija que tuvo con León
creció y tomó su propio camino, aplicó toda su extensa sabiduría artística
en ayudar a su padre a sacar adelante una tienda de antigüedades. Al poco
de mudarse, le visité un par de veces en su casa valenciana, visitas rápidas
con motivo casi siempre de consultas profesionales sobre tal o cual
cuadro, pero en las que al menos pude constatar con satisfacción su
progresivo mejoramiento físico. Después
un mutismo de más de diez años. A
comienzos de 2001, y para mi sorpresa, Vera me llamó para felicitarme por
el nuevo milenio y por mi cumpleaños. Me contó que acababa de regresar
de pasarse un año sabático en Nueva York aprovisionándose de objetos
artísticos desechados para su tienda de antigüedades, que adquirió
husmeando sin tregua por rastros y empresas de derribo. Allí viajaba
regularmente cada año durante una semana para someterse a sus controles médicos,
pero en esta ocasión necesitó demorarse para encontrar material con el
que rellenar su almacén. Charlamos,
convinimos en que ya tocaba vernos de nuevo con calma y le prometí que
pasaría a visitarla; promesa que cumplí en la primera ocasión en que
viajé a Valencia. La tarde
de viernes en que fui a encontrarme con Vera las nubes parecían invadir
todo el cielo, y las calles detrás de la catedral se tornaron un auténtico
santuario de neblinas. Las luces amarillentas de las farolas dibujaban
retazos de resplandores apagados sobre los artesonados de las cornisas.
Una túnica de hojarasca revoloteaba a ras del suelo. La
catedral, por detrás, calle del Palau hasta la plaza del Arzobispo y,
torciendo a la derecha, la calle Avellanas. La tienda permanecía abierta
todavía. Vera me contó en una ocasión que su padre, don Guillermo, pasó
una semana entera dedicado en exclusiva a decidir el nombre con que
rebautizaría la tienda de antigüedades que había comprado. El elegido
fue finalmente “Antigüedades Gulliver”. Creía que surtiría un
efecto inquietante y magnético. Impulsaría a los compradores a suponer
que allí encontrarían rarezas valiosas traídas de los más recónditos
confines del planeta. Una
opacidad blancuzca cada vez más presente cubría la fachada cuando la
divisé cerca de la esquina de la calle. El edificio, estrecho, recuerda
en su planta relamida algunos caserones de estética galante de fines del
XIX, aunque data de mucho antes. Fue restaurado tres décadas atrás en su
parte exterior por don Guillermo cuando ya bordeaba el derrumbe técnico.
La planta baja, más profunda que ancha, la ocupa la tienda de antigüedades.
La primera planta es el almacén, y la segunda la vivienda de Vera y de su
padre. La buhardilla, con dos grandes ventanales a la calle y otros dos en
el tejado, es un taller de restauración muy luminoso en el que trabaja
Vera. - Buenas
tardes, caballero –anuncié. Don Guillermo dormitaba sumergido en un
sillón de orejas. Levantó la mirada sobre sus gafas de media luna y me
miró, blandiendo erecto con los dientes un caliqueño apagado. El padre
de Vera es uno de los últimos románticos del arte. Soporta pérdidas crónicas
en su negocio que, según él, enjuaga con la herencia de un lejano
pariente mariposón que se enamoró platónicamente de un Guillermo maduro
pero espléndido, y que luego le legó a título póstumo una fortuna
jugosísima. Don Guillermo rebasa los ochenta años, aunque aparenta por
lo menos veinte más. Ama el arte medieval con pasión y practicaría el
sabotaje filibustero con tal de conseguir un viejo buró de cualquier
noble de las Cortes de Castilla. Sus ojos, color azul agua, y sus dedos,
sarmentosos, siguen siendo la mirada y el tacto de un pianista experto que
sabe detectar y valorar la música sorda e hipnótica de cualquier objeto
que haya sido fabricado entre el Diluvio Universal y el desembarco del
hombre a la luna. - ¿Vera
está arriba? – No esperaba que se levantara. Parecía mucho más reseco
que la última vez que lo vi. Hubo un
corto silencio. Me miró sin verme. Desvió la vista y señaló con el índice
una escalera a sus espaldas. - Buenas
tardes, Gus. Sube, allí la encontrarás – saludó en voz baja. Me
sorprendió que en su estado me recordara sin titubear; o es que ya todo
le daba lo mismo. La
escalera de caracol ascendía hasta las plantas superiores. Un montacargas
hidráulico permitía subir y bajar muebles y objetos grandes del almacén
a la planta baja. Primer piso, el segundo, y luego el estudio. Llamé al
timbre de la puerta, a la izquierda del rellano. No escuché
pasos ni movimientos adentro. Cuando ya creí que don Guillermo chocheaba
o se había burlado de mí, escuché el cerrojo y la puerta se abrió. - ¡Gustavo,
qué alegría! –me soltó Vera. Mi vieja
y querida amiga se limpiaba las manos en la pechera de un mono de tela
vaquera dos tallas mayor de lo necesario. Sus ojos mantenían el color
aguamarina; con el mismo azul que los de su padre, sí, pero más
amistosos y pícaros. Me sonrieron comprimiendo las arrugas contra la
sien. Se quitó los guantes y se alzó hasta su amplia frente las gafas
protectoras recogiéndose coquetamente al tiempo las mechas rebeldes. Se
adelantó con agilidad gatuna, me tomó los hombros tanteándolos cariñosamente
y, poniéndose de puntillas, me besó en ambas mejillas apretando durante
un segundo las suyas en las mías. Luego se puso a mi lado rozándome con
su hombro y se mantuvo erguida cruzando los brazos a la espalda sin dejar
de sonreírme. - Has
crecido desde la última vez, bandolero –exclamó arqueando una ceja– o será que ahora no llevo tacones. Se apartó
y me repasó sin disimulo de la cabeza a los pies. Luego levantó los ojos
hacia mí. Un reflejo delicioso y frágil le brilló casi
imperceptiblemente en el fondo de su mirada. Me tiró levemente de la
corbata. - Sigues
hecho un figurín. Enhorabuena. Tienes todo el color de la primavera,
talmente parece que acabes de llegar del campo de devorar tu ración de
moras. - Anda,
anda, no seas aduladora... –respondí, agradeciendo el cumplido – los
que ni siquiera de jóvenes fuimos macizos o guapos nos conformamos con ir
adquiriendo cierta solera con los años si nos portamos bien. Con eso nos
damos con un canto en los dientes... y aún corriendo el peligro de
enranciarnos sin remedio, como los vinos baratos. Vestía,
además del mono, una camisa descolorida de tela beige con las mangas
arremangadas, dejando ver unos antebrazos morenos, y zapatillas de tenis
blancas llenas de manchas. El pelo sano y abundante quedaba recogido en la
nuca por dos coletas gemelas. Vista de arriba abajo, y salvo por algunos
cabellos canosos, Vera hubiera pasado por una muchacha. Casi una veinteañera
que, si los cálculos no me fallaban, rebasaba ya los cincuenta. El aire
que salió con ella de la estancia olía a ceras y aguarrás, a madera y
resinas. Desde algún lateral inespecífico del interior sonaba nítido un
adagio barroco para cuarteto de cuerda. - ¿Cómo
estás tú? -Sé que ahí estuve plano, pero después de tanto tiempo no
se me ocurrió mejor pregunta. Vera se
volvió y suspiró con aire resignado. - Bien.
Continúan habiendo cientos de obras de arte en madera que necesitan una
enfermera que las cure. Ya sabes, Gus. Nadie mueve un dedo por esas joyas
cuando están maltrechas y feas. Yo las acicalo para que se enamoren de
ellas a primera vista, y entonces tal vez sea más fácil que las manos se
muevan para sacar la cartera y pujar por ellas. -lo dijo en tono
paciente, elevando sus manos expresivas, como si disculpara la obtusa
inteligencia de la sociedad de la era digital. Me invitó
a sentarme frente a ella flanqueando la mesa de la pequeña cocina que
albergaba su taller. Su estudio seguía como lo recordaba desde siempre:
ambiente confortable, tibio y suave como plumón de pato; y limpio y
organizado como un convento de monjas. El ligero tufillo a esmaltes y
betunes, los múltiples tonos de las maderas nobles, el orden impecable de
las herramientas, lijas y cepillos colgados en un tablero, las vitrinas
con recipientes alineados y minuciosamente etiquetados. Vera abrió una
botella de Borgoña y sacó dos copas de la alacena. Las llenó por la
mitad. Apoyó los codos en la mesa, tomó su copa, la levantó y, mirándome
como siempre me miraba cuando quería que le escuchara algo solemne, soltó
uno de sus famosos brindis crípticos: -¡Por el
As de Corazones! Dejó la
copa de vino y carraspeó. - Y bien,
¿has traído tu medio billete ... ?. No consiento intrusos en mi casa. Nuestro
amuleto de identidad parecía ya un relicario de papel cebolla. Pero cumplí
el ritual y se lo entregué. Vera lo tomó y lo cotejó ceremoniosamente
con el suyo. - ¿Me lo
prestas? –me solicitó. - Usted
manda, señora mía - y
apunté una reverencia - recuerde que era su billete. - Gracias
– y fue a guardarlo en un cajoncito de su escritorio de palosanto. Volvió a
acomodarse en la silla. Alzó los ojos hacia mí con misteriosa lentitud y
clavó sus pupilas en las mías. - Me he
enamorado – me lanzó a bocajarro, con un ápice añadido de amistosa
ironía. - No me
lo creo – negué, relamiéndome el labio y recostándome en el
silloncito. - ¿Crees
que se me ha pasado la edad de gustar? -. Vera me imprecaba
encantadoramente ofendida. Estudié
la mejor manera de salvar mi comentario. - En
absoluto. Cualquier hombre mataría por ti – y ahí rió abiertamente -.
Pero las maduras lúcidas no se enamoran en sentido estricto. O pierden
por completo el norte y quedan en ridículo, o, mucho más probable, se
acuestan sin más con el primero que les apetece y luego les piden el teléfono
para usarlos en el próximo recalentón. Ahora
ella sonrió como quien no ha podido engañar a un niño pequeño con una
mentira. Metió la mano bajo la pechera del mono y sacó una foto. -
Gustavo, me he enamorado de esta cómoda isabelina. Un párroco rural de
Cabourg ha subastado en internet una pieza única del Renacimiento francés
que adorna la sacristía de su iglesia. No es el sarcófago de Tutankhamon,
desde luego, ni creo que contenga el tesoro de los piratas oculto en uno
de sus cajones, pero creo que me quedan pocos caprichos que permitirme, así
que la he comprado y quiero regalársela a mi padre. No sé si
con algún otro fin incierto, Vera se levantó de la silla y se acercó a
un estante para coger unas pastas. Había metido los guantes en un
bolsillo trasero del mono y, a pesar de lo holgado de éste, el cimbreo
acompasado de sus antebrazos y sus andares de leopardo provocaban
fluctuaciones rítmicas de los dedos de los guantes que asomaban por el
bolsillo. Su cintura era todavía flexible como un tallo de gramínea. Al
volver a sentarse, me ofreció una pasta y luego, elevando los brazos, se
rehizo una de las coletas con la misma armonía gestual con la que Von
Karajan dirigía la Filarmónica de Berlin. Mientras, yo me iba deslizando
por el interior del Borgoña. - El
lunes cojo la furgoneta y me voy a Francia a por la cómoda. Son dos días
de viaje de ida, uno allí, y dos más de vuelta. Para el siguiente fin de
semana en casa otra vez. - ¿Y?
– interrogué con la boca llena de hojaldre. - Quiero
que me acompañes. No me gusta conducir. Y no me fío de nadie. Pero de ti
sí. Levanté
la mano pidiendo tiempo hasta que me tragara el hojaldre. Quise protestar.
Pero me convencí al segundo, por la determinación de sus ojos, que mi
antiguo espíritu gemelo sabía cómo cogerme por el asa y tenía la
partida ganada antes de empezar porque, si no, nunca me lo hubiera
propuesto. Tampoco protesté porque he aprendido con la edad que ser mujer
es infinitamente más serio y grave que ser un hombre - que bien mirado es
bien poco - por lo que siempre habrá una razón crucial y secreta en sus
decisiones que a los varones se nos escapa. Así que no perdí ni un
segundo de tiempo en apuestas perdidas de antemano y, sin más batalla, el
barco de mi débil oposición se fue a pique con todas las velas
desplegadas. Tres días
después conducía una furgoneta en una zona muy peligrosa de una vía
secundaria del Midi francés. El viento impulsaba fuertemente la
voluminosa caja del vehículo, de modo que resultaba tarea mayúscula
mantener la trayectoria recta. Al fondo aparecieron los luminosos de un
hotel. Era una locura seguir con aquel vendaval. Miré a Vera, que dormía
profundamente apoyando la cabeza en su chaquetón, como si fuera la
almohada sobre el cristal, y respirando con el mismo compás que las alas
de un águila. Parecía una adolescente, con su mechón de pelo bailándole
sobre una mejilla. Aparcamos
en la puerta del hotel y Vera abrió los ojos cuando paré el motor. Le
expliqué que íbamos a dormir en ese punto porque eran ya más de las
diez de la noche. No me dijo nada. Cruzó las manos tras la nuca cerrando
los ojos un par de segundos y arqueando los riñones, y luego me dedicó
una sonrisa de esas que traslucen recuerdos, amores pasados y peligros tan
melancólicos como el sudario de un fantasma. Y también la intuición del
propio destino. Bajamos
de la furgoneta. La noche
era ventosa pero clara; la luna llena se dibujaba en el cielo difuminado
como un disco perfecto. Las sombras proyectadas ofrecían una perspectiva
irreal de claroscuros con relumbres de barniz fresco. Cumplimos
los trámites y tomamos una habitación. Dejé una bolsa de viaje en cada
cama y me senté en la mía. Vera me pidió que, si no me importaba,
entrara yo primero en el cuarto de baño y me preparara para dormir. Entré,
a los pocos minutos salí, le di las buenas noches a Vera y me metí en la
cama. Ella entonces cogió su bolsa y fue a ponerse el pijama. Mi cuerpo
no daba para más y me dormí inmediatamente. Soñé
con muebles isabelinos lanzados desde las ventanas de la facultad, con
gnomos embusteros que corrían por la calle, con viejas brujas desdentadas
cabalgando sobre jamelgos. Sentí frío y miedo. Pero, de pronto, el sueño
cambió. Soñé con un amanecer de junio en el espigón del puerto de
Valencia, con unas botellas de vino, con risas a mi lado y con unas manos
pringadas de aceite del pollo. Con el germen loco de la vida. Salía el
sol por la superficie del mar con una luz muy dorada. Y yo seguía allí.
Comencé a notar calor, pero no se trataba de un calor molesto, sino
dulce, deleitoso y perturbador. Me di la vuelta en la cama, sentí más de
ese calor a la vez que me invadió una fragancia original e inolvidable. Me abracé
a ese olor. - No
temas, As de Corazones, lo que menos me interesa de ti es tu teléfono –
me susurró Vera al oído. Y yo noté
en mi cuerpo el soplo de la más íntima de las nostalgias. A la mañana
siguiente reanudamos el viaje y, tal y como calculó Vera, el sábado a
media tarde estábamos descargando la cómoda a brazo desnudo frente a la
puerta de Antigüedades “Gulliver”. El lunes
tomé de nuevo la autopista Valencia-Barcelona y retorné a mi casa y al
trabajo en mi estudio de pintura. No volví
a ver a Vera viva. Después del viaje a Francia no nos llamamos ni nos
mandamos ningún correo electrónico, ni llegamos a coincidir casualmente
en ningún viaje. Por mi parte, traté de mantener a raya mis recuerdos y
no dejarme arrastrar por ellos, aunque seguía pensando en ella a todas
horas. Me enfrasqué en la rutina de mis pinceles, mis exposiciones y mi
soledad; y en esperar que la rueda dentada del tiempo fuera erosionando la
nostalgia y realizando la tarea de limpieza de los residuos. Un destino
prosaico que, después de cómo me había ido en compañía, no me parecía
en absoluto desdeñable. Un par de
años después sonó mi móvil cuando conducía por una carretera cercana
a mi domicilio catalán. Era Adela, mi compañera de facultad, para
comunicarme que al día siguiente por la tarde iban a enterrar a Vera. No
había sido su corazón, como en un primer momento le pregunté; un
accidente de automóvil terminó abrupta y absurdamente con su vida cuando
conducía sola por una carretera de la costa. Paradojas del destino, un
camión mató a una mujer a la que nunca le había gustado conducir. Aparqué
en la cuneta precipitadamente y permanecí callado y mirando al infinito
un lapso de tiempo que no sabría medir. Veinticuatro
horas después Boro, Marian, Germán, Adela, Chelo, Javier y yo soportábamos
malamente la lluvia fría frente a la lápida que, desde hacia diez
minutos, sellaba la fosa que contenía el féretro con los restos mortales
de Vera. Movíamos los labios rezando cada uno lo que sabía y las gotas
de agua se derramaban por nuestros rostros mezclándose con las lágrimas. Al
terminar el responso don Guillermo se me acercó renqueando. Cuando me
abracé a su esqueleto y le di el pésame, el viejo marchante me separó
del grupo. Sin mediar más palabras que las justas y precisas, me agradeció
la condolencia; luego sacó un sobre de debajo de su impermeable y me lo
metió en el bolsillo. - Es para
ti – me dijo escuetamente. Me apretó el brazo muy fuerte y luego se
alejó con su caminar desvencijado. Me despedí
de mis amigos y me dirigí a mi coche. Una vez dentro rasgué el sobre,
que estaba a mi nombre y escrito con la cuidada letra redondilla de Vera.
Contenía un folio escrito por una cara. Al desplegarlo cayó sobre mis
rodillas un viejo y raído billete de color verdoso con la efigie de
Alfonso X el Sabio en el anverso y la Biblioteca Nacional en el reverso;
un billete de cinco pesetas, ya sólo válido para coleccionistas. Mejor
dicho, contenía dos mitades, unidas meticulosamente con papel de celofán,
de un billete de cinco pesetas, de un duro. También extraje del interior
del sobre un juego de llaves. “Mi queridísimo Gus, Sé que cuando leas esta carta no podré estar cerca de ti
para verte, y no sabes lo que siento perdérmelo, porque mirarte ha sido
la actividad que más placer me ha proporcionado desde que, hace más de
treinta años, intentaste colarte para obtener la hoja de matrícula en la
secretaria de la facultad; y mi sentido de la justicia no te lo permitió,
por mucho que no me afectara porque yo estaba detrás de ti. ¿Te
acuerdas? Acabo de llegar de un viaje inolvidable contigo y con una cómoda
por todo botín. Pero muy por encima de conseguir un cachivache mostoso,
en esta semana contigo he cerrado el ciclo más maravilloso de mi vida; ése
que comenzó un día de septiembre en una cola de inquietos estudiantes.
Porque durante estos días he llegado al convencimiento de algo que ya me
barruntaba: que esa vida solamente ha tenido sentido mientras te he
mantenido presente en mi cabeza y en mis entrañas por muy lejos que
estuvieras físicamente, y que te he querido con todo mi cuerpo y toda mi
alma desde que te sorprendí tratando de colarte como un bellaco. No creas, Gustavo, no es ningún mérito por mi parte; tú no
lo sabrás jamás, pero siempre has sido el ser humano más encantador,
sincero, paciente, bueno, divertido, cariñoso, simpático, fiel,
ocurrente, ... y un millón de adjetivos más que no pararía de anotar
hasta que se me acabara la tinta del bolígrafo. Me lo has demostrado sin
pretenderlo por tierra y mar, y sé que también lo demostrarías hasta en
un globo. Te seguiría donde tú quisieras que huyéramos, aunque nunca me
tocaras, porque lo he deseado siempre de manera intuitiva, irracional y
somática; como lo habrían deseado aquellos duendes del bosque de tus fábulas,
hasta conseguir construir siquiera un nido en la copa de un árbol y
quedarme allí contigo para los restos. Me consta que voy a morir muy pronto; los últimos chequeos
así lo pronostican y me temo que no suelen fallar. Mi cuerpo se está
desmoronando a escape. Pero ya no me importa lo más mínimo; he vivido la
vida que he querido, dejo una hija sana tras de mí, y he disfrutado de la
compañía y la amistad del hombre por el que toda mujer lucharía para
pasar con él el resto de su existencia, tanto si se tratara de una hora
como de medio siglo. Del hombre que ha sido capaz de hacerme sentir
profundamente feliz y estar agradecida a Dios por haber nacido mujer. Gracias, amado duende. PD.- Guarda nuestro billete, te lo pediré para entrar en el
cielo. Hasta entonces utiliza si quieres el juego de llaves que te
adjunto. Son de mi buhardilla; he dejado todo arreglado para que sea tuya.
Ocúpala cuando vengas a Valencia o bien, ojalá, por si te interesara en
un futuro trasladarte e instalar tu estudio de pintura allí. Tiene mucha
luz. Quiero que te esmeres; que sepas que no dormiré tranquila
sin estar segura de que sigues siendo el mejor pintor de brocha fina que
existe sobre la faz de la Tierra. Te estaré vigilando, así que no me
defraudes. Se me olvidaba; te dejo en la despensa unas cuantas cajas de
vino de Borgoña para que brindes por los sueños infinitos. Por mi parte,
yo brindaré allá donde esté por el único As de Corazones que en el
mundo ha sido. V.”
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